Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La ruindad del Madrid con Raúl González

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 27 de julio de 2010, 02:37 h (CET)
No soy aficionado al fútbol y mis conocimientos sobre este deporte se pueden considerar rudimentarios. Me gusta, eso sí, ver algunos partidos importantes y disfrutarlos desde el desapasionamiento y la objetividad de aquel que no tiene vendida su alma al diablo del fanatismo futbolero y, por supuesto, como español, veo todos los acontecimientos deportivos, en los que España está representada, cuando me es posible hacerlo. Sin embargo, no puedo dejar de percibir, en esto que se ha dado por denominar “el Deporte Rey”, importantes contradicciones y excesos que hacen que, cada vez más, vaya perdiendo su faceta de deporte de élite para irse convirtiendo. Paulatinamente. en un espectáculo de masas, politizado, mercantilizado al summum y donde quienes son los protagonistas de la función no se mueven, salvo en algunas honrosas excepciones, más que por la cifra del talón que reciben de quien les ha contratado. Si hay algo que me choca en este deporte es que, los “hinchas” de los equipos, aquellos que viven sus peripecias con más intensidad que las de sus propias familias, no obstante, parece no importarles que, para representarles en el campo de juego y defender sus colores, se contrate, a precios astronómicos, a futbolistas extranjeros que se sabe, positivamente, que si vienen a jugar en España, no es por otra razón que la de embolsarse un buen puñado de euros; ya que, de todos es sabido el hecho de que, quizá el nuestro sea el país donde la locura de este deporte mueva más millones de euros y donde, un simple futbolista, con un poco de suerte, se puede hacer millonario en un par de años.

Pero, desde que el perder un partido se ha convertido en algo menos que un luto nacional y la masa de seguidores de los equipos ha pasado de varios miles de personas a cifras capaces de llenar los estadios de fútbol con un aforo de cientos de miles de personas; las directivas de los respectivos equipos en liza han pasado de ser los aficionados de siempre, colaboradores incondicionales, currantes por amor al arte y buscadores de jóvenes promesas entre los jóvenes de la localidad; a transfigurarse en ricachones encorbatados, negociantes conocidos, gestores implacables que, a la vez, arrastran tras de sí a toda una corte de ayudantes, entrenadores, masajistas, relaciones públicas etc.; toda una parafernalia, más propia de una empresa mercantil que de un club de fútbol. Evidentemente, este cambio ha comportado que el deporte se haya convertido en un negocio que ha superado el sistema de los antiguos clubes –donde se cocía todo entre media docena de amigos, que dedicaban su tiempo libre, sin cobrar un chavo, en ocuparse de comprar el equipo para sus jugadores y de fichar a los refuerzos precisos, siempre limitados por unos presupuestos escasos –, para entrar en el modelo actual, donde el mercantilismo ha convertido en sociedades anónimas a las antiguas entidades deportivas sin ánimo de lucro, en las que, sus presidentes, suelen ser personajes importantes, que buscan el poder a través del escaparate de sus equipos que, son, al tiempo, entes deportivos y mascarones de proa del tinglado económico de quien los regenta..

La mercantilización del fútbol, su evidente politización y los miles de millones de euros que la competición hace que se movilicen con motivo de fichajes, primas, sueldos, traspasos, rescisiones, concentraciones, desplazamientos y comisiones ¡éstas que no falten!, han convertido este deporte en algo que supera lo meramente competitivo, lo que debiera ser un juego, donde se gana o se pierde, en un juego de poderes en el que, los resultados, traspasan los límites del estadio en el que se producen, trascendiendo de lo estrictamente deportivo; para incidir en las rivalidades provinciales, si no nacionales; en virtud del fanatismo de algunos, la politización de otros, los intereses pecuniarios de todos los que viven de él. Hoy en día, existe una competición paralela, soterrada si se quiere, pero que convierte los enfrentamientos del Madrid–Barcelonal en algo más que un partido de fútbol; porque, cada encuentro que tiene lugar entre ellos, se convierte en un enfrentamiento entre España y Catalunya; en el que se pone en cuestión, la rivalidad entre el separatismo catalán o el centralismo madrileño.

