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Etiquetas:   Mujeres del Siglo XXI   -   Sección:   Opinión

A mí me suena el run run

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
martes, 27 de julio de 2010, 02:34 h (CET)
Desde mis comienzos en este mundillo de la comunicación suelo presentarme como madre, maestra y periodista. Tres profesiones muy semejantes, y que exigen muchas horas de información veraz y objetiva, de formación humana y espiritual continuada, y de entretenimiento desinteresado al servicio de los que te rodean. Todo ello, aderezado con mucha dedicación, firmeza, y justicia; y por supuesto, con grandes dosis de sentido del humor, comprensión y cariño para no desfallecer en el intento de recoger “a largo plazo” los frutos, ya sean positivos o negativos.

Por ello, y como muchos de nosotros estamos ya con “cuerpo de vacaciones”, quiero aprovechar esta columna para dar unas pequeñas pinceladas a varios temas que, como madre, maestra y periodista, desde este rincón de veraneo, como dice la canción: “a mí me suena el run run”.

El primero, una pequeña reflexión sobre la responsabilidad que tenemos en la defensa de los grandes valores que dan sentido a la persona, y que según los datos del estudio "Valores sociales y drogas 2010", realizado por la FAD, la Obra Social Caja Madrid y la delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, parece que hemos abandonado a su suerte, rindiéndonos a una metamorfosis de juvenilización. Es decir, tendencias atribuidas, y muchas veces reprochadas, a los jóvenes como “vivir sin pensar en el mañana”, “arriesgarse por cosas nuevas”, o “disponer de mucho tiempo de ocio” , se han convertido en una forma de ser y actuar para la gran mayoría de la población adulta.

Es más, a pocos sorprende comprobar cómo en tan solo 10 años la crisis moral en la que estamos inmersos, ha ido adulterando, sin el más mínimo pudor y recato, una serie de valores éticos y morales - razón de ser de la dignidad y el respeto del ser humano-, por otros conceptos, más subjetivos, y por tanto, más confusos, que nublan nuestras capacidades para descubrir una moral mínima compartida por todos, a pesar de la edad, el estatus social, la preparación académica, y/o el pluralismo de ideologías.

De hecho, si nos atenemos a la clasificación de la sociedad española de 15 a 64 años, que consta en el informe, se podría dividir en:

1.“egoístas militantes” (21,5%) que justifican su comportamiento, como mentir en provecho propio, robar en tiendas, hacer contratos injustos a los inmigrantes o trampear con las responsabilidades laborales.

2. “trasgresores, desde el rupturismo sin alternativas” (16,2%), que destacan por su desprecio confesado por las normas sociales y por una cierta confrontación con el modelo consensuado de convivencia.

3. el “asocial, desde el desprecio al otro” (14,8%) que se dice totalmente despreocupados por lo que pase fuera de su círculo más íntimo, y son vistos como consumistas, egoístas y poco responsables.

4.Y por último, el grupo al que considero más peligroso de todos, puesto que es fruto del materialismo económico, el hedonismo, el relativismo y el utilitarismo, que impera en nuestra sociedad.: el “ciudadano integrado” (47,5%), que ha asumido “las exigencias y posturas que nuestra sociedad plantea como condición formal de cómo deben ser las cosas”. Incluso si para ello hay que recurrir a un vocabulario confuso sobre la familia y las relaciones familiares que hace que nos engañemos con más facilidad (las relaciones homosexuales cuentan con la aprobación del 44% de la sociedad española), o nos instalemos en una cultura que desprecia el valor de una vida (60% de la población que considera admisible la eutanasia, el 54% que admite una total libertad para abortar y 20% justifica el suicidio).

“Así son las cosas y así se las hemos contado”, como dice un famoso presentador de informativos de televisión.

Lo que me lleva al segundo “runrún”. ¿Cómo reclamar a padres, profesores, instituciones públicas y privadas, medios de comunicación, etc., una educación en valores que ayude a redescubrir el único camino que nos llevará a la felicidad personal y comunitaria?

¿Qué debemos hacer cada uno de nosotros para formar y orientar las capacidades intelectuales y morales de niños, adolescentes, jóvenes y adultos en “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio” (Flp 4, 8)?

