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Nazionalismos

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 21 de julio de 2010, 22:17 h (CET)
En una de mis novelas apuntaba a que nacionalismo era una palabra que debía escribirse con z, debido al nefasto costo en sangre que históricamente ha tenido. En el orden de vasos comunicantes en que han venido a dar las diferentes culturas de nuestro pequeño mundo, queda claro que las diferencias entre los pueblos pertenecen más al folclore que a señas de identidad que han quedado reducidas a ciertos tópicos domésticos. La información es ya global, y sabemos lo que sucede en cualquier esquina del planeta prácticamente en tiempo real, de modo semejante a como prácticamente todas las actividades humanas son ya globales: un escritor aspira a publicar ya no sólo en su idioma, sino en todas las lenguas; una empresa ansía comercializar sus productos no sólo en su región, sino en todo el mundo; y así con todo.

Que estemos de acuerdo o no con la fórmula que se aplique para conseguir esa inevitable concurrencia de todos los hombres y sus culturas en una única identidad, es otra cosa; pero la práctica totalidad de los habitantes del planeta que tienen formación coinciden en que este suceso se corresponde taz a taz con un destino ineludible. Lo que llama la atención, así las cosas, especialmente en esta etapa en que se ha comenzado la andadura hacia ese destino universal de la especie, es que haya algunos que quieran dar marcha atrás al reloj de la Historia y encastillarse en recintos decimonónicos o carpetovetónicos, retrotrayéndose a épicas caducas, cuando no invocando derechos de layetanos, indigetes, serones o ilergetes. Los relojes, sin embargo, no tienen marcha atrás.

Desestimadas por evidentemente absurdas las causas mayores como la opresión de la mayoría o el legítimo interés de preservar lo que nadie ataca o ningunea, la cosa es todavía más grave, llegándose a la paradoja de que en la situación actual es más frecuente el racismo purista de la minoría hacia la mayoría que la viceversa. El mundo del revés, como aquél que dice. Y tan es un mundo del revés que, con harta frecuencia, tal y como sucede actualmente en España, son las minorías separatistas o soberanistas las que definen la gobernabilidad del país del que quieren desgajarse…, aun contra los intereses del partido gobernante en esas mismas regiones, el cual curiosamente viste los mismos colores que el del Gobierno Central. Quien lo entienda, que lo explique.

La modernidad otrora progresista, finiquitados los credos e ismos que los movieron, tienen una empanada de padre y muy señor mío, pues que si bien estas actitudes de compra de apoyos benefician a quienes siendo minorías pueden obtener ventaja con su travestismo, a quienes gobiernan un país obviamente les debiera perjudicar que sus respaldos provengan de quienes quieren abandonar el barco. Es esto, precisamente, lo que está favoreciendo la ingobernabilidad de España, lo que ya en épocas pasadas creó sucesivas guerras civiles (el Sexenio Revolucionario) que derivó en un crudelísima Guerra Civil cuyas heridas aún sangran, y lo que ha impedido que España pueda avanzar con un paso único, creando tal matalotaje de intereses espurios que nadie sabe dónde y hacia qué se anda.

No sé si en la actual tesitura –en el hoy y ahora- es posible o no un enfrentamiento como los que tan prolíficamente jalonan nuestra Historia; pero hay cuestiones que no vencen ni caducan, y, si bien hoy pudiera no ser posible, nadie puede jurar sobre sagrado si lo será mañana. Por otra parte, habida cuenta de la economía de guerra que se implantó en Occidente tras la II Guerra Mundial, obteniendo todas las potencias pingües beneficios de la proliferación exacerbada de las Guerras de Barrio, quién sabe si es que quienes juegan al palé económico mundial han decidido que la ha llegado el turno a tan cacareada balcanización española, ya argüida allá por cuando la II República precisamente por el PSOE, cuando el PSOE pensaba de otra manera de entre las muchas que ha defendido.

Comenzaba el artículo con una frase entresacada de una de mis novelas, y termino con otra de otra novela que relata nuestra dubitativa, si no errática, Transición: las Autonomías son, sin duda, el mayor error histórico que pudimos cometer.

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