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Maripili, Trini y qué

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 11 de agosto de 2010, 07:19 h (CET)
No sé si me recuerda más doña Trinidad Jiménez a Ana Belén, o viceversa, a pesar de las diferencias que existen entre ambas, comenzando porque la segunda nació 11 años y 9 días después que la primera. A ambas se les identifica, especialmente, por tener cierto morbo para algunos sectores de las facciones socialistas, un no sé qué de sex appeal mezclado con un glamour algo casposo que las convierte en algo así como fantasías o fetiches sexuales, según me han confidenciado algunos amigos que profesan ese credo. También le pasa a mi esposa con Richard Gere, que dice de él que pieza a pieza no da para mucho, pero que así, en conjunto, como que tiene su aquél. Cosas de la imaginación cuando se dispara, supongo.

Cuando estos egregios personajes fueron respectivamente Maripili (Ana Belén) y Trini (Trinidad Jiménez), antes de que se les subieran a la cabeza los poderes del estrellato, la cosa era muy otra. Maripili vagó en su lejanísima infancia de plató en plató de radio buscando una oportunidad, hasta que la encontró, comenzó a hacer cine, a cantar (o lo que sea) y a vender discos a paletadas, recalando finalmente en sus años menos dichosos en la patética y terminal cosa de la ceja, que es el filón de lanzamiento televisivo de las glorias que fueron, si es que lo fueron. Si comenzó ofreciéndose a los Bobby Deglané en las Radio España de su tiempo, concluye su andadura pidiendo otra oportunidad, como Platanito, a ver si tiene suerte y le cae algún que otro LP en plan revival de viejas glorias extraídas del formol de la Historia y vuelve a escuchar aplausos, o quién sabe si siendo una patética chica de oro, libertina y procaz, de esa nueva imitación entre las imitaciones de las alienantes series americanoides a que tan dados son los guionistas españoles, compartiendo elenco con otras añejas glorias de la ceja. Sus devotos, claro está, ven en ella a una artista polifacética sin par, y todo su derecho tienen, que sobre gustos no hay nada escrito; pero otros, por los mismos motivos, no alcanzamos a entender el fenómeno sino como un artificio de márquetin o de partido.

Trini era, en apariencia, otra cosa. Si Maripili había nacido en el seno de una humilde familia madrileña, Trini lo hizo como señorita andaluza y siendo alumbrada en Málaga, que tiene mucho tronío. Su oportunidad la buscó vagando en la universidad entre lo más progre y "modelno", ofreciéndose a los mandarines del PSOE, hasta que la encontró en las Juventudes Socialistas, trepó por las Nuevas Vías y se colocó reiteradamente en la parrilla de salida de numerosas elecciones en las que cosechó grandes éxitos de partido y clamorosos fracasos electorales. Algo que no le sirvió para ser cargo electo (salvo como concejal o diputada en listas cerradas a cal y canto) para nada de lo que se presentó, pero que gracias al aquél que decíamos antes, pudo convertirse en Secretaria de Estado para Latinoamérica, donde fue ornamentalmente banal, y, a continuación, fue elevada por arte de birlibirloque al cargo de ministra de la cosa de gastos delirantes en medicamentos inútiles. Éxitos, en fin, que tienen su mucho de peso, como se ve, y que le han servido a lo largo y, sobre todo, a lo muy ancho de su naturaleza, para cosechar un descomunal… talento. No se sabe si por cuestiones de afinidad con Maripili, pero parece ser que quiere prorrogar sus días en política pidiendo otra oportunidad, ahora matritense (ya fue concejal), enfrentándose con su largo y, sobre todo, muy ancho… bagaje, en unas primarias convocadas a regañadientes por el aparatoso aparato socialista, en la PSM, donde espera subyugar a Tomás Gómez, fundiendo así el destino de ambas en la otra ceja socialista, que es la designación áulica del divino prócer, Zapatero. Sus devotos, como en el caso anterior, ven ella a un genio de la política con gigantescos… valores, y sus razones tendrán; pero otros, que no prendemos velas a esa santa y tenemos otras fantasías, lo vemos de otra manera, claro.

Ella, doña Trinidad, dice que se presenta a candidata por Madrid por decisión propia y que nada tiene que ver que Zapatero lo haya anunciado antes, quien tal vez lo haya hecho, como algunos maledicentes comentan, para quitársela de encima enviándola al matadero político que es no sólo el inútil empeño de vencer en unas primarias a Tomás Gómez, sino el de antemano baldío intento de tratar de derrotar a doña Esperanza, que será lo que sea, pero que como púgil es mucho más que correosa y quien no es nada fácil de tumbar. El mito de Sísifo, en fin, se repite, ¡y buena mochila lleva doña Trinidad para escalar la montaña!

Más allá de las declaraciones de compromiso, da la impresión de que tanto Zapatero se ha metido en un pestilente charco, por su enfermiza tendencia a la dedocracia (aunque le ha salido un contestón con los nueve bien puestos), como doña Trinidad, quien está siendo enviada corderilmente al último de sus muchos y bullangueros fiascos. Siempre, sin embargo, le quedará la ceja, y, en aquel retiro dorado, podrá contar batallitas a su par de cuando el sol del poder le alumbraba, o quien sabe si sumarse a las chicas de oro y dar relumbre póstumo a inevitablemente próxima jubilación forzosa.

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