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Editing

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
miércoles, 7 de julio de 2010, 06:11 h (CET)
Por primera vez en mi vida le he ofrecido una de mis novelas inéditas a un importante agente literario -la cual fue la tercera clasificada en el pasado Premio Planeta 2008-, y, después de ser leída por varios de sus lectores profesionales, ha concluido que era buena, pero que no podía publicarse porque le faltaba un editing. Le pregunté, claro, que qué era eso del editing, y me ha respondido que es un repaso exhaustivo del texto con sugerencias de cambios en la estructura y el diseño de los personajes, que es lo que las editoriales demandan; y ha terminado su atenta explicación, sin duda para dulcificar la negativa, añadiendo que es la práctica habitual con todos los autores y con todas las obras publicadas. Vamos, que dicho en román paladino es algo así como que otro reescriba la obra de uno, reduciendo la plástica y esencia del autor a los garabatos de un indocto a sueldo.

A pesar de haber quedado finalista en los Premios Literarios más conocidos y no sé si más reputados (Planeta -2 veces-, Azorín, Fernando Lara, Ateneo de Sevilla y La Rama Dorada), jamás se interesó motu propio una editorial o un agente literario por mis obras, y, en consecuencia, nunca antes fueron leídas por teóricamente expertos literarios fuera de los tribunales de los certámenes a los que concurría, razón por la cual hube de echarme al mar bravío de montar mi propio sello editorial. No es que se hayan vendido demasiados ejemplares, pero, bueno, hay algunas decenas de miles de mis obras (excepto las recientes) rodando por ahí, y no deja de tener su muy buena razón este insigne agente literario al decir lo que dice, pues que frecuentemente me llegan comentarios de los lectores respecto de lo difícil que es entenderme. “Hay que leerte con un diccionario en la otra mano”, han llegado a decirme algunos de ellos.

A mis obras les falta, pues, un buen editing. Si quiero tener cierto éxito literario, preciso con urgencia un corrector mediocre o un filólogo especializado en simpleza literaria para que diluya mi estilo y creatividad en esa caterva de estulticias en que quedan reducidas la mayoría de las novelas que actualmente se publican, pues que todas ellas parecen escritas por el mismo alineado. Nada de ornamento ni de fundamento, nada de sustancia, nada de manejo de idioma o de uso de recursos literarios eruditos: una historieta pelada, réplica y eco de otras novelas de éxito, es lo que vende, es lo que mola, es lo comercial. Sin embargo, dicho en palabras de Persio, de la nada, nada puede salir.

Nací con este don o este defecto de escribir sobre lo veo o colijo, y ya es tarde para cambiar. Renuncio al editing, simplemente porque quiero ser yo mismo a todo trance y que mi obra sea sólo mía, aunque el precio a pagar sea que únicamente puedan leerme unos cuantos. Ya saben: "Nosce te ipsum" (conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses.) Además, creo que la literatura también es mesurable, así en la forma u ornamento como en el fondo o fundamento, y sé que mi obra es buena, muy buena, con mucho contenido, las dosis justas de ornamento y fundamento, y diferentes niveles de lectura: justo como quiero que sea, ni más ni menos. No me quiero comparar con ningún otro autor, sencillamente porque soy único, como los demás lo son; pero no deseo que nadie, ni programa informático ni hombre experto, ponga su huella sobre lo que soy, pienso, creo o escribo. Si ha de tener éxito mi obra –no la de otro-, ha de ser porque lo merezca y no porque un pulidor de vacuidades o un vendedor de tomates encuadernados me diga cómo ha de ser el alma de lo que soy en esencia. Si sólo unos pocos pueden, así, tener acceso a ello, sea enhorabuena: eso es exactamente lo que quiero.

Por otra parte, cuando veo a alguien leer en el metro o en su casa esa novela tan de moda, ese best seller elevado a los altares del consumo por el márquetin, no suelo tener una buena impresión del lector. Por prudencia me lo callo, claro, pero sé que es el tipo de lector que no me interesa porque no lee por sí mismo, sino por indicación de los think-tank del sistema. No; no me interesa en absoluto. El lector que me atrae, al que me dirijo, es independiente, con criterio propio y ansias de superación, capaz de discernir por sí mismo y de trascenderse, y éste rara vez o nunca se inclina por la novela impuesta por la moda. Después de todo, como dijo Julio César, el águila no atrapa moscas. Y moscas hay muchas, pero no me interesa ninguna.

Por suerte vivo de otro trabajo. Diría que en realidad es el pequeño empresario que represento el que mantiene como un mecenas al autor que soy, de modo que me es indiferente ese éxito literario. Puedo esperar. Incluso hasta después de haber muerto. Pero si mi obra es algún día algo, será sólo y exclusivamente mi obra, ni del corrector de Word, ni del editing negro ni de ningún mago del márquetin. Mi obra es mía y sólo mía, y, con o sin errores, si alguien le toca una coma o le corrige una tilde, le corto las manos. Así me hizo mi Dios, y así seré hasta el último de mis días. Temet nosce.

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