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La trampa de la paternidad
Robert J. Samuelson
WASHINGTON -- Entre los informes del gobierno más interesantes hay uno -- elaborado por el Departamento de Agricultura -- que calcula lo que los padres gastan en sus hijos. La versión más reciente concluye, como era de esperar, que el gasto es acusado. En el caso de una familia heterosexual de clase media (renta media bruta en 2009: 76.250 dólares), el gasto por vástago ronda los 12.000 dólares al año. Suponiendo una inflación anual moderada (2,8%), el informe estima que el gasto familiar en un niño nacido en 2009 alcanzará los 286.050 dólares hacia los 17 años de edad. En el caso de una familia con la parejita son alrededor de 600.000 dólares. Todas estas estimaciones pueden estar subestimadas, porque no incluyen el coste de la educación superior.
Estas prohibitivas estadísticas tendrían que poner al corriente el debate del déficit, porque unos presupuestos no son únicamente una batería de programas e impuestos. Reflejan las prioridades y los valores de una sociedad. Nuestra sociedad -- a pesar de toda la retórica que dice lo contrario -- no dedica muchos recursos a tener descendencia. Las políticas presupuestarias actuales castigan a los padres, que soportan una importante carga tributaria para financiar a la tercera edad. Mientras tanto, las deducciones fiscales por hijo son modestas. Si la reducción del déficit agrava estas tendencias, más estadounidenses pueden elegir no tener descendencia o tener menos. De ahí al declive económico hay un paso.
Las sociedades que no pueden renovar a su población desalientan la inversión y la innovación. Tienen mercados de bienes y servicios estancados o en contracción. Con el envejecimiento de la población, se resisten al cambio. Para que un país estabilice a su población -- descontando a la inmigración -- las mujeres tienen que tener una media en torno a los dos hijos. Eso es una "tasa de fecundidad deseada" de 2. Muchos países con economías en horas bajas están muy por debajo de ese baremo. El índice de fecundidad de Japón está en el 1,2. El de Italia es de 1,3; igual que el de España. Son países que están teniendo alrededor de un hijo por cada dos adultos.
La tasa de fecundidad estadounidense no se acerca aún a estos sombríos niveles. En el 2007 se situaba al nivel de la tasa de sustitución de 2,1 hijos por mujer, según informa el Centro Nacional de Estadísticas de Salud Pública. Los hispanos se situaban en el 3,0; y el resto de colectivos se acercaban a la tasa de sustitución: 1,9 en el caso de los blancos no hispanos; 2,1 en el de los negros no hispanos; y 2,0 en el de los asiático-estadounidenses. (No todas las noticias son buenas. Alrededor del 40% de los nacimientos se deben a madres solteras; muchos hijos llegan a hogares pobres o inestables).
Aunque tener un hijo es una decisión profundamente personal, se ve influenciada por la cultura, la religión, la economía y la política de administración pública. "Nadie tiene una respuesta única" al motivo de que la fertilidad varíe entre los países, dice el sociólogo Andrew Cherlin, de la Universidad Johns Hopkins. El acusado desgaste de la práctica religiosa en Europa puede explicar en parte las minúsculas tasas de natalidad. En Japón, las jóvenes pueden estar revelándose contra las solitarias vidas de educación de la descendencia que tuvieron sus madres. El optimismo y el pesimismo generalizados cuentan. La esperanza alimentó el Baby Boom de América. Tras el colapso de la Unión Soviética, dice Cherlin, "la inquietud por el futuro" deprimió la tasa de natalidad en Rusia y Europa Oriental.
En las sociedades pobres, la gente tiene hijos para mejorar su bienestar económico elevando la cantidad de miembros de una familia que trabajan y proporcionando sustento a los padres en su vejez. En las sociedades acomodadas, la lógica se invierte con asiduidad. La administración pública financia ahora a los ancianos, reduciendo la necesidad de descendencia. Según algunos estudios, las protecciones sociales de los jubilados han reducido las tasas de fecundidad alrededor de 0,5 hijos en Estados Unidos y casi un entero en Europa Occidental, según informa el economista Robert Stein en la revista National Affairs. De igual forma, ciertas parejas no tienen hijos porque no quieren sacrificar su propio estilo de vida en aras del tiempo y el gasto que supone una familia.
Tenemos que evitar la combinación de impuestos altos, bajas tasas de natalidad y endeble crecimiento económico que sufre Europa Occidental. Los estadounidenses jóvenes se enfrentan ya a un mercado laboral inclemente que no puede inculcar confianza en tener descendencia. Añadir impuestos más altos no va a ser de ayuda. "Si los impuestos más altos encarecen tener descendencia", dice el demógrafo Nicholas Eberstadt, del American Enterprise Institute, "la gente va a pensarse más detenidamente tener otro hijo". Eso parece de recibo, a pesar de las múltiples influencias favorables a ser padres.
La forma de reconciliar esto con la reducción del déficit no está clara. Del ejercicio 2011 al 2020, la administración Obama proyecta déficit presupuestarios de 8,5 billones de dólares. Otras estimaciones son más elevadas. Incluso si el gasto público en y las prestaciones destinadas a los ancianos se recortan -- como deberían recortarse -- seguirán haciendo falta casi seguro impuestos más altos. Los padres tendrían que estar protegidos de las subidas tributarias más acusadas.
Cualquier régimen fiscal recompensa ciertas actividades y penaliza otras. Un ejemplo de manual es la deducción fiscal por interés hipotecario que recompensa a la gente por adquirir casas más grandes con más deuda. Tendríamos que reducir este dudoso subsidio y destinar parte del ahorro a los hijos. Stein defiende combinar las ventajas fiscales por hijo en vigor(la deducción en la declaración federal de la renta, la deducción por hijo menor de 17 años, las deducciones por maternidad y por hijo menor de 18 años adoptado) en una única deducción generosa. Detalles aparte, las políticas deberían de tener sesgo favorable a las familias porque ser padres, como escribe él, "es uno de los servicios más importantes que cualquier estadounidense puede prestar a la nación".
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Esta columna será publicada en Newsweek.
© 2010,
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