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Plegaria real
Octavi Pereña
La plegaria que el rey Juan Carlos dirigió al apóstol Santiago el pasado 25 de julio da pie a hacer un análisis de la caótica situación social, económica y política por la que atraviesa España.
La sociedad actual española es muy heterogénea en el aspecto religioso. Por este motivo, el monarca ofende a un buen número de ciudadanos que no son católicos cuando presenta una ofrenda y le dirige una plegaria al apóstol Santiago, que es costumbre que realice el rey de España en nombre del país, tradición que remonta hasta el año 1643. Esta costumbre real debería abolirse porque es un anacronismo en una sociedad democrática como pretende ser la nuestra. El monarca, en nombre propio, puede participar, siempre que lo desee en actos religiosos católicos. Pero jamás en nombre de todos los ciudadanos cuando muchos de ellos no son católicos.
Una reflexión debe hacerse por lo que hace a la petición que el rey le hace al apóstol Santiago de que resuelva cuanto antes mejor “la grave crisis económica” y las duras consecuencias para millones de personas y sus familias”, a que erradique “la desrazón del terrorismo”, a que haga que los responsables políticos, económicos y sociales “sirvan con generosidad “ al interés general. El monarca también le pide al apóstol a redoblar los esfuerzos con la confianza en una España que “ha sabido sobreponerse a las dificultades y resolver los problemas con el darse a todo el mundo y en el marco de nuestra Constitución”. Todas estas peticiones y algunas más que no cito las puede suscribir cualquier persona con un mínimo de sentido común.
Ahora bien, la petición que hace el rey al apóstol Santiago debemos examinarla a la luz de la Biblia porque quien la hace se confiesa cristiano. Jesús, el Maestro por excelencia para los cristianos, dice a sus discípulos que no parloteen como los gentiles “que piensan que por su palabrería serán oídos”. Los cristianos no deben dirigirse a Dios con palabras huecas al estilo de los fariseos. Les dice: “Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos”. Con esta declaración Jesús enseña a sus seguidores a orar al Padre celestial. A nadie más. Jesús no les dice que se dirijan en oración a Abraham, Isaac, Jacob, ni en el mismo Moisés, que era muy venerado por los judíos. Cuando vuestros corazones se abran para pronunciar una oración os limitaréis a dirigirla a vuestro Padre que está en los cielos. Esta es la enseñanza que recorre toda la Biblia. Cuando no se hace caso a esta doctrina el trasgresor recurre a la idolatría. El salmo 135 ilustra perfectamente la vanidad de la idolatría: “Los ídolos de las naciones son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan, tienen ojos, y no ven, tienen orejas, y no oyen, tampoco hay aliento en sus bocas” (vv.15-18).
El pueblo de Israel a su regreso del exilio en Babilonia pasaba por unos momentos políticos, económicos, sociales y religiosos muy malos. Esdras, que fue el sacerdote escogido por el rey Ciro para restablecer el culto a Yahveh, ante la grave situación en que se encontraba Israel “mientras oraba Esdras y hacía confesión, llorando y postrándose delante de la casa de Dios, se juntó a él una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños, y el pueblo lloraba amargamente” (Esdras 10:1). Empezando por la cabeza y terminando por la cola , todo el pueblo se arrepintió ante Dios por su infidelidad y por su injusticia social. Tal cosa no se ha producido fruto de la oración del rey Juan Carlos dirigida al apóstol Santiago. El arrepentimiento colectivo que debe iniciarse desde las más altas instancias y llegar hasta el ciudadano más humilde, no se ha producido ni ha dado la más pequeña señal de que vaya a producirse. La oración institucional de gala pronunciada por el monarca no ha sido escuchada por el Padre celestial porque la imagen a la que se abrazó el rey tiene orejas y no oyen.
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