|
El Senado, al límite de sus posibilidades
David S. Broder
WASHINGTON -- Desde principios de esta semana, mientras el Senado
estadounidense tramita las mociones de debate de la candidatura de Elena
Kagan a la vacante del Supremo que casi seguro va a ocupar, los lectores
de la revista New Yorker en todo el país pueden examinar el magistral
artículo de George Packer "La Cámara vacía", que recoge las horas bajas de
ese mismo Senado.
Packer comparte con miles de ciudadanos lo que todo reportero destacado en el Capitolio sabe: que el desprecio de la opinión pública hacia el Congreso, que alcanza mínimos récord de popularidad en las encuestas, se acompaña de la frustración de los legisladores de ambos partidos que tienen que formar parte y soportar el menosprecio.
Lo escuché en una comida un día de la semana pasada a un senador Republicano con tres años de veteranía. Estaba amargamente decepcionado al no encontrar la entidad señorial y desafiante que su antecesor le había descrito -- ni la amistad más allá de partidos que el Vicepresidente Joe Biden le había dicho en una ocasión que disfrutaría en sus viajes con el homólogo Republicano del propio estado del senador.
Packer hace desde luego la mejor labor que he leído a la hora de rastrear las fuerzas que han conducido al Senado a su mínimo actual. Pero no acaba de señalar el factor crucial: la ausencia de líderes que encarnen y que sean capaces de transmitir el orgullo institucional que antes era el distintivo de pertenecer al Senado.
El Senado no fue diseñado como entidad representativa y democrática con minúscula, sino como asamblea deliberadamente exclusiva capaz de enfrentarse a los desafíos nacionales más graves y abordarlos apropiadamente, gracias a la perspectiva y el aislamiento que le brindan sus largas legislaturas y sus diversos electorados.
Sus mejores líderes han sido caballeros capaces, al menos puntualmente, de ir más allá del partidismo o el interés parroquiano y hacer acopio de la voluntad para hacer frente a los arrolladores desafíos de una forma que casi avergonzaba a sus colegas de su estrechez de miras.
Muchas fuerzas -- desde la búsqueda de donaciones a los realineamientos de las formaciones, pasando por la intrusividad de los medios de información 24 horas al día -- han debilitado los vínculos institucionales de ese Senado. Pero es la ausencia de la ética representada y consolidada por sus líderes lo que le resulta más perjudicial.
A fin de cuentas, informa Packer, "los dos logros duraderos de este Senado, la regulación financiera y la reforma sanitaria, exigieron año y medio de enfrentamiento legislativo que casi destruye a la instancia. Dependió de un conjunto de circunstancias -- que hubiera una gran mayoría de Demócratas, que hubiera un presidente carismático con un mandato electoral, y la crisis nacional -- que no durarán lo bastante ni se repetirán a corto plazo".
Dos días después de la aprobación de la reforma financiera, el secretario de la mayoría en el Senado Harry Reid arrojaba la toalla de la legislación energética. "Y de esa forma", decía Packer, "el cambio climático se une a la inmigración, la creación de empleo, la seguridad alimentaria, la formación, la atención a los veteranos, la financiación de campaña, la seguridad en el transporte, las leyes laborales, la seguridad de las minas, la gestión de incendios e importantes cantidades de nombramientos ejecutivos y judiciales a la lista de cuestiones que la entidad deliberativa más grande del mundo es incapaz de abordar".
¿Es demasiado duro? Lamentablemente no. Lo que me da esperanzas es que muchos de los miembros más jóvenes del Senado en ambas formaciones están manifestando la frustración que sienten con aquello en lo que se ha convertido el Senado. Si sus filas salen reforzadas de las elecciones de este noviembre, y si empiezan a hablar entre sí y se dan cuenta de lo ampliamente que comparten sus opiniones de decepción, quizá el cambio pueda venir de dentro.
Pero sería mucho más fácil si hubiera líderes dispuestos a liderar. Y el peligro reside en que si eso no sucede pronto, nadie del Senado puede recordar lo que fue en sus buenos tiempos.
|