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Tags: Opinión · The Washington Post Writers Group · E. J. Dionne
La política de la estupidez


E. J. Dionne


E. J. Dionne E. J. Dionne
lunes, 2 de agosto de 2010, 04:31
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WASHINGTON -- ¿Puede seguir siendo una superpotencia una nación si su política interna es incorregiblemente imbécil?

Empecemos por los impuestos. En cualquier otra democracia seria, los partidos políticos conservadores acusan por lo menos cierta obligación de equiparar sus políticas fiscales a sus planes de gasto público. David Cameron, el nuevo primer ministro conservador de Gran Bretaña, es un ejemplo de referencia.

Recientemente presentaba un presupuesto bastante austero que incluye graves recortes. Tengo dudas de algunos de ellos, pero al menos Cameron se interesó lo suficiente por reducir el déficit de su país como para junto a los recortes, proponer también un incremento del impuesto sobre el valor añadido del 17,5% al 20%. Imagínese: un conservador fiscal que en realidad es un conservador fiscal.

Eso nunca podría pasar aquí porque la fábula de la teoría económica de la transferencia insiste en que los impuestos son siempre demasiado altos, en especial los de los ricos.

Es el motivo de que los Demócratas serán imprudentes si no tratan de convertir el rechazo de los Republicanos a subir los impuestos a las familias que ingresan más de 250.000 dólares al año en una cuestión de campaña. Si los Demócratas pasan a la retirada con esto, no tendrán ninguna postura para gobernar.

La verdad simple es que los ricos en los Estados Unidos -- el margen fiscal que ha realizado la mayor parte de todos los avances en su renta en los últimos años -- pagan menos impuestos en comparación con todos los demás.

Consideremos dos informes del Centro de Presupuestos y Prioridades Legislativas. Uno, difundido el mes pasado, destaca los hallazgos de la Oficina Presupuestaria del Congreso que avalan que "las lagunas en la renta neta entre el 1% más rico de los estadounidenses y las quintas partes media y más pobre del país se ha multiplicado por un factor superior al tres entre los ejercicios de 1979 y 2007", el periodo del que se facilitan cifras.

En otro informe, de febrero, utiliza datos de la agencia tributaria para demostrar que "el tipo fiscal efectivo sobre la renta de los 400 contribuyentes de renta muy alta ha descendido casi la mitad a lo largo de las dos últimas décadas, incluso si su renta bruta se ha multiplicado por cinco".

El estudio concluye que los 400 hogares del margen fiscal más alto "pagaron el 16,6% de su renta en impuestos federales sobre la renta en 2007, un 30% por debajo de los niveles de 1995". Estamos hablando de personas ricas de verdad: utilizando dólares ajustados a la inflación de 2007, hizo falta un ajuste a la renta bruta de 35 millones de dólares por lo menos para comparar con los 400 a la cabeza en 1992, y 139 millones en 2007.

La noción de que combatiendo en dos guerras se supone que no hay que considerar subir los impuestos a estos estadounidenses es una muestra de un país que ya no es serio. ¿Por qué no reconocen los halcones de la política exterior que si carecen de las agallas para pedir al contribuyente que financie la proyección del poder militar estadounidense, no vamos a poder proyectarlo a largo plazo?

Y si no estamos dispuestos a tener un debate integral en torno a si la construcción de la identidad nacional en el extranjero se está interponiendo en el ejercicio de la identidad nacional en casa, no vamos a lograr ninguna de las dos cosas.

Nuestro debate del estímulo económico es otro síntoma de demencia política. Es totalmente cierto que la batería de medidas de recuperación de 787.000 millones de dólares aprobada el pasado ejercicio no era lo bastante elevada para impedir que el paro superara la cota del 9%.

Pero en la práctica esto no es argumento contra el estímulo. Por el contrario, los estudios que demuestran que el estímulo creó o salvó hasta 3 millones de puestos de trabajo son difíciles de refutar. Es mucho más fácil simular que todo este dinero fue desperdiciado, aunque las pruebas de que debimos haber estimulado más son abrumadoras.

Después está la estructura misma de nuestra administración. ¿Alguna otra democracia tiene una poderosa rama legislativa tan antidemocrática como el Senado de los Estados Unidos?

Cuando se creó nuestra República, la relación demográfica entre el estado más grande y el más pequeño era de 13 a 1. Hoy es de 68 a uno. A causa del uso constante del veto legislativo, 41 senadores que representan a menos del 11% de la población de la nación pueden, en teoría, impedir el trámite de medidas apoyadas por 59 senadores que representan a más del 89% de nuestra población. ¿Y se pregunta el motivo de que sea tan difícil hacer algo en Washington?

Soy un optimista crónico con América. Pero estamos dejando que políticas estúpidas e ideas irracionales en materia fiscal y una estructura política anticuada minen nuestra fuerza.

Necesitamos un nuevo conservadurismo en nuestro país que sea digno de ese nombre. Necesitamos izquierdistas dispuestos a pronunciarse sobre la amenaza que plantea nuestra política chiflada para nuestra influencia sobre el mundo. Necesitamos moderados que hagan algo más que seguir las tendencias para calcular el punto medio entre dos polos políticos.

Y, sí, necesitamos reformar un Senado que se ha convertido en motivo de vergüenza para nuestras pretensiones democráticas.

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