Quizá por esta necesidad imperiosa de ganar, no hay duda de que la parte sentimental, el apego de los jugadores por la entidad en la que colaboran, el contacto afectivo entre jugadores y directivos y el reconocimiento por la lealtad al equipo y el tiempo que se ha militado en él; han dejado de ser valores a tener en cuenta, para dejar paso a una simple relación comercial, fría y distante, en la que sólo se toma en cuenta el rendimiento inmediato del jugador , sin que los demás factores que integran la relación humana y su lealtad a la entidad, tengan la consideración que debieran a la hora en la el jugador deja de rendir a satisfacción de la directiva o interesa sustituirlo por una nueva estrella aparecida en este variable firmamento del fútbol. Claro que, como contraprestación, la volubilidad de estos súper jugadores corre parejas con la mercantilización de la profesión y, por ello, observamos como los agentes piden verdaderas fortunas por la venta de un jugador y, las cláusulas de rescisión, han entrado en la órbita de lo únicamente imaginable.

En algunos casos, raros de verdad, surge una figura, un crac que, no sólo juega bien al fútbol, sino que se convierte en ejemplo para los demás, se entrega en cada partido, se carga el equipo a la espalda cuan las cosas van mal dadas y desprecia ofertas millonarias, de otros clubes, sólo por fidelidad al equipo en el que ha jugado toda su vida. Rara avis, si señores, en unos tiempos en los que cada cual mira por su conveniencia, sin reparar a los que deja en la cuneta para lograrlo. No obstante, por extraño que pueda parecer la entrega y los sacrificios de esta persona excepcional no tiene su recompensa. Aquí no ocurre como en las películas del oeste en las que el bueno siempre salía ganador; todo al contrario, cuando aparece un jugador como Raúl, este joven que lo ha sido todo para el Real Madrid, en lugar de conservarlo entre gasas, de aprovechar hasta la última esencia de sus virtudes y de recompensarlo con un final de carrera con un premio ad laudem, como ocurrió en el caso de Di Stéfano, que fue nombrado presidente honorario de la entidad blanca y todavía pasea su venerable figura por los acontecimientos relevantes del club madrileño; todo al contrario, el mercantilismo del Presidente, señor Florentino Pérez y el oportunismo del señor Valdano que, con todo su empaque, no ha conseguido nada bueno para el equipo, que lleva un par de años en el dique seco; han llevado a la entidad a tal punto de miseria moral que van a permitir que, uno de los jugadores más carismáticos del Real Madrid, abandone el club por la puerta falsa, viéndose obligado a finalizar su carrera futbolística en un equipo extranjero, sin recibir el reconocimiento de una afición que lo tenía puesto en un pedestal, como si su paso por el club blanco hubiera sido sólo un trámite administrativo que se sella con un tampón con la impresión de “amortizado para el desguace”

Hechos tan miserables como este, cometido con una persona tan fiel como Raúl González Blanco, que ha aceptado el arreglo que le han propuesto, sin protestar y, aunque se le ha confinado al banquillo durante todo un año, y se le ha negado el justo homenaje que se le debe; continúa siéndole fiel al Madrid, demostrando ser una persona merecedora de todo el reconocimiento de un afición que, sin embargo, lo deja marchar sin levantar un dedo para evitar semejante ignominia. Sic transit gloria mundi.

Noticias relacionadas

Cataluña sigue en la cuerda floja. El separatismo sigue vivo

Seguimos pensando que la situación catalana está muy lejos de solucionarse

En un mundo de fugitivos

Es asombroso observar que esta humanidad globalizada todavía no sepa vivir armónicamente

La campaña contra la violencia de género

No parece que esté teniendo mucho éxito: siguen muriendo mujeres

Noticias que impactan...

O ya no

Marta Rovira, feminista, lenguaraz, embustera y manipuladora

"Hay un límite donde la tolerancia deja de ser virtud” B. Burke
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris