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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Taurino: prototipo del hombre mediocre

Yolanda Plaza Ruiz
Redacción
jueves, 12 de agosto de 2010, 02:45 h (CET)
Cualquiera sabe que las leyes no siempre son justas. A lo largo de la historia lo que ayer se consideraba un atentado contra las normas establecidas hoy se considera obsoleto, incluso injusto. Los esclavos debían mantenerse en sujeción a sus amos, las mujeres debían obedecer a sus maridos, incluso no tenían derechos y libertades de las que se benefician en la actualidad. Estos cambios en la sociedad y en las leyes han costado sangre, sudor y lágrimas porque los que se beneficiaban de poseer esclavos con toda legalidad y los que han rebajado a la mujer al nivel de un trapo, aprovechando su desprotección, no querían perder sus privilegios mantenidos durante siglos.

Seguimos viendo cambios en la sociedad pero hay algunos que se resisten a esta transformación. Los que se oponen forman parte del colectivo que José Ingenieros describió como el hombre mediocre: “Apuntalan todas las doctrinas y prejuicios, consolidados a través de siglos. Siguen el camino de las menores resistencias, nadando a favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Amoldan su corazón a los prejuicios y su inteligencia a las rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida”. El hombre mediocre se cree libre pero es esclavo de los prejuicios. Su visión del mundo que les rodea y de las criaturas que en él habitan es miope, impidiéndole ver —para su propio provecho— el derecho a la vida de los que él considera inferiores, meros objetos para saciar sus más arraigados instintos violentos.

En España hay algunos mediocres que defienden con pasión su derecho a disfrutar de la tortura y asesinato de un becerro o de un toro, amparándose en la tradición y en las leyes. En su flotar aguas abajo se sienten atacados en su libertad cuando alguien, que nada contra corriente, les descubre sus miserias y lo injusto de estos festejos sangrientos, por muy legal que hayan sido hasta ahora. Personalmente no entiendo —y estoy en mi derecho de no entender— cómo un trozo de tela roja y gualda está más protegida legalmente que un mamífero, una criatura noble, con un sistema nervioso similar al mío (y al del mediocre). Puedo atravesar con una espada a un toro mientras otros disfrutan viendo su agonía. Tengo derecho a recibir dinero del Estado si me gano la vida celebrando esta masacre, pero puedo recibir pena de cárcel si quemo un símbolo nacional, que es al fin y al cabo, un trozo de tela, un objeto material sin sentimientos. En definitiva: tengo libertad para matar, pero no tengo libertad para destruir un trapo.

“En los pueblos domesticados llega un momento en que la virtud parece un ultraje a las costumbres”. En España —como pueblo domesticado que es— se considera salir del rebaño, ser libre y luchar por los desprotegidos —en esto caso los toros— como un ataque antipatriota, como un insulto a la cultura. Pero somos muchos los que damos más valor a la vida que a los símbolos.

¿Qué pensarían nuestros antepasados al ver que hoy el maltrato a la mujer está condenado por ley? ¿Cómo reaccionarían si viesen a mujeres en cargos de responsabilidad y de gobierno? Afortunadamente, aunque hay quien se resiste, la sociedad y las leyes cambian. No cabe duda de que lo que hoy está protegido y subvencionado por las leyes españolas, en un tiempo no muy lejano, dejará de ser legal. Los taurinos “ignoran que cada esfuerzo de dignidad consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras a voz en cuello”. Así lo expresó José Ingenieros y así sucederá.

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