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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

Hacia una sociedad sin deberes

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
martes, 13 de julio de 2010, 22:35 h (CET)
A pesar de todas las protestas la ley del aborto, con su engañoso y rimbombante titulo que habla de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo, ha entrado en vigor. El Tribunal Constitucional, aunque ha admitido a trámite los recursos presentados, no ha estimado la suspensión cautelar de la Ley.

La salud sexual y reproductiva no va a mejorar con esta ley, seguramente empeorará. Muchas mujeres que abortaron han quedado incapacitadas para asumir una maternidad gozosa. El recuerdo del hijo triturado quizás no le abandone nunca. En cuanto a la eufemística patraña de interrupción voluntaria del embarazo carece de cualquier lógica. El embarazo no es como la lectura de un libro que se puede interrumpir para continuarlo al día siguiente. Interrumpir el proceso de gestación es lisa y llanamente matar al niño concebido y que tal acción sea voluntaria también es dudoso, ya que es claramente inducida desde los poderosos medios de influencia del gobierno que los disfrazan como ejercicio de un derecho de la mujer. ¡Convertir el asesinato en un derecho muestra el grado de envilecimiento moral en que nos estamos sumergiendo!

Desde hace años hay desplegada una amplia campaña de difusión de los métodos anticonceptivos que ha demostrado suficientemente sus desastrosos resultados. Ni los anovulatorios ni los preservativos han evitado la monstruosa cifra de abortos, en vista de ello se lanza la píldora del día después que seguirá el mismo camino. En vista de que el número de abortos sigue aumentando el Gobierno amplía el aborto y lo convierte en un derecho. El loby de las clínicas abortistas ha conseguido que ninguna investigación pueda inquietarlos.

El gran designio “progresista” es la eliminación de las normas morales que difundió el cristianismo. Para ellos no hay más ley moral que la que diga el Parlamento. Ni siquiera se preguntan sobre la justicia de sus leyes. Si han conseguido la mitad más uno de los votos del Congreso mediante cualquier trapicheo con los partidos minoritarios, la voluntad del partido gobernante se nos impone por encima de todo.

Son esas normas morales que quieren dejar suprimidas las únicas que podrían evitar el terrible drama de una población que envejece o de una economía que se va a pique. La consigna voceada por los políticos ha sido consumir y gozar. Todos los ciudadanos tendrían que estar encantados con unos gobernantes que les proponen gozar sin responsabilidades, copulad sin miedo, consumir de todo y votadnos para que podamos seguir gozando del poder y “haciéndoos felices” con nuevos derechos.

Es la nueva ética indolora sin deberes, sin culpas, sin pecados, lo que se ofrece y esta ley del aborto es una pieza más de este designio. Quizás la economía echará abajo este montaje y despertemos, pero el daño ya está hecho. Cómo podremos recuperar el sentido del deber frente a tanto derecho, el valor del esfuerzo frente a la comodidad de obtenerlo todo sin esfuerzo, la responsabilidad de construir la propia vida frente al estado de bienestar que viene obligado a subvenir a todas nuestras necesidades.

Además de los niños que no llegarán a nacer están los jóvenes que no llegarán a formar una familia estable, que no entenderán el valor del dominio de sí mismos, de la continencia, de la fidelidad. Ya ha dejado de hablarse de matrimonios, solo se habla de parejas. Curiosamente se habla de matrimonio para lo que no es ni puede serlo, el matrimonio homosexual.

Mientras tanto tratan de forma descarada de deformar la conciencia de los niños desde la infancia. Todos los que han querido fabricar un mundo diferente siempre han incluido entre sus objetivos la educación desde la infancia a cargo de sus doctrinarios.

No es sólo la ley del aborto lo que me preocupa sino la deriva general de nuestra civilización empeñada en construir una sociedad sin Dios.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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