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España: sol y caspa

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 9 de agosto de 2010, 04:10 h (CET)
La imagen arquetípica de la España de Fraga Iribarne –la del "Spain is different"-, aquélla de las tres eses (Sun, Sand and Sex), era la del macarra de chiringuito ataviado con bañador de braga, a través del cual se le notaban al ligón las venas, marcando paquete (además del de Ducados que llevaba en la cinturilla), patillas hacha, caminar simio y peludo como el eslabón perdido, el cual se acercaba a la sueca o británica que tomaba el sol en la playa, y le decía con el mayor desparpajo: “¿Yispiquinglis, pisha?...”

Parecía que aquella subdesarrollada España de los sesenta, casposa, hortera y macarra, había pasado a mejor vida, pero constatamos no sin estupor que ha quedado impresa en nuestro inconsciente colectivo y que, a la menor oportunidad, sale a relucir con toda su repugnante grasa. Parece que nos enfrascamos en debates trascendentes sobre la condición humana, la armonización de la estructura social o el ansia de conciliar nuestras diferencias, pero no hay nada de eso, ni siquiera la sombra. Lo que verdaderamente hacemos es despistar, engañarnos y engañar, porque dentro de cada español hay un hortera con todas sus nefandas letras, o, al menos, en los de una buena parte de nosotros. “Güelcome aspain, seña Obama”, deberían decir los carteles malagueños, y “¿Vuparlé españó, picha?” esa legión de periodistas que la sigue y persigue contándonos con literatura épica cómo a una devocional muchedumbre le sangran las manos de aplaudir incluso cuando a la egregia invitada se la escapa un pedo.

Avergüenza. Produce rubor ajeno, humilla al individuo y al mismo país este servilismo de macarras buscando divisas o, siquiera sea, de dar mezquino lustre de masa a sus vacuas vidas, de adoradores de la fama y los famosos, de lamedores de lo que sea que no tenga que ver con su propia dignidad, de seres sin esencia que precisan proyectar en otros más notorios su escaso algo, considerándose tal vez ninguna cosa, contentándose con ser la mano que aplaude o saluda, la ingratificada sonrisa al tendido o con que por casualidad se crucen en un aeropuerto o una calle con ese personaje distinto y conocido, del cual presumirán ante amigos y conocidos con un “Pos me la crucé, y, oye, chica, qué persona agradable y normal…, como yo misma, vaya.”

Que los telediarios sean ya un enorme y fétido cubo de basura –Telemadrid, en especial- y que los periódicos pretendidamente serios se hayan echado en los concupiscentes brazos de la grasienta cochambre –El País y El Mundo, sin ir más lejos-, no deja de ser sino el efecto lógico de una democracia descerebrada en el fumbo, el verdulero famoseo, el permanente escándalo televisivo, la propia televisión basura, la ineludible sociedad basura y la vacuidad permanente en que vivimos, hermanados con grandes hermanos, lamentablemente ubicables islas de famosos (excelentes si no pudieran regresar los participantes), cotilleos de abyecto jaez y deplorables revistejas moradas atiborradas de putas, frikis y faranduleros sin más talentos que ninguno. Esto si que es genuinamente casposo, hortera y macarrónicamente español, propio de esta sufrida España de infantiloides y acomplejadas devociones zapateriles por Obama -Príncipe de la Paz y Rey de la Guerra-, y su casposamente impresentable Leire-Pajín, la de los acontecimientos planetarios y sueldo de tres o cuatro veces el de los criticados por ellos controladores aéreos, por soltar tales teatrales simplezas. He aquí en grasa y caspa la moderna y progresista España del Zapatero y la pandereta, medo y remedo de la de aquel insigne Fraga Iribarne.

Así está la cosa, qué le vamos a hacer. Pero por el amor de Dios, ¿cómo iba a ser que los catalanes, sensatos donde los haya, no vayan a aprovechar la patente de corso que les ha regalado ese mismo Obama y su Corte Internacional de Justicia, y piensen en declararse país soberano?... Yo también quisiera declararme independientemente soberano, ajeno a esta turba sin contenido, extranjero respecto de esos periodistas de la vacuidad, extraño a este gobierno memo y casposo y todo este elenco de medios que reparten nadería a manos llenas. Nada habrá más lamentable para mí que el que Cataluña se nos vaya -¡qué envidia, poder abandonar toda esta grasa y esta horterada!-, tan llena de gente culta y capaz, y qué pena que nos quedemos solos con esta cochambre de aplaudidores de famosos y horteras vocacionales sin propósito vital alguno. Claro, que digo yo: ¿Y no sería posible que nos quedáramos con Cataluña y diéramos la independencia a toda esta legión de casposos y horteras?... No podríamos evitar que sean como quieran, pero, siendo extranjeros, dolería mucho menos. Digo. Entretanto, habrá que resistir ésta nuestra humillada patria, ahora con el eslogan: "España: sol y caspa."

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