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Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

"España, despierta, olvídate de Iniesta"

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 13 de julio de 2010, 22:38 h (CET)
Creo que ha sido cuando empezaba a clarear cuando he abierto el ojo y me he dado cuenta de lo grande que soy: soy español y España acaba de ganar el campeonato mundial de fútbol. Qué noche más gloriosa hemos pasado. Sí, habremos sufrido por culpa de los tulipa(ta)nes cavernícolas, pero qué noche más gloriosa hemos vivido. Que viva España, que viva la tierra de los campeones del mundo de fútbol.

Anoche no me hizo falta soñar para ser plenamente feliz: Casillas, Busquets, Iniesta y su orquesta sinfónica de virtuosos del balón se encargaron de cumplir todos mis sueños, de colmar todas mis aspiraciones, de superar todos mis pasados anhelos.

Creo que ha sido cuando empezaba a clarear cuando he abierto el ojo y mi mujer me ha dicho discreta y cariñosamente: “¿Qué cojones haces en la cama con la hora que es sin dar un palo al agua? Levanta que te toca tender la ropa y poner el lavavajillas.” Todavía con el gol de Iniesta en la cabeza no me sentí presionado lo más mínimo por la firmeza de su sugerencia, pero en previsión de males mayores me levanté colgué los platos uno por uno en la cuerda del patio y metí las sábanas en el lavavajillas. Después me lavé y me pesé. Comprobé que todo lo que piqué durante el partido me ha supuesto un kilo más. Hice pis con desgana por ver lo que bajaba y la báscula se rió de mí. Creo que ha sido cuando empezaba a clarear.

La felicidad tiene eso, que te mandan subir de espaldas el Everest y lo haces sin darlo importancia. Así que me fui al pescao, a la carne y a la panadería y comprobé que contra lo que yo esperaba nada había bajado de precio. ¡Jodé –le dije a Rufo, el pescatero- pero si somos campeones del mundo! Él se encogió de hombros, me dio el cambio y dijo: “Te dejo a deber cinco euros, que no tengo cambio”.

De vuelta a casa me encontré en el ascensor con la misma vecina impertinente de cada mañana, le recordé que todas las noches tenía que dormirme con su tele martilleando en mi cabeza y ella me dijo que es que estaba muy mayor y un poco sorda y que si podía subirle la cesta de la compra, que iba muy cargada. Yo me limité a obedecer –refunfuñando, claro está- y a pensar en que éramos campeones del mundo. "Menos mal que somos campeones del mundo" me dije.

Al abrir mi casa iba pensando en ese holandés que dejó la marca de la herradura en el pecho de Xabi Alonso; antes de dar el primer paso noté que algo iba mal, que allí había demasiada gente, olía a un sudor tan asqueroso como conocido, no, no, olía a cinco sudores diferentes, tan asquerosos como conocidos. Qué narices hacían en mi casa los cinco macarras sin oficio ni beneficio que aspiraban a tirarse a mis hijas -los que no lo estuvieran haciendo ya- era misterio que quedó resuelto en pocos minutos. Saludé y tras los cinco gruñidos que recibí a modo de respuesta, mis cinco hijas y sus cinco chulos paletos se pusieron de pie –al menos tuvieron un detalle- para darme la noticia: en un intervalo de tres o cuatro meses iba a ser abuelo cinco veces. De las bodas no tenía que preocuparme, ninguna pensaba casarse. Un ahorro, al menos. Cinco.

Yo ya no me acordaba de Puyol, de Xavi ni de Ramos. Ni siquiera Del Bosque tenía sitio en mi cabeza -¿pero no había habido un partido muy importante anoche?- cuando mi mujer entró en el colapsado cuarto de estar con una señora de muy buen ver a la que yo creía haber visto alguna vez saliendo del portal de casa. Mi esposa despejó de latas de cerveza barata la mesita del cuarto de estar, se subió a ella –a la mesa, quiero decir- y engolando la voz me espetó: “Mateo, te han subido el gas y la luz además del IVA. Por otra parte quiero que sepas que te dejo por Marisa, que está de coge pan y moja y además no ronca.”

Seguramente la tal Marisa notó alguna leve contrariedad en mi rostro porque en un exceso de confianza me puso la mano en el hombro y me dijo: “España, despierta y olvídate de Iniesta”. Anoche no me hizo falta soñar para ser plenamente feliz. Por eso digo que lo otro era cuando empezaba a clarear.

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