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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Opinadores

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 17 de julio de 2010, 08:39 h (CET)
Entre las sorprendentes nuevas profesiones que han propiciado los nuevos tiempos (go-go-girls, ligones, travelos, free lances, demostradoras, etc.), sin duda merece una tribuna de honor la de opinador. Algo tiene en común el opinador con todas las demás ocupaciones que he enumerado, siendo acaso la suma y compendio de todas ellas, si bien a uso y modo de manejar, doblar y retorcer la opinión de aquellos tibios que necesitan las guías ajenas para conducir sus credos. El opinador es la go-go-girl del partido que le coloca; es el ligón del respetable a quien trata de seducir con su verbo macarrónico; es el travestí, según quien pague; el free lance que se ofrece a quien mejores condiciones le ofrezca; y la demostradora de las excelencias de este o aquel credo en el que por ahora milita, aunque pudiera cambiar mañana si le ofrecen alguna ventaja.

Gentecilla maravillosa, los opinadores. En su coche o en el taxi, van a toda prisa de un medio a otro poniendo la antena a la radio por si se enteran de algo que pudiera ser novedoso y soltarlo ante la audiencia como si fuera un bombazo. Ni tiempo de pensar tienen. Por las mañanas, o bien radio o bien tele, según la cadena o la emisora, por supuesto; por la tarde, en vez de siesta, descanso, aunque no demasiado porque hay que escribir el articulete de burda semántica y escasa ortografía que, además de la plata que recauda por caché (que no por valor de opinión) propiciará seguir en candelero; y por la noche, la bacanal de las opiniones en las franjas de gran audiencia, especialmente en la tele, donde el personal televidente se amodorra con su verborrea, en espera del Morfeo que le hunda en la libertad de subconsciente. Porque de conspiraciones hemos de hablar. Por lo común, en estas tertulietas de amiguetes opinadores donde siempre van los de la misma cuerda a por su ración de euros a cambio de verbo grácil y enfrentamiento pactado, no hay intercambio de opiniones, sino una especie de sainete donde el que hoy hace de bueno, mañana lo hace de malo, y tan ricamente, repartiéndose los papeles como aficionados a las artes escénicas. Porque de artes escénicas se trata: nadie se sale del guión del poder, todos obedientes y buenos chicos, empujando con su reclamo a que el ciudadano sea probo y buen contribuyente, aunque los dineros que pague y la obediencia de asno que profese sea la de los cuadrúpedos legos. De eso, precisamente, se trata la cosa. Sin estos opinadores, de los que imposible es librarse ni en las ondas radiofónicas o televisivas o en las páginas de los diarios, corriendito se iba a sostener esta democracia que ha salido más bien rana, pero, como el burro de los gitanos, estos vivos venden a precio de oro por su enjaezo.

Siempre, siempre son los mismos: el buenote, ése que con carita de pena y verbo fofo, como pidiendo perdón por la opinión se entrega a la lujuria del sometimiento del moderador, si bien lo hace por pavor de perder el nada menguado salario; el quejoso, que siempre tiene una aparente vuelta de más para el asunto que quiera que sea que se trate, aunque también está férreamente enganchado al carro del estipendio; y el anuente, ya escéptico o ya borreguil, quien siempre termina pidiendo al respetable, por directa o indirecta, santa paciencia, como la Iglesia, viendo tan bien que se masacren tirios como troyanos o que se ponga el mundo patas abajo, si es que le siguen cayendo sus euretes por ese trabajo de pastor de masas. Que el mundo se sostenga, que a ellos les va bien. ya se olvidaron, por otra parte, de aquellos años menos felices en que en verdad tuvieron credos -si los tuvieron-, y se desgañitaban gritando. Buenos alumnos: mejor, mucho mejor se vive hablando con mucha urbanidad y en voz baja.

A medias repartidos entre hombres y mujeres, el circo de opinadores -¡hale hop!- va de feria en feria, que figuran las cadenas de radio o televisión, como esos titiriteros de Serrat. Allá se les escucha su arenga solidaria con los insolidarios, y acá su ataque cerval a los que verdaderamente trabajan, entretanto ellos se llevan muerta la paga por haber rumiado en el pesebre. Harta, cansa, aburre, ver siempre las mismas caras, pedir siempre educación y paciencia a los que son estrujados, como en una conspiración educativa de los poderes que a través de estos dómines extienden sus consignas perversas. Nadie disiente, y, si lo hace, es porque le toca, aunque queda claro que para perder y que gane la tesis que corresponde. Si son anti-PP, ¡viva el PSOE!; si anti-PSOE, ¡muerte al PP!; cuando ambos quieren decir –y dicen- manténgase al hilo del sistema y opten por mi opinión o la de mi colega, aunque ambos cobremos del mismo talonario.

Harta, cansa, aburre, lo mismo que el PP y su cantinela o el PSOE y su coreografía de damas vetustamente ajadas y de jovenzuelas asníficamente legas. Harta, cansa, aburre y hastía, siempre esas mismas caras, esos mismos teatreros gestos de indignación o complacencia que, pidiendo lo que no piden, suplican por ser simpáticos a una audiencia que los reclame y convoque, no tanto por las opiniones como por el reparto de eurillos, que a fin de mes, entre uno y otro programa, suma un pico. Es una profesión cómoda, bien retribuida y que da empaque. Los opinadores, en fin, son los profetas de la modernidad, los sacerdotes de los medios, el clero del nuevo dios-poder, los pastores de la grey política. En el asqueo del estío estos tíos hastían. ¡A ver si llegan por fin las vacaciones, se van (también vale para los políticos)… y no vuelven! ¡Qué paz, qué gloria!

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