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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

De cuernos y otras artes festivas

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 30 de julio de 2010, 04:52 h (CET)
No sólo no me gustan los toros ni encuentro en ellos nada que sea lejanamente parecido a la cultura o al arte, sino que me parece una barbarie propia de una civilización sin civilizar que se recrea en el dolor de los más débiles y los inocentes –los animales lo son- a los que debiera proteger precisamente por su superioridad cognitiva (aunque de esto no estoy nada seguro). Así lo he manifestado reiteradamente en mis numerosas novelas, de modo que soy esclavo de mi propia palabra. No; nunca me han complacido los sangrientos espectáculos en que la tortura y el dolor es el rey de la fiesta, ni siquiera que un hombre, por simple y puro placer, se eche al monte o a la orilla y satisfaga sus anacrónicos instintos de cuando el pleistoceno matando por matar. Nada hay de valentía en todo esto, nada de cultura y, ni mucho menos, nada de arte. Es una canallada con todas sus letras, y quien se esconde tras de un capote, una caña o una mira telescópica, no es un valiente ni un artista ni un hombre culto, sino alguien que ha nacido algunos siglos o milenios después de su tiempo. Así lo creo y así lo he creído siempre. Quien mata por placer, tiene otro nombre: verifíquenlo en el diccionario; y quien disfruta con la muerte de otros, también tiene otro nombre distinto de culto, aficionado o cualesquiera esos floridos epítetos con que los tales se engañan a sí mismos.

Ninguno de estos defensores a ultranza de lo que han venido a llamar “tradición cultural” o memez por el estilo, puede darme lección alguna de Historia acerca del nacimiento y arraigo de esas mal llamadas tradiciones o sobre por qué han sobrevivido. Pero tampoco me pueden dar lecciones de justicia quienes, amparándose en verdades sublimes como la eliminación del sufrimiento en cualesquiera sean sus manifestaciones, han recurrido a la vileza de prohibir, porque prohibir no es mejor que matar, sino sólo otra forma de hacerlo, siquiera sea al bien más sagrado de todos: la libertad.

El libre albedrío fue el don que Dios –para nosotros, los creyentes- nos entregó en soberanía para evolucionar, teniendo la oportunidad de posicionarnos libremente del lado del bien o del mal, y las prohibiciones a las que son tan proclives con cualquier excusa nuestros políticos lo coartan y mutilan. Cada criatura tiene su propia velocidad de evolución, y nadie debe imponer a los demás otra ley que aquélla que afecta a la convivencia en casos absolutamente extremos. Al cesar lo que es de césar, pero que el césar no se pase ni un pelín. Esta es la cuestión. Ya conocen aquella frase de Jefferson: cuando los gobernantes temen al pueblo hay libertad, pero cuando el pueblo teme a los gobernantes hay opresión.

Que tras la prohibición se esconden intereses espurios es tan claro como que se esconden del sentido contrario en la posición opuesta. Aquí nadie da una puntuada sin hilo. Siempre hay intereses ocultos, fervores fariseos que disfrazan cuestiones pecuniarias como si se trataran de principios universales. Ya conocemos de sobra a los unos y los otros, y mal hace el pueblo soberano en mostrarse anuente o renuente con las decisiones políticas, pues que al fin redunda en intereses políticos que nada tienen que ver con los conflictos de las personas, sino que acaso los crean. Así, los perversos políticos han reducido la cuestión a una elección sobre el siguiente sofisma: o está a favor del sufrimiento, o lo está de la prohibición; o bien, o está a favor de la libertad, la cultura y la tradición, o lo está del separatismo. Sofisma donde los haya, así el uno como el otro.

El mal no puede ser vencido combatiéndole, porque lleva demasiado tiempo en su oficio y se sabe de sobra todas las artimañas, sino que la única manera de vencerlo es por inanición, por potenciación de su contrario. Así, las barbaries residuales de nuestro infausto y cruel pasado no pueden ser vencidas por por prohibición –sólo generaría peligrosas conductas compulsivas-, sino que debe serlo por potenciación de la civilización, que es decir por educación, por reflexión, así individual como colectiva. La extinción de estos circenses espectáculos de dolor, sangre, sufrimiento y muerte, dejarían de tener esas perversas connotaciones iniciáticas, válidas en los lejanos tiempos de crueldad extrema, para adquirir la verdadera forma que encierran. Potenciar la civilidad, la compasión y el amor por el medio en el que vivimos y nos desarrollamos, debe ser la clave para extirpar nuestros remanentes ancestrales de brutalidad. Cualquier otro camino, en mi opinión, está equivocado.

Pero, especialmente, está equivocado el camino de la mano izquierda, el de los incompetentes y los dictadorzuelos enmascarados como demócratas, cuyo único recurso es pensar con una víscera distinta del cerebro y recurrir con demasiada facilidad y frecuencia a la prohibición. No dan para más. Su evolución está lejos todavía del principal valor humano: el respeto a los demás, algo que ellos confunden con la indigna tolerancia. Ni a mí ni a nadie tienen que tolerarnos nada: nos basta y sobra con el exigible respeto.

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