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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Un pan como unas hostias

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 12 de julio de 2010, 08:19 h (CET)
Ya decía don Benito Pérez Galdós que éste es el país de la viceversa, que es decir donde acaece -por obra y gracia de las autoridades- exactamente lo contrario de lo que debiera suceder. Tal cual. Nuestros gobernantes, curiosamente, arremeten contra las Instituciones que sostienen el Estado al que representan, desacreditándolas; la crisis la producen los ricos y la pagan los pobres; los trabajadores, que son los que usan el metro, se revuelven sañudamente contra los trabajadores que defienden sus derechos, dilapidando hasta la extenuación final las conquistas que se consiguieron durante una dictadura que rigió los destinos del país con mano de hierro; y los jóvenes universitarios, en desempleo porque en este país se premia la asnalidad, son capaces de organizar botellones multitudinarios pero no tienen redaños para organizar acciones de protesta que conduzcan a la reivindicación de sus aspiraciones. Fenomenal.

España: sol y viceversa. Produce vergüenza ajena, e incluso asquito, que los gobernantes de España desacrediten tan bárbaramente a sus propias Instituciones. No; no digo que los tribunales tengan razón, nada más lejos de mi intención, pues que el país está manga por hombro gracias a esta verbena de la Justicia en la que hay carruseles de todo tipo menos justos, sino que el que la critique un ciudadano, vaya y pase, pero que lo haga con tal saña un Presidente, como que da canguelo. Si ellos no creen en las Instituciones que representan y se revuelven contra ella por izquierdas y derechas, socavándolas, ¿qué quieren que hagan los ciudadanos?..., o tal vez, mal mirado, ¿no será que lo que pretenden es que los propios ciudadanos dejemos de creer en ellas?... Por lo pronto, y por mi parte, en los políticos no creo ni tantito así. En la Justicia, viendo que las cárceles están llenas de don nadies, pequeños delincuentes, algún que otro asesino sin relevancia social e incluso cantidad de inocentes, y la calle estando infestada de cohecheros, golfos apandados, sinvergüenzas que han usado su cargo político para enriquecerse y desfalcadores profesionales que han hecho fortunones a la sombra y tiniebla de sus chanchullos oficiales…, qué quieren que les diga, como que tampoco se puede creer mucho en estos leguleyos, ¿no les parece?...

Y así vamos, tiempo adelante, de desvarío en despropósito, torciendo lo que está derecho y retorciendo lo que está torcido. Treinta años han pasado desde que decidimos que éramos mayores de edad y sabíamos gobernarnos solitos, y sólo han servido para malvender lo que teníamos, para que los partidos políticos colocaran a todas sus criaturas en las distintas Administraciones y para que de las conquistas alcanzadas no queden ni los vestigios. Los políticos muerden y devoran a los políticos –enfrentando a la vez a la población- por quítame allá algunos milloncetes y recalificaciones; los trabajadores se vuelven contra los trabajadores, haciendo el caldo gordo a los enemigos comunes; los de las derechas se creen que tienen un Estado como un cortijo y que las masas laborales deben ser latigueadas continuamente; y se premia a los viciosos, golfos, putas, pillos, frikis y gentes de mal vivir sobre los que se han quemado la juventud creyendo las consignas oficiales de que si se esforzaban, se formaban adecuadamente y cumplían las leyes, tendrían un futuro mejor que si no lo hacían. Como sarcasmo no está mal todo esto, pero como realidad es de un tristeza inenarrable. Un pan como unas hostias, en fin.

Me disculparán ustedes por mi radicalidad, pero me guío sólo por lo que veo y constato. Han sido treinta años pésimos, horribles, terribles. Hoy, no hubiera movido un dedo ni me hubiera jugado el tipo como lo hice por traer esto. No es mejor, cacareen lo que cacareen todos esos pillos que se vuelven y revuelven contra sus propias Instituciones simplemente porque no se ajusta a lo que quieren o no las controlan con sus guiñoles. Da asquito, ya digo; algo muy próximo al vómito. España: sol y asco. Lo digo por los políticos, claro, porque todavía creo en algún que otro conciudadano; pero mi fe se ha visto reducido a personas concretas y han perdido todo su crédito los poderes éstos que han hecho de mi país algo amorfo que no se parece a mi país ni remotamente. Ni siquiera creo que, a estas alturas de la película, sea posible ni de lejos una reconducción de la situación. Imposible. El cáncer, en un estado tan avanzado, sólo puede ser detenido con la eutanasia.

Aquéllos que no es preciso nombrar sacrificaban niños o animales (por su inocencia) en misas negras: éstos han legalizado el aborto (la máxima pureza); aquéllos creían en la venganza y no en el perdón, lo mismo que éstos (leyes de la memoria vengativa); aquéllos atacaban las virtudes y promocionaban los vicios, lo mismo que éstos; aquéllos premiaban la perfidia en su nivel más excelso, lo mismo que veo que éstos retribuyen cuando enciendo el televisor o reviso quiénes son los afortunados y quiénes los desafortunados de nuestra sociedad; y aquéllos conspiraban para dividir donde había unidad, lo mismo que éstos. Aquéllos son los que nos gobiernan, y así nos va, claro. España: sol y aquéllos, o, lo que vale lo mismo, un pan como una hostias (negras).

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