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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

La clase política como problema

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
lunes, 9 de agosto de 2010, 03:57 h (CET)
Es curioso que en la última encuesta del CIS, los españoles hayan señalado como el tercer problema de España, después del paro y los problemas económicos, a la clase política, a los partidos políticos. El porcentaje de los que señalan este problema se ha triplicado en dos años. Hay por tanto una percepción creciente de que la clase política y los partidos políticos son un problema y debo hacer notar la perspicacia del CIS, que lo incluyó, hace años, en el repertorio de problemas que ofrece a los encuestados para su elección.

Quizás sería interesante que los sociólogos profundizaran acerca del sentido en que la clase política y los partidos políticos son percibidos por la población como un problema, cuando parecería más lógico pensar que tendrían que ser los partidos y los políticos los encargados de solucionarlos.

A mi entender, la clase política, estructurada en partidos, no tiene como norte de su actuación el servicio de los ciudadanos, sino la consecución de parcelas de poder desde las que gozar de sus privilegios. Dado que para obtener tal poder necesita de los votos de los ciudadanos, tiene que tratar de ganarse su voluntad, no tanto mediante el ofrecimiento de un programa, que nunca se cumple ni se recuerda, sino de la constante demagogia en su exacta significación de halago de la plebe para hacerla instrumento de la propia ambición política, hecha a través de todos los medios de comunicación que cada partido pueda controlar. Esta demagogia incluye siempre la demonización del adversario al que se le adjudican los calificativos que resulten más denigrantes.

La ley electoral ha demostrado suficientemente sus graves defectos, al poner en manos de los partidos nacionalistas y otras minorías la llave de la gobernación. Pero no hay voluntad de modificarla, pues los dos grandes partidos piensan que de no alcanzar la mayoría absoluta, pueden mercadear las ayudan que necesiten, aunque hay una decidida estrategia para impedir tales pactos a la derecha, convenciendo a los nacionalistas de que la izquierda siempre a acogerá sus ansias de autogobierno, dentro o fuera de la Constitución.

El artículo 6º de la Constitución dice que la estructura interna y funcionamiento de los partidos deberán ser democráticos, aunque no creo que lo sean. Los partidos me parecen formados por una cúpula absorbente, que retiene en sus manos el poder de designación de los cargos y la elaboración de las listas electorales. Son como grandes empresas en las que todo es controlado por su consejo de administración y los militantes son algo así como empleados que han de mostrar obediencia y acatamiento si quieren ser promocionados.

Realmente los partidos buscan ante todo votantes y mantienen importantes gabinetes de estudio para determinar la forma en que pueden influir en la población a través de los medios de comunicación y de la demagogia a la que antes me refería.

Si además de todo ello, percibimos que los políticos gozan de sueldos y prebendas por encima de la media de los ciudadanos y que hay grandes oportunidades de aprovechar en provecho propio, o del partido, el dinero público, la corrupción está servida. Corrupción que es utilizada por cada partido para desgastar al contrario, con indudable ventaja para el partido gobernante que todo lo controla, incluida la justicia.

Partidos y políticos honestos, al servicio de los ciudadanos, respetuosos de sus libertades, sin intervencionismos abusivos, sin designios de ingeniería social, sin sospechosas conexiones con los poderosos, fieles administradores del dinero público, es lo que necesitamos. No hay duda de que hay políticos honestos y con buena voluntad, pero la maquinaria partidaria impide cualquier acción que no tenga por objetivo conseguir el poder y conservarlo. Por acción u omisión toda la clase política es responsable de que los españoles la señalemos como problema.

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