¿Tan difícil resulta hacer entender que el amor y los valores, vividos en el ambiente de familia, en la educación, en el trabajo bien hecho y en el descanso, en la cultura y en las relaciones sociales; a pesar de jugar muchas veces al escondite, es el mejor antídoto para el suicidio moral de nuestro tiempo?

¿No será que nos dejamos arrastrar por el pesimismo y la indiferencia, y no ponemos en marcha nuestra capacidad de cautivar a los que nos rodean con mensajes atractivos y fáciles de entender, llenos de optimismo, amor y esperanza?

No es tarea fácil y lo sabemos. Pero, “si la escalera no está apoyada en la pared correcta, cada peldaño que subimos es un paso más hacia un lugar equivocado”, como dijo Stephen Covey. ¡Qué importante decisión!

Y por último, como madre “disfrutona” de hijos adolescentes, y que “runrunea” sobre cómo realizar una buena tarea -constante, firme, y sin complejos- en este oficio de educar mejor a sus hijos, no puedo dejar de compartir con ustedes un pequeño texto de Roberto Candelori, rescatado de internet, al que he titulado “Bendita culpa”. Estoy segura que a muchos de ustedes, como me ha ocurrido a mí al leerlo, recordaran aquellas palabras de la Sagrada Escritura: “El que ama a su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2)
Dice así:
Un día, cuando mis hijos estén lo suficientemente crecidos para entender la lógica que motiva a los padres y madres, yo habré de decirles:

• Los amé lo suficiente como para haberles preguntado a dónde iban, con quién iban y a qué hora regresarían.

• Los amé lo suficiente para no haberme quedado callado y para hacerles saber, aunque no les gustara, que aquél nuevo amigo no era buena compañía.

• Los amé lo suficiente para hacerles pagar las golosinas que tomaron del supermercado o las revistas del expendio, y hacerles decir al dueño: Nosotros nos llevamos esto ayer y queremos pagarlo.

• Los amé lo suficiente como para haber permanecido de pie dos horas, junto a ustedes, mientras limpiaban su cuarto, tarea que yo habría hecho en 15 minutos.

• Los amé lo suficiente para dejarles ver además del amor que sentía por ustedes, la decepción y también las lágrimas en mis ojos.

• Los amé lo suficiente para dejarlos asumir la responsabilidad de sus acciones, aún cuando las penalidades eran tan duras que me partían el corazón.

• Y ante todo, los amé lo suficiente para decirles NO, cuando sabía que ustedes podrían odiarme por eso (y en algunos momentos sé que me odiaron).

• Ésas eran las batallas más difíciles de todas. Estoy contento, vencí… porque al final ustedes ganaron también!

• Y cualquiera de estos días, cuando mis nietos hayan crecido lo suficiente para entender la lógica que motiva a los padres y madres, cuando ellos les pregunten si sus padres eran malos, mis hijos les dirán: “Sí, nuestros padres eran malos.

Eran los padres más malos del mundo… Los otros chicos comían golosinas en el desayuno y nosotros teníamos que comer cereales, huevos y tostadas.”

“Los otros chicos bebían gaseosas y comían papas fritas y helados en el almuerzo y nosotros teníamos que comer arroz, carne, verduras y frutas.”

“Mamá y Papa tenía que saber quiénes eran nuestros amigos y qué hacíamos con ellos.”

“Insistían en que le dijéramos con quién íbamos a salir, aunque demoráramos apenas una hora o menos. Ellos nos insistían siempre para que le dijéramos siempre la verdad y nada más que la verdad.”

“Y cuando éramos adolescentes, no sé cómo, hasta conseguían leernos el pensamiento.” ¡Nuestra vida sí que era pesada!

“que nuestros amigos nos tocaran el claxon para que saliéramos; tenían que bajar, tocar la puerta y entrar para que ella los conociera.”

“A los 12 años, todos podían volver tarde por la noche, nosotros tuvimos que esperar como hasta los 16 para poder hacerlo, y aquellos pesados se levantaban para saber si la fiesta había estado buena (sólo para ver en qué estado nos encontrábamos al volver).”

“Por culpa de nuestros padres, nos perdimos inmensas experiencias en la adolescencia. Ninguno de nosotros estuvo envuelto en problema de drogas, robos, actos de vandalismo, violación de propiedad, ni estuvimos presos por ningún crimen”. ¡TODO FUE CULPA DE ELLOS!”

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