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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Aborto; una enfermedad infecciosa

Clemente Ferrer (Madrid)
Redacción
martes, 27 de julio de 2010, 23:49 h (CET)
El 4 de julio, Estados Unidos conmemora su Declaración de Independencia en la que se afirma: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos entre los hombres y los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.”

Sin embargo, en EEUU, el aborto emprendió su despliegue después de que el Tribunal Supremo dictaminara la sentencia “Roe vs. Wade”, en 1973. En los años ochenta, el aumento se mantuvo estable hasta que se llegó al máximo histórico de 1,61 millones de abortos en 1990. Desde entonces, la cifra de abortos ha bajado: en 2004 hubo 1,22 millones de infanticidios.

La nación que lanzó en 1776 su grito de independencia en nombre del derecho de poder abolir gobiernos despóticos y violadores de los derechos fundamentales como son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, convive hoy con el aborto. Con el asesinato de los nonatos

No se pueden obviar los antecedentes del actual presidente de Estados Unidos, en su etapa como senador; ha ido en contra de cualquier restricción del aborto. Estas son algunas de sus decisiones; ha escogido para altos cargos a iniciadores del derecho al aborto; ha anulado la prohibición de apoyar a centros de planificación familiar que facilitan abortos; ha prohibido la subvención a las campañas de adiestramiento sexual que impulsan la abstinencia antes del matrimonio y la fidelidad después de los esponsales.

“Una sociedad abortista se hace inhóspita. Con el tiempo, reinará la tiranía y la arbitrariedad en todos los ambientes. Es como una enfermedad infecciosa que se contagia”, afirmó Jutta Burggraf.

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