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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

EL hedor de la tauromaquia

Julio Ortega (Pontevedra)
Redacción
lunes, 5 de julio de 2010, 06:48 h (CET)
Imaginemos nuestro País como una enorme habitación en la que por cada Comunidad existe una ventana. Y pensemos ahora en la España presente de la tauromaquia: todas las lumbreras permanecen cerradas y en la estancia undula un constante hedor a muerto, porque ese y no otro, es el resultado obligado y apetecido de dicha tradición: convertir en cadáver a un animal sometido previamente a unos angustiosos minutos de tortura. Y la crueldad que llevan implícita ambas fases es innegable, lo es aunque le agradase a Hemingway o por más que se declare Bien de Interés Cultural.

Pero mientras algunos, no demasiados, disfrutan y se lucran con el origen ese olor nauseabundo y otros muchos parecen haberse acostumbrado a él, he aquí que unos cuantos, bastantes, deciden que ha llegado ya el momento de abrir una de esas ventanas para que a través de ella entre algo de aire fresco y atenuar así en cierta medida tan asfixiante pestilencia.

Tal es lo que está ocurriendo en estos momentos: que cientos de miles de voces han pedido a aquellos cuyas manos son las legalmente capacitadas para hacerlo, que demuestren cómo es factible empezar a ventilar esta fosa repleta de cuerpos atravesados, descabellados y mutilados en nombre de no sé sabe qué perversa supremacía letal ejercida por la especie humana, un panteón siniestro en el que se hace muy difícil seguir respirando.

Sin embargo, también hay quienes a fuerza de llenarse los pulmones con las bocanadas de oxígeno robadas al toro en cada uno de sus estertores, han llegado a la conclusión de que el bienestar en sus existencias pasa necesariamente por la agonía de esas criaturas; hasta el ejercicio de su libertad, nos explican, depende de que puedan arrebatarle su vida a otro ser.

Yo no quiero que mis hijos crezcan intoxicándose con el mismo aire viciado que yo lo hice y no me sirve el argumento de que no los lleve a ver una corrida, porque por más que la piedra, la madera o la chapa oculten la perversidad a los ojos, ese acto brutal sigue teniendo lugar una y otra vez dentro de esta inmensa habitación y por lo tanto, alegar ignorancia es hipocresía.

Confío en que los que pueden hacerlo porque su cargo les faculta para ello abran esa ventana desde Catalunya dentro de pocos días; será la primera en dejar entrar la justicia y la cordura en lo que a la tauromaquia se refiere y seguro, que constituirá un ejemplo de cómo hay que hacer las cosas para todos aquellos que aguardan, junto al resto de las celosías, el ansiado instante de correr el cerrojo y poder afirmar que al fin, en España, el ensañamiento con un animal ha dejado de ser una acción legal.

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