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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

Cálculos políticos y pasiones políticas

E. J. Dionne
E. J. Dionne
lunes, 12 de julio de 2010, 23:46 h (CET)
WASHINGTON -- Si las legislativas se celebraran hoy, los Republicanos se alzarían con el control de la Cámara de Representantes. Tan difícil es encontrar un Demócrata que no esté alarmado con la que está cayendo como encontrar a un hincha de los Cavaliers de Cleveland que anime a LeBron James.

El caso de los Demócratas es aún peor: ellos se enfrentan a dos desafíos distintos, y abordar uno puede agravar el otro. El resultado de las elecciones de 2010 depende así en gran medida de si saben encontrar la solución a un conjunto de ecuaciones simultáneas o no antes de noviembre.

Por un lado, el votante independiente les está dando la espalda. Los candidatos Demócratas a la Cámara disfrutaron de una ventaja del 51% frente al 43 de los Republicanos en los comicios de 2008. Esta vez, las encuestas demuestran que los independientes se decantan por los Republicanos por un margen sustancial.

Pero los Demócratas también sufren la falta de entusiasmo entre sus propios partidarios. Una encuesta tras otra pronostican que mientras que los Republicanos están impacientes por acudir a las urnas, muchos Demócratas parecen inclinarse por no votar.

El dilema reside en que los argumentos que pueden motivar a los partidistas pueden alienar aún más a los independientes menos ideológicos. El cómputo clásico dice que la formación puede desplazarse hacia la izquierda para movilizar a su electorado o desplazarse al centro para recuperar a los independientes.

Si existe alguna respuesta a este rompecabezas, se encuentra en la realidad de que muchos votantes -- partidistas o independientes por igual -- no son particularmente ideológicos. Responden a los hechos en cuanto los perciben (una recuperación económica estancada) y a la actuación del partido (el veto legislativo de los Republicanos termina pasando factura a los Demócratas porque se supone que son ellos los que están en el poder).

La estrategia de cepo que sigue el Partido Republicano está bien pensada y ha generado unos dividendos enormes. Los líderes Republicanos entendieron que el retraso era su mejor amigo porque la exaltación fruto de la elección del Presidente Obama estaba destinada a desaparecer. Y mientras los Republicanos levantaban su bloqueo, insistían en que todo lo desagradable surgía del fracaso por parte de Obama a la hora de dialogar con ellos.

La política de la agresivo-pasividad funcionó de formas complementarias. Los independientes aborrecen todo el enfrentamiento. Y hasta cuando los Demócratas se alzaron con la victoria en la reforma sanitaria entre otras cuestiones, no salieron tanto con una sensación renovada de finalidad como con la sensación de agotamiento y frustración a causa de todos los compromisos que costó cerrar la victoria.

Dar un vuelco integral a esta situación es la misión de la Casa Blanca, y la campaña del presidente de escala en Missouri y Nevada la pasada semana ofrecía un aperitivo de su iniciativa por retratar a los Republicanos como radicales y recalcitrantes en la misma medida. Su discurso en Kansas City contenía una importante novedad, un reflejo del legendario ataque de Franklin D. Roosevelt en 1940 contra sus rivales políticos en el Congreso -- "Martin, Barton y Fish".

Obama vertía acusaciones contra el aliterador trío de "Barton, Boehner y Blunt", referencias a los Representantes Joe Barton, de Texas; John Boehner, de Ohio; y Roy Blunt, de Missouri. Increpándoles a cuenta de su resuelta oposición a cada enfoque Demócrata, Obama preguntaba "si ese botón del voto 'no' no se ha quedado atascado".

Él espera que esta trinidad Republicana pueda prestar un doble servicio. Crea un grupo de enemigos tangible frente al que los Demócratas pueden cerrar filas. Y recuerda a los independientes que un voto a los Republicanos este otoño no será simplemente un voto de castigo a Washington sino también un voto a líderes Republicanos que no son muy populares.

Los Demócratas cuentan con una baza parecida de sus ataques contra la actual rama de Republicanismo considerada demasiado doctrinaria y extrema. Las energías que el movimiento de protesta fiscal insufla a los Republicanos podrían verse contrarrestadas por la reacción negativa del electorado medio a la ferocidad del nuevo movimiento. Este es el dilema matemático simultáneo del Partido Republicano: Tiene que sacar todo el jugo a la organización del movimiento fiscal sin verse demasiado perjudicado por las frecuentes salidas radicales de tono de sus miembros.

Pero hay una salvedad: la pasión en política cuenta. Motiva a los seguidores más convencidos de un movimiento pero también puede arrastrar a los moderados atraídos hacia aquellos que prometen cambio y profesan gran seguridad en la forma de alcanzarlo. Barack Obama salió elegido presidente gracias a que entendió esto.

La pasión puede ser especialmente difícil de encontrar este año para los Demócratas, e incluso en mejores tiempos, puede ser difícil de sembrar entre los izquierdistas. Como observaba en su libro "Pasión y política" el filósofo Michael Walzer, los izquierdistas valoran enormemente el escepticismo, la ironía y la duda por su naturaleza misma. Walzer argumentaba que "los funcionarios hacen bien cuando siguen sus convicciones racionales", pero "los activistas políticos deben involucrarse más apasionadamente o de lo contrario pierden toda lucha por el poder político".

Sobre el papel, los Demócratas tienen una solución racional a su problema matemático político. Les queda encontrar la pasión que exige su puesta en práctica.

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