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Etiquetas:   Desde Caracas   -   Sección:   Opinión

Ratón

Alberto Andreo
Redacción
lunes, 19 de julio de 2010, 23:51 h (CET)
Días después del término del mundial y del día más feliz de la mayoría de los españoles aún me sorprende el apoyo que gran parte de este país dio a “La Furia”. Pantallas gigantes en plazas y centros comerciales, coches enfundados en banderas rojigualdas, las hermandades creadas por los españoles atestadas de gente, calles desiertas a la hora del partido, amplia cobertura del evento por parte de los medios venezolanos. En resumen, un ambiente que nada tenía que envidiar al que se disfrutó en la península.

Y es que no hay que olvidar que mucha de la gente que vive aquí tiene ascendencia portuguesa, italiana y sobre todo española. Durante la apertura que facilitó la llegada de inmigrantes a Venezuela a mediados del siglo pasado, muchos de los “importados” procedieron de España. Llegaron y se instalaron en zonas de Caracas famosas por sus tascas (La Candelaria) o por su fuerte sentimiento español (Catia o La Castellana). Vascos, catalanes y, sobre todo, gallegos y canarios desembarcaron en este país caribeño atraídos por las facilidades y la bonanza económica derivada del petróleo, así como huyendo del opresivo régimen franquista.

La ausencia del combinado nacional venezolano en la fase final del campeonato del mundial incentiva aún más el apoyo a la selección de origen de padres, madres o abuelos. Venezuela jamás ha jugado este tipo de instancias, lo máximo que ha conseguido es participar en un mundial sub-20, por lo que se apoya sin ningún tipo de pudor a otros combinados. Incluso, viendo el ambiente, uno se pregunta si apoyarían más a los equipos de origen de los familiares o al propio por nacimiento.

Sacar la bandera en España siempre ha estado asociado a la derecha más casposa y retrógrada. El país siempre intento ahorrarse ese tipo de manifestaciones patrióticas, excepto en algunos casos, para alejarse del doloroso pasado dictatorial. Nada de eso está presente aquí. La distancia, desconexión y el paso de las generaciones han eliminado ese problema. No hay miedo a sacar las banderas. Aquí significan una afiliación sentimental sin ningún tipo de connotación. Una exaltación limpia.

Yo vi el encuentro en casa con unos amigos venezolanos varios de ellos con ascendencia peninsular. Se alegraron incluso más que yo, un español “auténtico” con la victoria. Nada más real que el fútbol para deshacer todo ese tipo de complejos racistas, xenófobos que desacreditan a una sociedad. Al terminar el encuentro nos desbordó la alegría: champán, vuvuzelas y gritos. Como en la plaza de Colón de Madrid. “Mañana del ratón (resaca) que voy a tener no voy a poder trabajar”, soltó uno de ellos mientras saltaba de alegría. Nada de Madrid, Barcelona, Salamanca o Las Palmas. Esto sigue siendo Venezuela.

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