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Tags: Opinión · La linterna de diógenes · Luis del Palacio
Victoria española


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
martes, 13 de julio de 2010, 01:21
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Las razones por las cuales el fútbol ha traspasado los límites propios de lo que verdaderamente es, un juego intrascendente, invadiendo nuestras vidas, instalándose entre nuestras prioridades, inundando nuestros pensamientos y alienando cualquier otra actividad que pueda resultar más noble que lanzar una bola a patadas contra una red, es un arcano, un misterio que hasta ahora ninguna escuela sociológica, ninguna teoría del comportamiento humano, ha explicado de forma plausible.

Reconozco que disfruto con un buen partido y que soy capaz de imbuirme de la tensión que produce el desarrollo de esa singular lucha de dos equipos de once hombres sobre un césped, en duelo incruento que sin duda simboliza muchas cosas de la vida y, acaso, de tiempos muy remotos de la humanidad. El fútbol es un juego donde la fortaleza física es tan importante como la inteligencia y el empleo acertado de un oficio que se aprende tras muchas horas de entrenamiento y de trabajo duro.

Que lo que ha hecho nuestra Selección Nacional en el Mundial de Sudáfrica puede considerarse una proeza, habiendo conseguido el título y la copa de Campeones del Mundo, es algo que nadie que haya meditado un poco sobre ello puede dudar. El equipo holandés jugó un partido agresivo, muy poco limpio, frente al nuestro, ejemplo de precisión, coordinación, y, por qué no, caballerosidad. La alegría tras la victoria es comprensible y sana; incluso puede entenderse un poco de euforia, compensatoria de tanta mala noticia, de tantos sinsabores como produce la mera existencia, el día a día.

No voy a insistir en una cosa no por obvia y repetida menos cierta: el deporte de masas sirve para canalizar los anhelos insatisfechos y las frustraciones de millones de personas en todo el mundo, y es por eso un arma muy eficaz en manos de los políticos y de quienes controlan el cotarro. Sobre eso “nada nuevo hay bajo el sol”; asistimos a una versión sin cristianos y leones del circo romano, lo que demuestra que la psicología humana no evoluciona al ritmo de la tecnología y de los avances científicos y que, en el fondo, nos movemos por los mismos resortes que un bárbaro de la Selva Negra en tiempos de la Guerra de las Galias. No es ni bueno ni malo: es un hecho.

Una de las mayores tonterías que hemos tenido que soportar durante los pasados Mundiales, es que se haya intentado sustituir el nombre de un equipo formado por los mejores jugadores españoles, Selección Nacional de Fútbol, por un apelativo tan ridículo como inexacto: la Roja. Sería curioso rastrear el origen de la ocurrencia, coreada por todos los medios de comunicación, y su verdadero por qué. Aunque esto último quizá no resulte tan difícil de adivinar: ¿Recuerdan ustedes, hace años, cuando era imposible escuchar a ningún líder político de izquierdas pronunciar la palabra “España”, que era invariablemente sustituida por la fórmula políticamente correcta de “Estado español”? Personalmente creo que ahí se halla el verdadero quid de la cuestión: no hay que enfadar a los nacionalistas catalanes, sobre todo después de su relativo descalabro con el asunto de Estatuto, y hay que tener contentos a los vascos, especialmente ahora que la fórmula socialista con ayuda del PP parece haber funcionado. Nada de “Selección Nacional”, sino “la Roja, que además suena a algo contestatario y revolucionario.

Otros han hablado del “combinado de Del Bosque”, como si fuera un “cubata de ron Montilla” (el más peleón y que produce resaca). Pero todo, hasta la lamentable manifestación en contra de la resolución de Tribunal Constitucional, que tuvo lugar en Barcelona el pasado sábado, ha quedado en nada, barrido por el huracán de la victoria nacional española en el mundial. No es nada nuevo que el fútbol puede sacar lo mejor y lo peor de las personas, y es un hecho que a falta de algo más elevado que nos una, es un balón, un equipo de once hombres y un entrenador quienes todavía nos hacen concebir la ilusión de que aún somos una nación y no un mendicante conjunto de taifas.

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