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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Maradona avergüenza a Argentina

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 6 de julio de 2010, 06:10 h (CET)
La moderación en el lenguaje, la continencia en la expresión y la modestia en la valoración de la propia autoestima, en las relaciones sociales son, sin duda, unas virtudes inherentes a cualquier persona que se considere lo suficientemente preparada para convivir en sociedad, para formar parte de este grupo de élite que todavía le dan importancia a lo que, en otros tiempos, se llamaba la “buena educación” y que nunca ha tenido una relación directa, como muchos pudieran pensar, con el linaje, la fortuna, los conocimientos o la inteligencia de las personas, sino con esta innata cualidad de aquellos que saben entender que existen otros seres, otros congéneres, que, como mínimo, tienen, por su calidad de seres racionales, los mismos derechos y las mismas oportunidades de gozar de la existencia, sin más limitaciones que el saber respetar a quienes forman parte de esta gran hermandad que es la Humanidad.

Choca constatar como, personas que han llegado a la cima del conocimiento, han escalado los más grandes galardones en el deporte o han sido capaces de admirarnos con sus obras literarias, pictóricas o musicales; han sido capaces de caer, como cualquier otro mortal sin sus especiales cualidades, en los vicios más abominables, más escabrosos y, por qué no decirlo, más infantiles y ridículos. Los hay que son incapaces de asimilar, con la suficiente humildad, cordura y sentido de la proporción, sus éxitos, sin querer admitir que, por mucho que uno se encumbre o lo encumbren, no dejará nunca de ser una persona con todas las limitaciones humanas, físicas y psicológicas que la acompañan. Decía Tomás de Kempis en su “De imitacione Christi”: “Oh, qué rápida se pasa la gloria del mundo”, no obstante, cada día constatamos como, para algunos insensatos, no existe la resignación necesaria para aceptar con sencillez que las épocas de triunfos se acaban y que, cada cual, debe resignarse a la decadencia con la serenidad, la dignidad y la paciencia que corresponden a quienes saben que sólo están de paso por este periodo al que llamamos vida.

El señor Maradona lo fue todo en su etapa de futbolista; escaló lo más alto en el mundo del deporte y, sin duda, ha sido uno de los grandes referentes del deporte rey, en cuanto a la excelencia del fútbol que practicaba. Pero le pasó el tiempo. No supo resignarse a apearse del pedestal en el que el mundo del deporte lo había instalado y continuó pensando que era “dios”, tal como algunos insensatos de sus seguidores lo habían proclamado. Un dios con demasiados defectos que, incluso para la multitud de dioses y semidioses del Olimpo, hubiera resultado demasiado extravagante y cargante. Un dios que comenzó a flirtear consigo mismo, hasta que se enamoró del mundo de las drogas, se entregó al universo de los placeres y permitió que la grasa se hiciera dueña de su reducida humanidad; mostrándose pródigo en sandeces y escaso en virtudes; hasta el punto de que acabó siendo un guiñapo humano. Se hizo amigo entrañable de los dictadores izquierdistas de la zona y compadreó con su amigo Fidel Castro, pretendiendo, en esta nueva faceta de activista del comunismo, destacar con la misma fuerza con la que lo hizo en el fútbol. Vano empeño, la capacidad intelectual de Diego A. Maradona nunca tuvo parangón con su habilidad para el manejo del balón y, los problemas del fundador de la Iglesia maradoniana, del “pibe” que fue idolatrado en todo su país, como un héroe nacional al que se le erigió, incluso, una estatua en la ciudad de Bahía Blanca; nunca han dejado de golpearle sañudamente, recordándoles que, al fin y al cabo, no es más que un mortal como los demás sólo que más fatuo. Hasta aquí lo biográfico.
Pero, como seleccionador del equipo nacional argentino, en el Mundial de África del Sur, este crac del fútbol se olvidó de que, una persona que representa a una nación como Argentina –recuerdo, con agradecimiento, como, cuando España estaba proscrita del resto de países del mundo, a causa del veto de las naciones sobre el régimen del general Franco; fue don Domingo Perón y doña Eva Duarte de Perón, quienes acudieron los primeros a nuestro rescate, enviando trigo y carne para el hambriento pueblo español – no puede permitirse según qué declaraciones; no puede utilizar un lenguaje arrabalero y, mucho menos, se puede dedicar a fanfarronear ni desmerecer la valía de sus adversarios deportivos. Si, por naturaleza, un representante deportivo de una nación tan grande, como es la Argentina, no da la talla para el cargo que se le ha encomendado; no puede pretender poner a su nivel intelectual, a su falta de deportividad, a su baja educación y a su ramplonería barriobajera, al resto de los argentinos, que no se merecen dar una imagen tan pobre y desmerecida ante el resto de representaciones que han acudido al Mundial.

Dicho lo cual, no me queda más remedio que aludir a la cita de Voltaire cuando afirma: “El tiempo es justiciero y pone cada cosa en su lugar”. En efecto, lo de que “por la boca muere el pez” es perfectamente aplicable a este izquierdista millonario que. durante su estancia en Ciudad del Cabo, no ha hecho otra cosa que criticar a sus adversarios de otras naciones, diciendo cosas tan peregrinas como que para que España marcase le tendrían que poner las “porterías esquinadas” o poniendo como chupa de domine a algunos jugadores del equipo alemán; con esta superioridad absurda de aquel que se cree por encima del bien y del mal y, por ello, le gusta “hacerse el gracioso”, no se sabe si por creérselo o porque su intelecto no alcanza a hacer un mayor esfuerzo mental. Pero ya que estamos en tiempo de refranes, el parlanchín entrenador del equipo argentino, haciéndoles un flaco servicio a los magníficos jugadores de su equipo, se ha visto obligado, por la evidencia de que el equipo alemán es, hoy por hoy uno de los mejores equipos del Mundial, a tragarse, uno por uno, los cuatro sapos que salieron de su garganta en forma de cuatro contundentes, magníficos, inapelables y justiciero goles que lo volvieron a su casa, como el famoso gallo de Morón “sin plumas y cacareando”.

Puede que a España le cueste marcar goles, puede que los alemanes nos derroten y es posible que nos quedemos en estas semifinales pero, en todo caso, don Diego, les hemos superado a ustedes, les hemos dejado en las alcantarillas y, por encima de todo, nuestro señor Del Bosque ha sido un digno representante de España, respetando a sus adversarios deportivos, trabajando en silencio con la selección y dejando el pabellón español muy alto en cuanto ejemplo de la manera deportiva, señorial, educada y civilizada de comportarse. Si, señor Maradona, usted ha quedado retratado como lo que es, un ciudadano venido a más que se ha creído el rey del mundo; pero que, a la postre, ha resultado ser un pobre “iluminado”, un charlatán de feria, al que todas sus fuerzas se le han ido en palabras rimbombantes y ataques sin justificación alguna que, a la postre, solo le han servido para convertirse en el hazmerreír de este Mundial de Sud África, en un triste payaso indigno de representar a su equipo y a una nación tan noble, como es la República Argentina. La Historia sabrá ponerle a usted en el sitio que se merece.

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