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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Catalunya se subleva! ZP, ¿cooperará?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 21 de julio de 2010, 00:24 h (CET)
Sólo los más cándidos o los más interesados en disimularlo podían haber esperado que el Tripartito catalán se quedara de brazos cruzados y se sujetara a la sentencia del TC. Daba igual que la resolución hubiera modificado uno o dos artículos o lo hubiera declarado del todo inconstitucional (que es lo que a mi modesto criterio debiera haber hecho si no estuviera tan politizado); siempre hubieran encontrado un motivo para protestar, procurar reclutar prosélitos y lanzar diatribas en contra de España, los españoles y la Justicia. Como era de esperar, de este personajillo de tan pocas luces que está al frente de la Generalitat catalana, inhabilitado por su falta sentido común, inteligencia, preparación, habilidad y responsabilidad para ocupar un cargo de una región tan díscola, pagada de si misma y de natural revolucionario como es Catalunya; no ha tenido el tino de dominar la situación o no ha querido. La izquierda siempre ha sido fuerte en esta autonomía y, la derecha; ante el peligro de quedar descolocada por los partidos nacionalistas; siempre ha querido ocupar la primera línea en cuanto a posicionarse en el lugar más extremo del nacionalismo catalán. No parece que tanto Montilla como la derecha catalana, representada por CIU se aperciban del peligro de que, si se consiguiera la independencia, tanto el uno como los otros tendrían pocas probabilidades de manejar el cotarro. Quizá no se hayan apercibido de que las izquierdas, se valen de ellos para conseguir sus propios objetivos que están centrados en convertir a Catalunya en una república democrática semejante a las repúblicas bananeras del sur del continente americano.

Lo cierto es que, la incompetencia del señor ZP, su falta de sentido de Estado, su sectarismo de izquierdista trasnochado y resabiado, y su pecado capital, su egolatría elevada a la enésima potencia, le han impedido aceptar consejos de quienes le podrían haber ahorrado, si les hubiera escuchado, muchas de sus más flagrantes meteduras de pata que tanto ha prodigado, durante su mandato. Esta improvisación, el no medir los efectos de unas palabras dichas en un momento de euforia o el no callar a tiempo, han sido la causa de importantes yerros; como ocurrió en Washington, en la reunión de mandatarios para tratar de la crisis mundial; o sus fanfarronadas poco antes de acceder a la presidencia de la UE o, como no, cuando, para conseguir el voto catalán que le permitiera acceder al gobierno de España, tuvo la simpleza, la falta de sentido común y el error monumental de decirles a los políticos catalanes que aceptaría el modelo de Estatuto que le presentaran. Inmediatamente le cogieron la palabra y no perdieron tiempo en ponerse a redactar su propia Constitución; como la que los EE.UU de América, después de conseguir su independencia de Inglaterra, el 4 de julio de 1776, se dieron a si mismos en 1.778. Porque señores lo que sí es evidente es que, lo que hicieron los políticos catalanes con su Estatuto no fue más que poner la primera piedra para conseguir el autogobierno de la región, una verdadera Constitución propia adaptada a sus aspiraciones más utópicas, con la esperanza de poder, en un periodo breve de tiempo, conseguir la independencia de España. No son todos los catalanes, por supuesto, pero sí aquellas minorías influyentes que, desde detrás de las bambalinas, llevan los hilos de esta trama que busca el poder a través de la independencia de la autonomía catalana. Estos que, perseverando en busca de su objetivo, han conseguido crear un ambiente de descontento y victimismo, a base de acusar al Estado español de aprovecharse de Catalunya; de exigirle una solidaridad que no considera que la favorezca, de marginarlo en las inversiones estatales y de no darle todo el espacio de libertad para decidir sobre su destino que, por supuesto, no admite que sea el mismo que el resto de los españoles del resto de autonomías.

Claro que no todo se reduce a buscar soberanía, sino que, previamente, han de sangrar al resto de España. Desde que Zapatero les ofreció aceptar el Estatuto que quisieran, no han dejado de incordiar, pedir subvenciones, reclamar más ayudas e infraestructuras, obstaculizar, por todos los medios, la enseñanza del español, prohibir a los comercios rotular en castellano, conscientes de que estaban infringiendo la Constitución española y, a la vez, poniendo a prueba la firmeza del Gobierno central y del propio Estado de Derecho. Han abierto “embajadas” fuera de España y han pedido selecciones nacionales propias, todo ello con el único objeto de tensar la cuerda al máximo, aprovechándose de la debilidad del gobierno socialista que, desde hace años, viene gobernando a precario, puesto que sabe que depende del voto catalán y vasco para poder seguir en el poder. Observen el gran interés que vienen poniendo en el tema del Corredor Mediterráneo, ese proyecto que, para ellos, sería fundamental en el caso de que obtuvieran la independencia; permitiéndoles una ruta asegurada para la exportación de sus mercancías.

Ahora, sorprendidos de su propio éxito, han elevado el listón reivindicativo y han avanzado en la insumisión contra las instituciones de la nación. En este caso se trata de minar la influencia del TC, como garante último de que, todas las leyes y demás normas que emanen de las instituciones legislativas de la nación, se ajusten a los preceptos constitucionales. La sentencia del TC que recoge la ilegalidad de 15 artículos del Estatuto catalán y decide como deben interpretarse otros 27; les ha dado pie para dar una nueva vuelta de tuerca y, a pesar de las distintas sensibilidades entre los socios del Tripartit y del tercero en discordia, que es CIU; han decidido aunar opiniones, aunque fuere sólo en una cuestión que para ellos es esencial la de considerar a Catalunya “como una nación” ( recuerden que la resolución del TC sólo admite esta definición desde un punto de vista semántico sin concederle el más mínimo efecto jurídico al término). El Parlament catalán ha insistido en declarar que sostiene el redactado que figuraba en el preámbulo del Estatut, respecto a lo que ellos consideran que es la Nación Catalana, despreciando lo recogido al respecto en la sentencia del TC y enfrentándose, retándolo, a nuestro Estado de Derecho, al Parlamento español y ¡al mismo gobierno del señor ZP!

Como de costumbre, nuestro Presidente ya se adelantó a prometerles a los catalanes, para tranquilizarlos, que haría de mangas capirotes con los resultados de la sentencia del Alto tribunal. Una vez más, el señor ZP, vuelve insistir en su relativismo que, por lo visto, es algo innato en algunos cargos socialistas que, en virtud de cómo les convenga a ellos, del momento político en el que nos movamos o de los intereses de determinados grupos de presión, las leyes, aunque sea la propia Constitución, pueden interpretarse a la conveniencia de quienes están encargados de hacer que se cumplan. Los catalanes ya han dado ejemplo cuando, sistemáticamente, se han negado a cumplir las resoluciones del TSJC respecto a la enseñanza del castellano en la autonomía catalana. En este contexto, no debe sorprendernos que, por medio de otros subterfugios, los artículos anulados o interpretados por la sentencia del Constitucional, sean resucitados por el Ejecutivo empleando los subterfugios legales en los que tan expertos son quienes nos gobiernan. Veremos, señores, cómo reaccionan a ello el PP; el Tribunal Supremo; el CGPJ; el Ejército, que no se entera de nada; el propio TC y, como no, aunque ya no esperamos demasiado de esta institución, el Rey, garante de nuestra unidad. El primer paso del desguace de España está a la vista, ¿alguien se opondrá a ello?

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