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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

El gran parón de los niveles de contratación

Robert J. Samuelson
Robert J. Samuelson
martes, 27 de julio de 2010, 02:31 h (CET)
WASHINGTON - A juzgar por los beneficios corporativos, deberíamos disfrutar de una contundente recuperación económica. El acusado descenso de los beneficios registrado durante la recesión rondó el tercio, la peor caída al parecer desde la Segunda Guerra Mundial. Pero cada jornada trae noticias de avances. Durante el segundo trimestre, los beneficios de IBM aumentaron un 9,1 por ciento con respecto al ejercicio anterior. Los datos que maneja la administración hasta el primer trimestre (el más reciente disponible) muestran que los beneficios han recuperado el 87 por ciento de lo que se dejaron en la recesión. Cuando se tabulen los datos relativos al segundo trimestre, los beneficios pueden superar su máximo anterior.

El repunte de la rentabilidad habría de ser un buen vaticinio. Libera a las compañías de ser más agresivas. Ellas tienen enormes reservas de capital inmovilizadas: un récord de 838.000 millones de dólares en el caso de las empresas del industriales 500 del Standard & Poor's (empresas como Apple, Boeing o Caterpillar) a finales de marzo, un 26 por ciento más que el año anterior. "Tienen los recursos para hacer lo que quieran - ampliar la plantilla; realizar nuevas inversiones; elevar los dividendos; realizar fusiones y adquisiciones", dice Howard Silverblatt, de S & P. Históricamente, los márgenes de beneficio más altos conducen a un mayor empleo, dice Mark Zandi, de Moody's Economy.com. Menos en el caso de las pequeñas tecnológicas, las empresas que registran pérdidas no generan muchos nuevos puestos de trabajo.

Hasta el momento, nada de esto explica la realidad. El contraste entre los beneficios recuperados y el minúsculo crecimiento del empleo es impresionante. De finales de 2007 a finales de 2009, las plantillas perdieron casi 8,4 millones de contratos indefinidos. Desde entonces, la economía ha recuperado un escaso 11 por ciento de los empleos perdidos. Las empresas van mucho mejor que los trabajadores; eso define a la economía actual.

La explicación más evidente es que la relación entre mano de obra y capital (con permiso del vocabulario marxista) ha cambiado. El capital se ha fortalecido; la mano de obra se ha debilitado. El economista de la Northwestern Robert J. Gordon afirma que "el cambio en la remuneración de los directivos en favor de un uso mucho más extendido de las opciones sobre acciones" ha convertido a los gerentes en limitadores del gasto más entusiastas en período de recesión y en contratadores más reacios en las recuperaciones. La apertura de expedientes de regulación es la forma más rápida de volver a los beneficios y, de ahí, a recuperar la cotización de las acciones de la empresa.

En un nuevo estudio, Gordon remonta a la década de los 80 el cambio de pautas de la economía. Hasta entonces, las empresas tendían a proteger a los profesionales del sector en plantilla, y el paro seguía el camino previsto por el economista Arthur Okun en un famoso ensayo de 1962. Pero ahora el paro desborda la fórmula de Okun, y "la recuperación sin creación de empleo" se ha convertido en la norma. Después de la recesión de 1990-91, el crecimiento constante del empleo no se reanudó hasta transcurrir aproximadamente un año; el retraso tras la recesión de 2001 fue de casi dos. (La Oficina Nacional de Investigación Económica, un grupo compuesto de economistas, determina el final de las recesiones normalmente cuando el tamaño de la economía empieza a expandirse. El crecimiento del empleo no coincide de forma automática con la expansión de la producción. La diferencia se justifica en función de los avances en la productividad -- mayor eficiencia, o más producción por trabajador. La Oficina no ha declarado aún el final de la última recesión, aunque la economía empezó a expandirse en el verano de 2009).

Al margen de las opciones sobre acciones de los directivos, Gordon cita como venenos del contrato colectivo de los trabajadores unos sindicatos más débiles y una mayor competencia por parte tanto de las importaciones como de los inmigrantes. La historia también pesa. La dura recesión de 1981-82 amenazó la supervivencia de muchas empresas. La experiencia cercana a la quiebra hizo que los directivos se abrieran más a la apertura de expedientes de regulación más importantes. Lo que empezó siendo el último recurso se convirtió lentamente en rutina. También se produjo un relevo generacional. Los consejeros delegados de la era de la depresión, muy sensibles a la inseguridad laboral, se jubilaron. Los ejecutivos más jóvenes estaban más preocupados por los desafíos a la competitividad y las absorciones corporativas.

En perspectiva, los masivos despidos de 2008 y 2009 no debieron sorprender a nadie. "Con el colapso del sistema financiero", afirma la economista Lynn Reaser, de la Point Loma Nazarene University de San Diego, "las empresas tuvieron que conservar liquidez desesperadamente, (porque) no podían depender de la financiación externa". De manera que recortaron plantilla, inventarios y proyectos de inversión nuevos (ordenadores, maquinaria, fábricas) de forma drástica. Durante el cuarto trimestre de 2008 y el primero y segundo de 2009, la inversión privada cayó a ritmos anuales del 24, el 50 y el 24%. No había ocurrido nada así por lo menos desde finales de la década de los años 40, apunta Gordon.

"Las empresas no pueden volver a la rentabilidad constante a base de recortes", dice Zandi. "Con el tiempo, tienen que generar el crecimiento de los ingresos que exige la inversión y la contratación". Existen algunas señales favorables. Las empresas parecen haber incrementado la renovación del equipo informático anticuado; esto podría crear empleo nuevo. General Electric afirma que su presupuesto de investigación y desarrollo de 2009 en los 3.300 millones de dólares creció un 18% desde 2006, y está financiando nuevos productos, desde baterías a películas solares.

Pero no está claro que la élite corporativa tan traumatizada por la crisis no haya adoptado una mentalidad de búnker. Eso, en la misma medida que la incertidumbre en torno a las políticas de la administración Obama, podría ser terrible. Lo que podría atraer a empresas individuales -- armonizar gastos para maximizar la rentabilidad, contener liquidez como protección frente a futuras crisis financieras, aplazar la contratación hasta que las ventas mejoren -- podría, si es adoptado por la mayoría de las empresas, sabotear una recuperación más fuerte. Si la mano de obra se acobarda y el capital es demasiado cauto, la economía por fuerza se resiente.

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Esta columna será publicada en Newsweek.

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