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¿Casualidad o destino?

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 27 de julio de 2010, 02:44 h (CET)
Por imposible no voy a relacionar aquí la enorme cantidad de casualidades o sincronicidades absurdas –estadísticamente imposibles- que han dirigido la Historia, pero baste con apuntar el caso de Napoleón-Hitler, Lincoln-Kennedy, Claudio o Franco, y a través de qué circunstancias aparentemente absurdas alcanzaron el poder o qué datos específicos se repitieron machaconamente en sus vidas y las de sus pares, cual si fueran notas de una partitura que les había elegido por protagonistas. A quienes son duchos en temas históricos no es necesario relatarles los pormenores; y a los que no lo son, les recomiendo un buceo recreativo en los océanos de la Historia: sin duda será aleccionadoramente refrescante para pasar estos días de estío.

Lo cierto es que por más que todos estos y otros personajes ansiaron el poder, lo que en verdad les condujo hasta su solio fueron simples casualidades, y, cuando lo alcanzaron, parecieron siervos de ciertos compases que les condujeron directamente al destino que todos conocemos. Da la impresión de que ellos no escribieron ellos la Historia, sino que la Historia les escribió a ellos, al modo y manera como no es el peregrino el que elige al Camino de Santiago, sino que es el Camino el que elige al peregrino. Sin duda, el lector tendrá para sí un buen número de casualidades que han hecho de su propia vida lo que es, sin que la suerte buena o mala haya tenido demasiadas oportunidades de intervenir o aun que su buen o mal hacer hayan sido determinantes en lo que son. Ante todo esto, claro, uno se pregunta si los sucesos están regidos por la casualidad o el destino, acaso visto éste último como una poderosa fórmula matemática, una ecuación que rige el universo hasta en su más mínimos detalles y de la que es imposible escapar, tal y como se está viendo que sucede incluso en la Física Cuántica, en que todo está aparentemente predeterminado.

Todos esos personajes que he referido, y aun los que hoy han alcanzado algún poder de forma tan particular, no han podido sino reflexionar sobre ello, y muchos –si no todos- no han podido evitar caer en la tentación de considerarse predestinados, creyendo no que tuvieran la solución a los problemas que afligían a sus sociedades, sino que ellos eran la solución en sí misma. Los resultados de sus influencias, sin embargo, en casi todos los casos han sido mucho más nefastas que beneficiosas, por más que a sí propios se consideraran iluminados.

A cierta distancia de todo esto, y como hemos sabido recientemente por ciertas declaraciones de los protagonistas que participaron en el suceso, nuestro Presidente fue elegido, cuando menos, de una forma "curiosa" para ser secretario general de su partido, lo cual le condujo, con la participación de otras casualidades del todo imprevisibles (Prestige, atentados 11-M, etc.) a ser lo que es. Que se considere, según sus más allegados, un avatar, la solución a todos los problemas, no deja de tener sus parangones más o menos inmediatos en nuestra Historia reciente, por más que sean de signo contrario: Franco, sin ir más lejos, quien llegó al poder mediante una fórmula parecida de compromiso en Burgos, allá por 1936. El decorado que rodeó cada suceso fue distinto, casi contrario, y hasta tal vez las consecuencias (veremos), pero no lo han sido en cuanto a las casualidades que les encumbraron, ni que el plazo que mediaba entre un hecho casual o no de uno y otro sea siempre de 68 años, desde lo que mediaba entre sus nacimientos, sus inicios de la vida político/militar, sus nombramientos y las fechas en que alcanzaron el máximo poder en España. Curioso, ¿verdad?

La historia de Zapatero, sin embargo, está aún por concluirse, si bien puede afirmarse que su bagaje no es bueno hasta la fecha, en tanto y cuanto ha enfrentado entre sí a todos los segmentos de la población –desde regionales hasta de clase-, ha actuado tan arbitrariamente como su antagonista imponiendo por decreto o a golpe de voluntad personal conductas específicas en la población y es tan completamente autista el uno como el otro, desoyendo el sentir de la ciudadanía en general.

Las casualidades que enfrentan a uno y otro personajes, adempero, son radicalmente contrarias, unidas únicamente por ese factor 68 que mencionaba antes y esa propensión a aplicar su particular horma a los gobernados para imponerles una moral o falta de ella muy concreta. Son, de alguna manera como los dos platos de una balanza que equilibra cíclicamente las desviaciones de la Historia: uno, dictatorial, imponiendo su modo de pensar por las bravas; el otro, aparentemente demócrata, pero imponiendo también sus principios personales. El uno legislando con mano de hierro, imponiendo prohibiciones ridículas o sin sentido y coartando las libertades hasta en los asuntos más triviales; el otro, también. Uno, uniendo a golpe de imposición; el otro, disgregando. Uno, arguyendo coyunturas internacionales para justificar que obraba como obraba; el otro, también. Uno, considerando que todo cuanto de bueno afectaba a España era mérito propio de “su” sistema y cuanto sucedía de malo era por cuestión de complós enemigos ideológicos o extranjeros; el otro, lo mismo. Y el uno encastillado en su visión de que había nacido para conducir a España a la salvación eterna; y el otro, igual, aunque de otra manera y otro destino universal más laico... o lo que sea.

Proyectar estas casualidades en el futuro, de verdad que da un poquitín de pánico. Ojalá que no tengan nada que ver como contrarios necesarios, porque si el uno murió en la cama y en un ambiente que no indujo al enfrentamiento social, ya se pueden imaginar qué pasaría con su opuesto.

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