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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

Se autoexcluyen

Pascual Mogica
Pascual Mogica
martes, 27 de julio de 2010, 02:34 h (CET)
Obvio es decir que en un Estado de Derecho, en una Democracia, no se puede excluir a nadie por sus ideas políticas, religiosas, por su derecho a opinar libremente sin dañar la imagen de los demás y tampoco por expresar libremente sus pensamientos, entre otros. En un Estado de Derecho, en una Democracia, los que únicamente no tienen cabida son los que quieren imponerse empleando métodos violentos.

Pero hay algunos políticos que con su actitud, con su forma de expresarse y de hacer, se autoexcluyen ellos mismos. Es el caso del vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons. Este personaje tiene un historial de intervenciones públicas de muy mal gusto por como acostumbra a decir las cosas sobre sus adversarios políticos que más que hacerle daño a estos lo que provoca es que el que las hace públicas, en esta caso González Pons, haga el más espantoso de los ridículos. Recordemos aquello de la “sandía verde por fuera y roja por dentro” toda una lección sobre horticultura. O aquello otro de el “Gobierno está atomatado y hace chup-chup” lo que en su día supuso el que diera a conocer su amplio y rico vocabulario.

Estoy totalmente de acuerdo cuando desde el PP se critican las medidas que en cada momento se dictan desde el Gobierno tratándolas de “insuficientes” y “tardías”. Esto es muy normal en una oposición que actúa según los cánones políticos. La oposición debe mostrarse siempre inconformista, sin que ello quiera decir que no debe aportar sus ideas como alternativa a esas críticas. Criticar es muy fácil. Gobernar es más complicado. ¿Pero qué es lo que se está haciendo desde el PP? Que confunden el inconformismo con la intolerancia y ahí es donde pierden toda la razón que más o menos puedan tener en cada una de sus manifestaciones a la hora de plantear sus críticas. Un buen ejemplo de ello son las recientes declaraciones de Esteban González Pons, culpando al ministro de Fomento, José Blanco, de lo que está sucediendo con los controladores aéreos. Decía Pedro J. Ramírez, en su videoblog que “no todo vale en política” al mismo tiempo que se preguntaba: “¿Qué hubiéramos hecho si el Gobierno y el PSOE se hubieran puesto del lado de los huelguistas salvajes del Metro (de Madrid) para fastidiar a Esperanza Aguirre?” Pero claro una cosa es el respeto a la realidad de las cosas, como practican desde el Gobierno y el PSOE, y otra ese “todo vale” que ha adoptado el PP con tal de intentar poner en la Moncloa a ese líder que tan devaluado sale en las encuestas y de ahí que no haya más remedio que recurrir a todo.

Sin pretender ser excluyente debo decir que, en mi opinión, en la escena política la gente de la “talla” política del histriónico González Pons, sobra. Su pedagogía no hace ningún bien a nadie.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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