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Etiquetas:   Cristianismo originario   -   Sección:   Opinión

En la Tierra tampoco está el infierno. ¿Pero acaso existe?

José Vicente Cobo
Vida Universal
lunes, 12 de julio de 2010, 23:19 h (CET)
Ninguna persona, tampoco un cura ni un pastor nos pueden decir adonde va el alma de un fallecido después de la muerte física, porque cada alma, según fue el transcurso de su vida, es atraída por aquellos planetas, por aquel plano del infinito en el que está grabado lo que ella ha introducido en su interior. Eso es lo que la atrae directamente después del fallecimiento de su cuerpo.

Por el hecho de abandonar la envoltura terrenal, no cambia nada para el alma. La culpa queda; las debilidades y los errores del comportamiento, quedan; las dependencias quedan; las ataduras quedan, sólo cambia el estado físico sustancial. El alma no se libera por medio de lo que denominamos “la muerte” si el hombre no se ha liberado antes en su interior. Las ataduras que el hombre no ha quitado durante su vida terrenal, siguen siendo también en el “más allá” la cárcel del alma, sólo que de manera más perceptible y difícil de eliminar. Frecuentemente estas ataduras vuelven a atraer al alma a un nuevo vestido terrenal, es decir a otra encarnación.

Pero una cosa es segura: la vida permanece eternamente y las formas de vida jamás cesan de existir. No hay muerte ninguna, sino sólo el paso a otra forma de existencia. Tampoco existen el pecado mortal ni la condenación eterna, porque Dios no ata, sino libera. En Dios y en todo el infinito, no existe el estar atado y ni tampoco un lugar determinado llamado “el infierno”. Sólo el ser humano ata y crea lugares de horror. Un lugar llamado infierno o el concepto de la condenación eterna es una idea del ser humano nacida de su maligna forma de pensar. Es el mismo hombre el que se crea un infierno en la vida y padece los tormentos del infierno en su cuerpo y en su destino, a causa de sus actos contrarios a la vida, porque no quiere comprender lo que significan el amor, la unidad y la libertad, ni que Dios es bueno y desea sólo lo mejor para cada uno de Sus hijos.

Si contemplamos el mundo actual, podría suponerse que este mundo es el infierno, porque cada vez más personas, sufren tormentos infernales. Pero tampoco aquí en la Tierra hay infierno alguno. Precisamente en la Tierra deberíamos reconocer nuestros actos contrarios a la vida, arrepentirnos de ellos y ponerlos en orden y no hacer más lo que hayamos reconocido que fue erróneo, sí, contrario a la ley divina. Éste es el camino que lleva a la plenitud interna, a la vida y es al mismo tiempo el camino de la liberación de las creencias erróneas y los miedos a la muerte, el pecado mortal o incluso la condenación eterna. Por tanto la Tierra, bien mirado, es un lugar de la misericordia de Dios sin igual y cada día de la vida del ser humano es una joya, una oportunidad maravillosa y única, con un mensaje especial para cada uno, el de su día.

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