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Etiquetas:   Presos de la libertad   -   Sección:   Opinión

Huelgas

Eduardo Cassano
Eduardo Cassano
@EduardoCassano
miércoles, 21 de julio de 2010, 22:16 h (CET)
Hay cosas que nunca cambian a lo largo de cada mes del año: durante los últimos meses se produce el mayor gasto en consumo personal (regalos de Navidad, cenas y caprichos varios) y es en los primeros meses del siguiente año cuando toca pagar las tarjetas de crédito. Enseguida toca reservar las vacaciones de Semana Santa –o puentes varios- para darse un respiro antes de las vacaciones de verano; unas vacaciones que, por cierto, ya se pueden reservar desde abril con las indecentes ofertas 2x1 (por aquello de la publicidad engañosa). Total, que sin darnos cuenta cada mes tenemos una ilusión para sobrellevar nuestras vidas, que por supuesto conlleva un gasto.

Es posible que por culpa de eso cada mes de septiembre sea un mes muy bueno para un sector y muy malo para otro; mientras los abogados hacen su particular agosto, gracias a las demandas de divorcio (otro clásico que nunca cambia, y cuyo aumento ya es del 200%), al sector del comercio le toca esperar hasta que la gente se ponga a derrochar ante la víspera de Navidades. Y vuelta a empezar un año más.

Pero si hay un verdadero clásico, algo que no cambia ningún año –ni parece que cambiará, son las huelgas de verano; cuando no es de los trabajadores de Iberia, es de los controladores aéreos, los pilotos, aerolíneas en quiebra, o como acaba de anunciar el sindicato CGT, de Renfe en plena operación salida de agosto. Y cada año más personas que tratan de disfrutar –como pueden, y como les dejan- de unas merecidas vacaciones son las perjudicadas, para que al final unos trabajadores que en muchos casos triplican el sueldo de estas personas perjudicadas ganen todavía más dinero a su costa.

En pocas semanas hemos sido testigos de la huelga más salvaje que recuerdo, la del metro de Madrid, que ha interrumpido la rutina de toda una gran ciudad. Me pregunto cuándo llegará el día en que seamos nosotros, los que históricamente somos los únicos perjudicados, los que nos declaremos en huelga. De algún modo, el que sea, pero no acabo de comprender cómo seguimos pagando religiosamente las constantes subidas de cualquier transporte, para que al final acabe en el bolsillo de las personas que poco después nos perjudican gravemente.

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