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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · E. J. Dionne
Cómo salvó el malibú a la administración


E. J. Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
jueves, 5 de agosto de 2010, 05:12
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WASHINGTON -- ¿Quién se habría imaginado que el rescate de la industria del automóvil, una de las maniobras más impopulares con diferencia emprendidas por la administración Obama, se convertiría en uno de sus mejores estandartes?

Pero ni por un instante piense que el retorno de las empresas automovilísticas rescatadas de la nación, General Motors en particular, va a cambiar la forma en que debatimos el papel de la administración en la economía. En lo que respecta a casi todo lo que hace el gobierno, la ideología se impone a los hechos, los lemas a la realidad, y las palabras con fuerte carga ("socialismo") se imponen a los datos.

No nos llevemos a error: rescatar a GM y a Chrysler exigió valor político, y tengo palabras de elogio no sólo para el Presidente, sino también para George W. Bush.

Cierto, la carrera electoral de Bush había terminado en diciembre de 2008, cuando extendió 17.400 millones de dólares de fondos del Programa de Ayuda a Activos sin Liquidez TARP para mantener en pie a las empresas lo bastante para dar a Obama oportunidad de actuar. Aun así, exigió valor por parte de Bush decidir "no dejar que el próximo presidente se enfrente al colapso de una importante industria estadounidense en sus primeros días en el cargo".

Pero fue Obama quien aportó el grueso de los fondos -- en total, la cantidad de entrada de Bush había crecido hasta los 25.000 millones de dólares antes de abandonar la presidencia mientras Obama aportó 60.000 millones adicionales -- y creó el duro programa de reestructuración.

Ambos presidentes se enfrentaban a una importante resistencia por parte de la opinión pública. Una encuesta CNN Poll de diciembre de 2008 concluía que el 61% de los estadounidenses se oponían al rescate; sólo el 36% era partidario. Cuando Obama actuaba dos meses más tarde, una encuesta Gallup concluía que el 72% se oponía a los fondos adicionales para las empresas automovilísticas y sólo el 25% estaba a favor.

En aquel momento, yo me encontraba entre la minoría partidaria del rescate porque el colapso de la industria del automóvil habría devastado nuestro ya achacoso medio oeste. Las empresas fabricantes de repuestos para empresas del automóvil se habrían venido abajo. Un informe de la Casa Blanca concluía la semana pasada que se habrían perdido 1 millón de puestos de trabajo si el gobierno no hubiera intervenido, y algunas estimaciones del año pasado fueron mucho más allá.

La decisión de perder uno de nuestros sectores industriales capitales también habría sido irreversible -- una amenaza lo bastante grave para que hasta Bush, el partidario acérrimo del libre mercado, no tomara medidas. Ese es el motivo de que la administración Obama venga presumiendo un poco de los 55.000 puestos de trabajo en la industria del automóvil creados desde el pasado junio. "El rescate del automóvil", decía el jefe de gabinete de la Casa Blanca Rahm Emanuel, reunido con un grupo de columnistas la pasada semana, "es un gran ejemplo de la forma en que las políticas de la administración ayudaron a despejar el camino al cambio en los cimientos industriales de nuestro país".

Los argumentos en contra del rescate eran predecibles pero no irracionales. Muchos sospecharon que la administración tomaría inevitablemente decisiones politizadas: cierre de plantas de fabricación decidido por motivos de influencia política y gente de confianza de Obama en los consejos de administración de las empresas en busca de licencias públicas de fabricación a expensas de juicios empresariales sólidos.

Esto no sucedió. Incluso si la administración perdió una batalla cuando el Congreso votó a favor de proteger los intereses de los concesionarios, la Casa Blanca dejó que los fabricantes se comportaran como empresas privadas. Ron Bloom, un importante arquitecto de la reestructuración, decía a los columnistas: "Durante los últimos 9 ó 10 meses, nos hemos mantenido al margen". Los directores, añadía Bloom, fueron elegidos por su experiencia empresarial no por su política.

Irónicamente, Steve Forbes, el excandidato presidencial Republicano, confirmaba la versión de la administración en una columna de opinión publicada en el Politico la pasada semana, cuyo objetivo era negar a Obama cualquier mérito del retorno de la industria empresarial. "La gestión de GM", decía Forbes, "está utilizando principios de gestión sólidos y conservadores orientados al libre mercado para devolver a la compañía a una situación de rentabilidad a largo plazo". Pero esto es exactamente lo que los detractores de rescate decían que nunca podría suceder si la administración intervenía. Según el propio testimonio de Forbes, se
equivocaron.
Este es el motivo de que Obama pudiera afirmar en una planta de Chrysler en Detroit el viernes que "por primera vez desde 2004, los tres fabricantes estadounidenses registran beneficios", indicando que es probable que el contribuyente recupere la mayor parte de su inversión y probablemente más.

¿Puede admitir ya la gente práctica del sector privado que hay ocasiones en las que la intervención pública puede ser buena para el capitalismo, salvándolo de algunas de las mismas fuerzas que desata?

De acuerdo, el sector de la banca está lleno de ingratos quejicas que habrían pasado a mejor vida de no ser por la ayuda de la administración. Muchos amigos del sector privado ignoran voluntariamente lo mucho que dependen de una administración eficaz para poder seguir quejándose de los impuestos y las regulaciones.

Pero honestamente: sin administración, habríamos perdido importantes piezas de nuestra industria automovilística. ¿Esto no le importa a nadie?

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