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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Por su salud

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 8 de julio de 2010, 06:15 h (CET)
Cuando menos es sorprende, ya que no plausible, la cínica preocupación del Ministerio de Sanidad por la salud de los ciudadanos, el cual no duda en invertir ingentes dineros en inútiles vacunas que benefician a trasmano a las multinacionales de la cosa farmacéutica, a la vez que legisla y legisla y legisla invadiendo los ámbitos íntimos con la cosa de la prohibición del tabaco y se inmiscuye intolerablemente en la cosa individual y familiar al alentar –directa o indirectamente- a las nenas a poder abortar con o sin el consentimiento y/o conocimiento de sus padres y tutores.

A uno, que es como es de mal pensado, todo esto le huele a chamusquina. En lo de las vacunas, nada que decir que no esté sobradamente claro; en lo del aborto, sobran palabras, en fin, pues que ejemplos históricos relativamente recientes tenemos en nuestro propio continente, especialmente en el centro de Europa; y en lo del tabaco, vaya, que se agradece el interés en que no agarremos un cáncer (la mayoría de quienes perecen de esta enfermedad no son fumadores). Pero ya digo que sorprende este desvelo cuando no hacen lo más mínimo por saber qué sustancias de todas las que contiene el tabaco son tóxicas o cancerígenas, limitándose a la cosa de la nicotina, el anhídrido carbónico o fruslerías por el estilo. Sorprende.

Pero sorprende mucho más todo este encomiable celo, cuando, por ejemplo, obvian hacer nada por la exagerada eclosión de casos de cáncer y otras enfermedades atroces en zonas muy específicas, como Huelva o Cádiz, donde se verifica a la vez y sintomáticamente la mayor concentración de industrias tóxicas, y aquí el ministerio de la inquietud coercitiva no tiene que decir ni mu. Ni ahí, ni en los supermercados, donde abundan todo tipo de sustancias peligrosísimas en los alimentos, a través de los conservantes, estabilizantes y colorantes –especialmente en todos los productos orientados al consumo infantil, como dulces, refrescos y bollería-, que sobradamente están constatados como tóxicos, cancerígenos y como dañinos severos de la salud, produciendo desde tumores a asmas y pasando por inducir conductas hiperactivas. ¿Acaso esto no merece sus esmero?... Da la impresión de que hay algo en especial contra los niños, mal mirado.

Cuando uno se mete en Internet y pone en el buscador “aditivos alimentarios”, aparecen miles de páginas que alertan sobre las consecuencias terribles de consumir alimentos que tengan ciertos tipos de aditivos tipo E, y la lista –que abarca a casi todos- es espeluznante, haciendo notar en muchos de ellos que están prohibidos en medio mundo… excepto en España. Una contradicción flagrante entre estos desvelos tan costosos, invasivos y coercitivos por la salud de los ciudadanos en unos casos, al mismo tiempo que parece que les importa un ardite en otros, según a quien afecte; una flagrante contradicción entre la defensa de los derechos individuales de los inmaduros o demasiado jóvenes (y por tanto inexpertos o ignorantes), a la vez que dictatorial con quienes sí están cualificados sobradamente para decidir sobre sí mismos.

Cuando uno analiza el conjunto –tabaco, antivirales, aborto, aditivos, contaminación-, no tiene muy claro qué es lo que pretende este ministerio ni qué le mueve a orientarse en una dirección y a perderse en la otra..., a no ser que sea muy mal pensado. Si consideramos aisladamente el tabaco, y a tenor de la supuesta perniciosidad del mismo, sorprende que no lo prohíban; pero, claro, si al mismo tiempo permiten que los ciudadanos seamos intoxicados hasta la muerte por lo que respiramos o por lo que ingerimos, uno, entonces, no tiene ni idea de a qué están jugando.

A los lectores, entretanto, les recomiendo encarecidamente que se informen, porque si no velan ellos por su propia salud y sus propios intereses, está claro que están fritos. El Ministerio parece que sí, pero como que no.

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