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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Humorismo burlesco

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
sábado, 10 de julio de 2010, 08:15 h (CET)
La finura del buen humor no tiene parangón. Tratándose de una de las pocas cosas que animan la vida, debiera constituir uno de nuestros principales polos de desarrollo y de mantenimiento. Nos afloja las tuercas que nos oprimen en tantos momentos y asuntos; con lo que aligera el peso de la melancolía de fácil acumulación debida a los trabajos y penalidades. Los estímulos para elevar ese buen tono vital siempre serán bienvenidos. Ahora bien, la VENA HUMORÍSTICA es una delicada prenda; luce con gran esplendor cuando el esmero de su confección lo realizaron buenos artistas. Aunque es frecuente la observación de prendas ajadas, rotos y descosidos, a la vista de los ejemplares destructivos, plenos de insultos y chabacanerías; en realidad representan un agravio para el sentido humorístico y una patosa manifestación de malhumorados.

Es de justicia y conveniente para todos el reconocimiento de las buenas variedades de humor. Porque, también en esto, corren tiempos de profunda crisis; no es suficiente denominación propia de humorista, hay que serlo de verdad. ¿Con qué limitaciones? No sé si siempre ocurrió así, pero si observamos la mayoría de programas o espectáculos actuales, domina lo BURLESCO; ha de haber un perjudicado, con su consiguiente humillación. Se realizan preguntas o se ofrecen imágenes que dejan al descubierto las deficiencias de la gente captada en el curso de esos manejos. Esas maneras no se acercan a los matices bien humorados; más o menos subrepticiamente desarrollan sus actuaciones al estilo de una cámara oculta o engaño taimado. Están muy extendidas estas modas. La libertad de expresión no justifica estos comportamientos displicentes; nunca los hacen con sus familiares o con sus allegados cercanos. No pasan de practicantes de un estilo abusivo e inconveniente, a costa de los otros. Se desfogan con los demás.

En ese tono despiadado, o cuando menos desdeñoso hacia los demás, la burla tiene un estrecho parentesco con otras dos formas de pretendido humorismo, como son el SARCASMO y la SÁTIRA. Dejando aparte los valores literarios de la expresión (Quevedo, Cela), introducen con demasiada fuerza la agresividad, la inquina y los resentimientos; con esos ingredientes protagonizan unos ataques verdaderos, se ceban en las personas aludidas en los mensajes, muy pocas veces con algún respeto. No se trata por lo tanto de una contribución de tonos alegres, sino de incomodaciones, aportando factores de tensión y tristeza que se introducen por las rendijas del cuerpo de la sociedad. En todo caso, si la libertad expresiva se usa para eso, se comprenderá su carácter conflictivo. En algún caso serán útiles, pero en la mayoría, son impulsos para la generación de situaciones crispadas.

Otro de los defectos deriva primordialmente del poco uso de la inteligencia, cuando se sueltan palabras gruesas, chocantes, o la más agresiva aunque no venga a cuento. En estos casos la elaboración cuidadosa brilla por su ausencia. Es un ejemplo de ESTUPIDEZ que vuelve idiota lo que pretendía ser una sugerencia feliz. Parece que confunden una escena de humor con la provocación de una espantada, un choque con el espectador, y poco más. Con una buena mezcla de golpes, ruidos o gritos de alarma, agitan la escena; lo cual es muy diferente de lo que se proclamaba. Como sucede también en muchas otras áreas sociales, con las situaciones en las que domina el ajetreo y las bullas, se distrae al personal; degeneran los argumentos a favor de un entretenimiento facilón. Los valores de un buen humorista no circulan con estos bagajes.

Debido a la gran riqueza de sensibilidades y la dificultad consiguiente para el uso de expresiones precisas; se hace practicamente imposible la simple definición concreta de las formas humorísticas. Hablábamos de las más impertinentes, pero en todas ellas hay una serie de grados, desde las burdas y crueles a las tolerables o reconfortantes. En una de las posiciones intermedias se encuentra la formulación IRÓNICA del contraste chistoso. Con el juego de un sentido y su contrario, despachando unas ideas explícitas y guardando otras en la racámara, plantea un repertorio de mayor reflexión, de preparación y elementos creativos; su contribución entraña una cierta perspectiva de diálogo. Ese contacto con los personajes afectados, se efectúa con distanciamiento, pero sin la pérdida total del contacto con ellos; con una determinada acidez en el fondo, alcanza también matices de simpatía y consideración.

Cuando Santo Tomás Moro decía en su plegaria:”Dame la salud… y el buen humor necesario para mantenerla”, probablemente no hiciera referencia a las maneras enconadas que hemos mencionado; en todo caso, empezaría con la ironía fina de amplias posibilidades. Introduce con agudeza el carácter complementario del humor, necesario para el buen EQUILIBRIO vital, para la salud anímica y corporal. Por ese camino demasiado reflexivo, tampoco conviene extenderse; porque el toque saleroso depende en gran parte de lo insospechado, brusco o contradictorio. El transtueque de los conceptos, su inoportunidad o las intenciones subyacentes, arrastran algo freudiano en el placer de disparatar. En todo esto transluce la inocencia fisiológica del hecho humorístico, enlazando la espontaneidad y la pincelada inteligente. En cambio, se desvirtúa y degrada, en cuanto se acentúa la presencia de las víctimas perjudicadas; su presencia no debe sobrepasar el fino dintel de la insinuación.

No se trata de prescindir de la crítica acerba, ni de dejar a los títeres malignos con sus cabezas adornadas o enmascaradas; pero el buen humorismo no reside en ir descabezando o destripando con voracidad. Esa no es su misión. Bien a las claras se divierte uno con las ejemplares actuaciones que prescinden del ensañamiento destructivo. El humor de INOLVIDABLES RASGOS surrealistas de Tip y Coll, la satírica inocencia de Gloria Fuertes, muy plena de contenido, o los inconmensurables monólogos de Gila en épocas difíciles. Por no ponernos a citar ahora a los artistas del momento. Representan un buen elenco de humoristas que no recurren a los trompazos. Quizá por eso, su fuerza expositiva y provocadora sea aún más intensa. Constituyen una sin par demostración de que lo burlesco y lo chabacano se desligan de la trama bien humorada, no suponen ninguna aportación sustanciosa, quedando a mucha distancia de los citados virtuosos.

Los tonos varían, tenemos mágicas representaciones en las diferentes regiones españolas, mañicos, bilbaínos, a través del seny catalán, la socarronería gallega, la falla festiva o la broma recortada y seca de Andalucía. Por esos amplios muestrarios discurren las mejores esencias del gracejo, endeble si se quiere, por lo sencillo del mismo, mas con la capacidad abierta a las mayores creaciones. Lo escurridizo del humorismo se desliza entre la gracia afilada y el desmán expresivo, sus versiones disponen del infinito desplegado en sus horizontes, con posibilidades de aciertos y riesgos de progresiva degradación y desvirtuación. El ilustre académico Joaquín Calvo Sotelo asociaba el humor con la ternura y el lirismo; sin exclusión del ESTREMECIMIENTO, a veces amargo y a veces generoso, que provoca un texto genuinamente humorístico.

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