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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Lo exclusivo y lo excluyente

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 14 de julio de 2010, 23:57 h (CET)
Sin ser un erudito de la Historia, puedo considerarme un apasionado de ella. Pretendo comprender el cuadro de la condición humana, y, a veces, se me hace necesario descender a la pincelada, reparar en el detalle no para definir el conjunto, sino para comprender o aproximarme a la tendencia del Gran Autor. ¿Por qué se repite siempre la injusticia de los poderosos contra sus pueblos, por qué siempre se intriga por el poder o por qué se matan siempre los mismos, mientras las elites se mantienen a salvo y hasta intiman festivamente?... El suceso, incluso la etapa histórica, es nada más que la pincelada; la Creación y su propósito, el cuadro. Pero el cuadro no sería nada sin las pinceladas. Creación y Creador, se licencian en el mismo instante.

Como autor sé que lo atractivo y necesario de una obra radica en el conflicto y la evolución que éste produce en los personajes, los cambios que experimentan desde la tesis inicial a la síntesis final. Todos sabemos que los cambios en la materia pueden ser físicos o químicos: los primeros, sólo afectan a la forma; los segundos, a la sustancia, a su estructura. Aplicando todo esto a los sucesos, las pinceladas, pudieran parecer que son aplicaciones de calor –la acción- que usa la naturaleza del Plan Divino con fin de cambiar la sustancia que conforma al hombre; pero esto no es más que una verdad a medias. Es cierto, por cuanto a nivel individual nos fuerza a cambiar profundamente, según cada individuo, en función de la intensidad con la que se vive –calor/color recibido/producido-; pero no lo es, en cuanto a que, como especie, los sucesos son una réplica casi exacta de sí mismos en no importa qué época de la Historia nos situemos. Si en lo individual los cambios son químicos, en fin, en lo colectivo son nada más que físicos, afectando únicamente a la forma y no a la esencia.

En lo individual, nacemos como un libro en blanco que vamos garabateando con toda aquella información que nos afecta, y en la medida que nos involucramos en la vida nos va transformando, convirtiéndonos en algo distinto a aquello que éramos cuando nacimos o en la etapa anterior de nuestra vida, en una mutación sin fin. “El río que has visto pasar, ya no es el que fue”, dicho en palabras de Platón. Sin embargo, en lo colectivo las situaciones se sostienen por más que las culturas, incluso las civilizaciones, sean diferentes y hasta tengan disímiles valores de base; cambian los usos y el decorado, pero el fondo sustancial siempre se mantiene. No importa si estudiamos la civilización sumeria, el imperio bizantino, la historia de la Iglesia o nuestra cultura actual, el despotismo y crueldad, la intriga y la codicia siempre son paralelas, si no idénticas. Si en lo individual las mutaciones son exclusivas, en lo social son excluyentes. Hay personas buenas que se hacen malas, y viceversa; pero no hay sistemas buenos, y todos ellos participan de los mismos elementos comunes. En lo individual, en fin, cabe la virtud, pero no en lo colectivo, porque si fuera una sociedad perfecta no tendría el individuo que esforzarse por modificarla, impidiendo así la transmutación de su esencia. El conflicto, pues, es preciso para que el cambio sea químico, permanente: el objetivo es la transformación.

El avezado lector o estudioso de la Historia sabe que a nivel social en no importa que época, los sucesos son miméticos como si fueran partes de una geometría fractal que se repite incesantemente. Todos ellos están basados en lo excluyente, en el control de unos pocos sobre los muchos, o, lo que vale lo mismo, en un régimen de dioses y esclavos. Puede que las condiciones aparentes cambien, que la crueldad sea aparentemente mayor o menor, pero el fondo siempre es idéntico. Si, por el contrario, reparamos en la pincelada personal, se aprecia que en cada individuo los sucesos afectan de una manera distinta, y quien nació neutro puede derivar en alguien bueno o malo, según cuáles sean sus formas de asimilar los sucesos. Es lo exclusivo.

Nuestra sociedad, como no podía ser de otro modo, ha impreso un significado intencionadamente perverso a estas voces capitales, figurando lo exclusivo como excluyente. Exclusivo, ahora, es tener lo que otros no tienen, distinguirse, descollar como un dios sobre la masa de esclavos, cuando eso es excluyente; lo excluyente, ahora, es enajenarse de la masa por tener un nivel de credos propios que le empuja al individuo a tratar de comprender, forzándole a un descenso a los infiernos de la realidad para, luego, poder ascender a los cielos de esa exclusión que, en realidad, es lo exclusivo.

Las pinceladas, los sucesos o épocas históricas, deben sostenerse en el tiempo, como el pulso o el propósito del artista impresionista se mantiene en la elaboración de toda la obra, o de otro modo los individuos, los pigmentos que las conforman, no tendrían las mismas oportunidades y sería un sistema injusto; sin embargo, son esos mismos individuos y su evolución los que dan sentido al cuadro con su colorido exclusivo y su distribución. Hay, pues, por qué intentar cambiar el sistema, y hasta es posible que sea conveniente que sea excluyente para empujarnos a modificarle, porque es eso lo que nos modificará en lo exclusivo. El inmovilismo es la renuncia a la evolución; nada que esté vivo está quiero. Visto así, el cuadro general tiene un profundo sentido: el objetivo no está en la victoria o el fracaso, sino en la lucha, o, como dijo el poeta, no está en el destino, sino en el mismo camino.

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