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Etiquetas:   Paraguay   Política   -   Sección:   Opinión

De cuando Zuccolillo era vocero de Pastor Coronel

El diario ABC color hizo un histórico papelón en 1976, tildando en su tapa de comunista a un sacerdote jesuita que estaba en un monasterio de su orden en Barcelona
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
viernes, 10 de febrero de 2017, 00:01 h (CET)
Uno de los recuerdos más persistentes de mi infancia es el allanamiento parapolicial del lugar en el cual cursaba mis estudios primarios, en abril de 1976. Era entonces mi colegio el Cristo Rey, un centro educativo bajo protección de la prestigiosa orden de los jesuitas, la mayoría de los cuales españoles. Los jesuitas, como lo sabe quien algo conoce la historia, tienen un karma signado por las persecuciones en el Paraguay.

En enero de 1976, la prensa había publicado un decreto presidencial donde se declaraba intervenido mi colegio y cesantes a sus autoridades. El Rector, el padre Vanrell, estaba por entonces en España. La dictadura privó en aquellos días de autorización para ejercer la docencia a varios sacerdotes jesuitas y a una decena de profesores seglares, antes de aceptar como director al sacerdote José de Jesús Aguirre y como vice director al sacerdote Jesús Montero Tirado.

El 25 de febrero habían empezado las clases con aparente normalidad, clima que duró todo el mes de marzo. Pero la paz de los cementerios sería abruptamente interrumpida el siete de abril. El momento elegido, ese día, fue precisamente cuando ingresábamos a dar clases los del turno tarde.

Recuerdo que ese día me llevaban en automóvil al colegio, cuando a la altura de la Plaza Italia de Asunción percibí que no era una fecha cualquiera en mi historia escolar. Mi compañero de banco en la institución, hijo de un jefe militar que tenía la responsabilidad de custodiar al General-Presidente de la república, regresaba raudamente a su casa en el vehículo conducido por su chofer. Tengo todavía en mi memoria el registro de su rostro, el de un niño visiblemente asustado, a través de las ventanillas de su lujoso automóvil europeo, y la duda que en aquel instante me asaltó: ¿Por qué no se había quedado a dar clases y volvía a casa transportado a tan alta velocidad?

A pocas cuadras tuvimos la respuesta, pues mi colegio se encontraba rodeado de pistoleros armados, y todos los accesos al mismo bloqueados. Algunos de mis compañeros que habían llegado temprano, narraron en los días siguientes que habían sido obligados a ingresar a los baños a punta de ametralladoras, mientras los personeros del régimen registraban todas las dependencias del predio. Sacerdotes, profesores y alumnos, todos fueron puestos contra la pared con las manos arribas para ser toscamente registrados.

Como los matones no encontraron a Sanmartí, debieron conformarse con ir a buscar al sacerdote Muñárriz que residía en el barrio Tembetary. El religioso apresado en calidad de terrorista alternativo no solo fue capturado con la violencia correspondiente a un peligroso criminal, también le robaron varios miles de guaraníes de la orden.

Sucesos ajenos a la infancia se desarrollaban no muy lejos del problemático colegio, pues un grupo de opositores al régimen de Stroessner habían sido apresados y sufrían apremios físicos durante los consabidos “interrogatorios” de la época. Según las confesiones de los insurgentes, el jefe principal, responsable de la organización “comunista” e instigador de la lucha armada, con especial recomendación de no entregarse prisionero, era el sacerdote jesuita español Miguel Sanmartí García.

Al menos eso creían los batallones de asalto, y también el diario ABC color, que publicó en su tapa la versión proporcionada por el jefe de Investigaciones, Pastor Coronel. El temible jefe de los “chivatos” creyó haber desbaratado a un grupo terrorista, arrancando la “confesión” desesperada a uno de los detenidos antes de asesinarlo en la cámara de torturas.

La falsa información fue publicada en la prensa amiga como una sentencia inapelable, algo que se volvió costumbre para el medio que plasmó esos titulares. Todavía recuerdo las letras catastróficas, acompañadas por la fotografía que me resultaba familiar de uno de los religiosos españoles que administraban mi colegio.

En realidad, ABC estaba haciendo un tremendo ridículo que trascendería fronteras.

La revista española Cambio 16 informó más adelante al diario de Zuccolillo, que el "terrorista" llevaba cinco meses orando en un monasterio de su orden en Barcelona. El sacerdote no tenía vinculación alguna con el grupo insurgente, y había sido mencionado por los torturados precisamente por encontrarse lejos de las garras de aquellos tenebrosos personeros de la dictadura.

No fue ABC, ciertamente, el único en difundir e insistir con la versión “oficial” pues le acompañó toda la prensa oral, escrita y televisiva de aquel tiempo. Pero esa es otra historia.

Valga esta breve e incompleta memoria solo para comprender el modus operandi de ciertos empresarios de la prensa, que se pretenden los únicos creíbles, cuando que su historia está marcada por el más ignominioso colaboracionismo con regímenes totalitarios.
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