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La lidia y García Lorca
Mario López
“El único sitio donde se va a ver la muerte rodeada de las más deslumbradora belleza”. Eso dijo Federico García Lorca de la lidia. Y lo dijo porque vio muy pocas muertes distintas; porque no asistió a la batalla de Trafalgar. Miles de muertes heróicas, simultáneas, de muchachos jóvenes y atléticos, como le gustaban a él, a Federico.
Lanzados por los aires, descuartizados, como hermosos abalorios envueltos en volutas de oro, rubíes y algodón; ensartados en un bosque de cabos, vergas y foques, sobre el paisaje abrumador de los dos océanos: el del cielo y el de la mar, fundidos en un horizonte de sangre. Miles de muertes empastadas con las voces barítonas de los cañones, a ritmos sincopados, con pichicatos, estacatos y codas. Y desde las playas de las Dunas, de la Mangueta y Caños, decenas de niños desnudos –como en un sueño lorquiano- contemplan extasiados la batalla. Al lado de una buena batalla naval, Federico, la lidia no vale nada.
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