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A vueltas con las prohibiciones
Mario López
¿Prohibir es un acto autoritario? ¿Un régimen es más autoritario cuanto más prohíbe? No lo creo. El código civil es el catálogo de prohibiciones que rigen en nuestra sociedad, y nadie cuestiona su necesaria existencia. La calidad democrática de una sociedad no se discute por el número de prohibiciones que fija, sino por la naturaleza de las mismas.
Prohibir leer a Carlos Marx o a Monseñor Escribá de Balaguer, es un acto autoritario; pero prohibir quemar librerías es un acto democrático. pues nos garantiza la libertad de poder seguir comprando libros. Parece que es de cajón, ¿no? Por otra parte, hay dos formas de prohibir. Una, desde el poder sin contar con la aprobación del pueblo soberano representado en el Parlamento; eso es autoritario. Y otra, a instancias del pueblo y con el apoyo de la mayoría parlamentaria; eso es democrático. Verdaderamente, la cosa no es tan difícil como lo quiere ver Esperanza Aguirre; que hay que ver la mujer las vueltas que le da al asunto y no acaba de dar con ello. Prohibir fumar en recintos públicos, atendiendo a las recomendaciones de la comunidad científica y acatando lo acordado por el poder legislativo, es, doña Esperanza, un gesto de respeto a la salud de todos y al Estado de derecho; así que no tiene nada de autoritario y sí mucho de democrático. Imcumplir la prohibición, como pretende hacer usted en Madrid, es un acto autoritario porque, aunque usted no pueda entenderlo, conculca un derecho de la ciudadanía reconocido por la más alta instancia del Estado, imponiendo el criterio de su gobierno regional que no está legitimado para hacer tal cosa; pues nunca un gobierno regional puede privar a la ciudadanía del amparo del Estado. Prohibir las corridas de toros a partir de una iniciativa popular y contando con el voto favorable de la mayoría de los representantes del pueblo, es un acto perfectamente democrático que atiende a la sensibilidad de la mayoría de los ciudadanos. La derecha española no acaba de distinguir la calidad democrática de las prohibiciones; a veces me recuerda al niño balbuciente que confunde las palabras cuando quiere identificar las cosas. Lo que ocurre es que lo que en los niños resulta gracioso, en los adultos puede ser patético. Aunque no hay que desfallecer, nuestra historia reciente nos viene demostrando que el problema de la derecha es que tarda en asumir los avances democráticos, pero los acaba asumiendo. Les pasó con la legalización de los partidos políticos y con el divorcio. En su momento no aprobaban la Constitución, pero hoy son sus más celosos guardianes. Así que nada, paciencia.
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