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Don Juan Carlos de Borbón y Santiago el Mayor
Mario López
A mí que Juan Carlos de Borbón pida mercedes a Santiago el Mayor, telepáticamente, por telequinesis o a golpe de botafumeiro, me parece maravilloso, siempre que lo haga a título personal, desde el recogimiento y el anonimato.
Pero que se erija en el maestro de ceremonias del día del apostol, en calidad de jefe del Estado y engalanado con toda suerte de abalorios aristocrático-castrenses, implore al decapitado varón –cuyo sepulcro ha de hallarse más allá de entre Pinto y Valdemoro, cuanto menos entre Amman y Jerusalem, me solivianta. Porque al obrar de esa manera, el jefe del Estado está enviando al universo orbe el mensaje de que yo, como el resto de los ciudadanos del país de la Roja, estamos en esas; es decir, que creemos en que los burrros vuelan y participamos del botín amasado a lo largo del camino de Santiago, timando con un cuento de Calleja a los incautos peregrinos. Y eso es una aborrecible injuria. Se me alegará que es tradición arraigada y que forma parte de nuestras esencias nacionales. Pues más a mi favor.
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