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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La fama lo arregla todo

Ruth Marcus
Ruth Marcus
sábado, 24 de julio de 2010, 10:53 h (CET)
WASHINGTON -- Debo una disculpa a Sarah Palin.

Hace dos años, cuando se conoció la noticia del embarazo de su hija, critiqué a la candidata vicepresidencial recién elegida por hacer a su hija un terrible servicio. La aparente falta de preocupación por la privacidad de Bristol mostrada por Palin sacó, aunque yo no sabía que la tuviera en aquella época, mi Mamá Osa interior.

"Lo primero que pensé al conocer la noticia fue: ¿En qué está pensando Sarah Palin?" escribí por entonces. "Suponiendo que, como dice la campaña, ella conocía el embarazo de su hija de 17 años y que informó a (John) McCain de antemano, ¿cómo expone a su hija a la atención inevitable que conlleva la candidatura vicepresidencial de Palin?"

Qué inocente fui.

La fracasada candidatura de Palin y su ascenso a la categoría de celebridad política fueron, , al parecer, lo mejor que les podría pasar a Bristol Palin y Levi Johnston.

Al reconocer el embarazo de Bristol, Palin suplicaba a los medios "respetad la privacidad de nuestra hija y de Levi como ha sido siempre la tradición con los hijos de los candidatos".

Qué inocente por su parte.

Fuera la tradición. Fuera la privacidad. En nuestra cultura obsesionada con los famosos, Bristol y Levi se imaginaron rápidamente lo que tanto Sarah como yo no entendimos: el embarazo fuera del matrimonio de Bristol no era ningún motivo de vergüenza. Era su oportunidad de marketing.

Piense en ello. Una madre soltera adolescente con un graduado. Un padre que colgó los libros en el último año del instituto. No son los requisitos de una situación económica estable.

Si Sarah hubiera seguido mi consejo y hubiera dicho a McCain "gracias, pero no, gracias" con la candidatura a la vicepresidencia -- como ella dijo haber dicho con la financiación federal del puente a ninguna parte -- Bristol no hubiera tenido ningún futuro. Tampoco Levi.

En lugar de eso, Palin hizo a Bristol y a su novio un lucrativo e involuntario favor. Bristol se convirtió en el embajador retribuido de la abstinencia de la Candie's Foundation, que trabaja para evitar el embarazo adolescente. Firmó un contrato con una empresa de relaciones públicas para predicar el evangelio de la abstinencia -- con unos emolumentos de entre 15.000 y 30.000 dólares la aparición pública. Hizo una aparición estelar en el programa de ABC Family "La vida secreta del adolescente estadounidense". Posó para Harper's Bazaar vestida de Carolina Herrera e Isaac Mizrahi.

Levi también se subió al carro. Salió hasta en la sopa (Playgirl), declaró de todo (Vanity Fair), se retractó de parte. Hizo un anuncio de pistachos junto a un guardaespaldas abriendo uno con la voz impresa de, "Ahora Levi Johnston lo hace con protección". Eso es tener clase.

Y entonces, igual que la infeliz pareja ha hecho caja de su ruptura, la recién -- y mucho me temo que temporalmente -- reconciliada pareja hacía caja de su retorno. Se anunció en la portada de Us Weekly, rematado con los planes de boda de Bristol, vestida de blanco, y Levi y el pequeño Tripp de camuflaje a juego. The New York Post estimaba que la pareja recibió 100.000 dólares; Us Weekly lo niega. Mientras tanto, se rumorea que están considerando hacer un reality televisivo.

Bristol y Levi representan al matrimonio perfecto y bien avenido entre la política entendida como entretenimiento frívolo y la cultura de famosos de baja categoría. Otros vástagos políticos han cultivado conexiones y fama con las que prosperar fuera del negocio familiar -- pero en empleos reales, o al menos nominalmente reales. Piense en Reagan Jr. como presentador televisivo o George W. Bush como propietario de un equipo de béisbol. Otros parientes y parásitos políticos han explotado su proximidad al escándalo político. Recuerde a Jenny Sanford como cronista, o a Andrew Young, cuyo éxito de ventas fruto de ser el chismoso de John Edwards se traslada dentro de poco a la gran pantalla.

Bristol y Levi lograron maridar estas dos corrientes de oportunismo. Ellos comercian con el parentesco sin la molestia de realizar un trabajo real al mismo tiempo que se lucran de su mal gusto, no de los sórdidos errores de los directores. Un reality será la suma perfecta: "Con Bristol y Levi basta", quizá, o "Mujeres desesperadas de Wasilla".

Hace casi 50 años, en su profética obra "La foto: guía de la vida pseudo-social de América", el historiador Daniel J. Boorstin lamentaba que "la maquinaria de la información haya dado vida a un nuevo sucedáneo del héroe, que es el famoso, y cuyo principal rasgo es vender cualquier cosa para ser famoso. En una democracia de pseudo-actos, cualquiera puede ser famoso con tal de poder colarse en la actualidad y permanecer allí".

Boorstin no podría haberse imaginado que las cosas llegarían al extremo de Bristol, Levi y el encantador Tripp, pero reconocería las fuerzas que los crearon. Esta desagradable y descarada empresa tiene algo inconfundiblemente estadounidense.

En cuanto a Sarah Palin, la Mamá Osa se hizo cargo del osezno después de todo. Retiro mis críticas anteriores.

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