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La muerte vencida
Octavi Pereña
En el momento que escribo el borrador del presente escrito estoy leyendo el libro ‘Convivir’ del psiquiatra Luís Rojas Marcos. Su lectura descubre la variada multitud de problemas que amargan nuestra existencia. Siendo un libro escrito por un psiquiatra uno puede suponer que el texto tiene que ver con los trastornos psicológicos que provocan las situaciones conflictivas que nos acompañan por el mero hecho de estar vivos. Ante este cúmulo de incidencias que perturban a nuestras vidas, ¿no hemos soñado nunca ingerir una píldora para resolver los problemas o, en todo caso esconderlos?
La química farmacéutica moderna con la publicidad engañosa que la acompaña pretende restaurar la condición humana al estado en que se encontraba antes de que el pecado hiciese acto de presencia en el hombre. La utilización de las “píldoras milagrosas” que se venden en las farmacias sin receta médica no tienen el poder de restaurar al hombre a su estado original. El resultado de esta inoperancia, no debe extrañarnos que sea la conversión a adicto a las “píldoras milagrosas” quien pretenda por este medio deshacerse de sus males y que en vez de mejorar, empeore su situación.
No basta la automedicación de “píldoras milagrosas”. La medicina con todos sus espectaculares avances no puede solucionar de una manera satisfactoria los achaques que se nos presentan y que se intensifican con el paso del tiempo. Ante la realidad de que se tiene que convivir con todos los ‘defectos’ que nos afean, se puede reaccionar de dos maneras: No aceptar su presencia y automedicarse sin control con lo que se agrava la situación personal. La automedicación, para entendernos mejor la podíamos comparar a darse cabezazos contra la pared. ¿Verdad que es un comportamiento insensato?
La otra actitud consiste en aceptar la presencia de las dolencias que nos fastidian y dentro de unos límites razonables hacer lo que se pueda para intentar deshacernos de ellas. Algunas, con el tratamiento médico adecuado las desterraremos de nuestras vidas. Otra, las llevaremos enganchadas como sanguijuelas que nos chupan el vigor. Ante la presencia perenne de lacras que nos molestan y la imposibilidad de desterrarlas del todo hemos de aprender a llevarlas con dignidad.
El salmista nos da esta instrucción: “Afirmado está su corazón, no temerá, hasta ver en sus enemigos su deseo” (112:8). Es muy posible que en el salmista los enemigos en los que ha visto cumplido su deseo sean personas de carne y hueso. Estos enemigos también pueden ser las dolencias que tanto miedo nos dan. La persona que tenga el corazón afirmado y que no le haga miedo nada es “el hombre que teme al Señor, y en sus mandamientos se deleita en gran manera” (v.1).
La persona de corazón afirmado es la que teme al Señor y se complace en sus mandamientos. Venerar al Señor y amar sus estatutos es básico para poder extirpar el miedo a las lacras que nos absorben el vigor. La reverencia al Señor y el amor a sus mandamientos proporciona la fuerza interior que permite ver a las lacras como enemigos que han sido vencidos. Los males que padecemos con mayor o menor intensidad no son nada más que señales que nos indican que la Muerte nos viene a buscar para llevarnos hasta su reino, Esto es lo que nos da miedo. Si tuviéramos la certeza de que la Muerte ha sido vencida , las dolencias que son los heraldos que la anuncian no nos afectarían para nada. En Cristo se puede adquirir la certeza de que la Muerte es un enemigo vencido. El apóstol Pablo en el contexto de la resurrección de Jesús escribe: “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (I Corintios 54-57).
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