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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Hacer del reaganismo disciplina fiscal

David S. Broder
David S. Broder
martes, 13 de julio de 2010, 22:37 h (CET)
WASHINGTON -- El fenómeno del movimiento de protesta fiscal es uno de los rompecabezas más significativos de este curso político -- que entusiasma a algunos y alarma al resto. Al colocarlo en el contexto histórico de otros movimientos populares, Henry Olsen, del American Enterprise Institute, ha ayudado a definirlo a él - y a la importante elección a la que se enfrentan ahora los Republicanos.

En un artículo publicado en el número veraniego de National Affairs y en una entrevista posterior, Olsen, que fue becario en la Legislatura de California antes de ingresar en tres laboratorios conservadores de ideas, revisa brevemente la historia llena de altibajos de los movimientos populares estadounidenses.

Hasta la década de los años 60, se trató sobre todo de un fenómeno de izquierdas -- encabezado por figuras como Thomas Jefferson, Andrew Jackson, William Jennings Bryan o Franklin Roosevelt.

El populismo conservador sufrió un infructuoso ensayo en 1964 con Barry Goldwater, pero no floreció hasta que Ronald Reagan encabezaba al estamento de Washington en 1980. Las diferencias entre los dos fueron significativas. Goldwater perdió su apuesta presidencial porque "el tono y las ideas de algunos de sus partidarios radicales fueron considerados extraños y siniestros por parte de la mayoría de los electores, y la incapacidad (o la reticencia) del candidato a la hora de distanciarse de ellas permitió que (Lyndon) Johnson retratara a Goldwater como extraño y siniestro", dice Olsen. "En lugar de aspirar a ayudar al ciudadano corriente a recuperar los derechos negados por su adversario, Goldwater terminaba a menudo queriendo encabezar a las víctimas en violenta batalla contra un enemigo implacable".

Olsen, como muchos otros, considera a Reagan como su referente. "A lo largo de su carrera, no escatimó términos al describir las amenazas a la libertad y la prosperidad planteadas por la administración centralizada y sin límite de competencias", dice Olsen, "pero cuando se trataba de sus rivales nacionales, Reagan evitaba la trampa populista clásica de demonizar a sus rivales políticos como enemigos declarados".

"Los aires populistas vuelven hoy con virulencia", añade Olsen, alimentados parte de la indignación con el sector financiero y parte de la frustración con Washington. "Los que piensan que el tono indignado y agresivo de la retórica de los detractores fiscales va a alienar automáticamente al votante independiente deberían pensarlo mejor... Los movimientos populistas que han tenido éxito definen a los rivales en términos contundentes y a menudo abrasivos".

Pero esto no basta, dice, y se puede exagerar. Bryan fracasó en parte debido a que "espantó a la mayoría. Algunos populistas libertarios, con su rechazo a todas las facetas del estado del bienestar moderno, van a hacer lo mismo probablemente -- porque ni siquiera esta nación de centro-derecha quiere ver desmantelado el estado del bienestar". Los candidatos Republicanos al Senado por Kentucky y Nevada necesitan retener esas palabras en sus cabezas.

Lo que les hace falta a los Republicanos, pues, es hacer lo que hacía Reagan -- "proponer alternativas que ofrezcan un cambio de rumbo real sin que parezca demasiado radical". Él contaba con una ventaja que con demasiada frecuencia se pasa por alto. Como gobernador de dos legislaturas de nuestro estado más poblado, Reagan podía responder a aquellos que le consideraban peligroso señalando el éxito que había logrado en la gestión de California.

El nuevo populista conservador, dice Olsen, tiene su propia visión positiva, que puede "convertir un sentimiento de la opinión pública acusado pero transitorio en una fuerza política duradera".

Cuando pregunté a Olsen si el plan de los Republicanos de la Cámara de redactar una nueva versión del Contrato con América de 1994 va a satisfacer esa necesidad, respondió como lo haría yo: Veamos sus ideas.

Los redactores han pospuesto el momento de la verdad celebrando una serie de vistas civiles, pidiendo ideas al electorado -- y también, resulta, en sesiones privadas mantenidas con lobistas de Washington.

Levantar una coalición mayoritaria exigirá una plataforma sensata y fuerte. Y un claro distanciamiento de los chiflados y excéntricos que hundieron tanto a Bryan como a Goldwater.

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