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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Violencia contagiosa

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
miércoles, 21 de julio de 2010, 22:16 h (CET)
La realidad es gris por más que uno quiera ponerla verde. Creo que nos hace falta una cura de reposo obligatorio para ganarles el corazón a los bárbaros, que parecen estar injertados por la energía del ojo por ojo. Conseguir una cultura de paz, tolerancia, comprensión y no violencia, requiere primero abrasar a los mala uva, atormentarles, desesperarlos, y establecer al tiempo, en todos los planes de la vida, un cultivo de brazos abiertos y un corazón desprendido.

Se contagia la violencia de género. Hombres contra mujeres, mujeres contra hombres. Todos en pie de guerra. Pierden siempre los más débiles, porque a parte de ser frágiles, el auxilio de los fuertes suele llegar tarde, mal y nunca. Todos decimos que apestan los violentos, que el odio y la venganza les envenena, que son millones, pero lo son porque también son fruto de esta sociedad que suele mirar hacia otro lado, permisiva con la intimidación, hasta el extremo que el terror, y no la paz, es lo que gobierna en muchos lugares del mundo.

Hoy mismo me acaba de comunicar un poeta, de los de verso en alma, lo malo que es ser bueno. En cualquier esquina te muelen a golpes y luego, el pueblo, se lava las manos. No se puede educar a las personas en el respeto y en la estima recíproca, cuando en la cúspide de los poderes de los Estados nadie considera a nadie, produciéndose muchas veces a la sombra de las misiones de paz, explotaciones sexuales y abusos bestiales.

También se habla de promover la cultura del diálogo, para que aumenten la comprensión y la confianza mutuas entre las personas y entre los pueblos. Sin embargo, los prejuicios del pasado y del presente, los abusos en el cuerpo a cuerpo, el fanatismo, la intolerancia, parece haber tomado el destino en la humanidad, donde se trota como locos. Consecuencia de esta locura es la especie de animales, la casta de violadores de la ternura, dispuestos a gozarse con la violencia, despreciando al ser humano, riéndose de la inocencia, llegando a tomar la furia como divertimento y la sangre como lección. ¡Qué mundo!

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