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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group   -   Sección:   Opinión

La América de Henry Clay

David S. Broder
David S. Broder
lunes, 5 de julio de 2010, 06:01 h (CET)
WASHINGTON -- Igual que este año, el Día de la Independencia de 1852 cayó en domingo. Pero en la ciudad de Nueva York, los actos tradicionales se vieron empañados por otro suceso. El ataúd que transportaba los restos mortales de Henry Clay había llegado a bordo del barco de vapor Trenton.

Como escriben en su fabulosa biografía los historiadores David S. y Jeanne T. Heidler, "Henry Clay: el americano esencial", publicada a principios de este año, "Nueva York echó del cierre y salió a Broadway a ver el desfile improvisado que trasladaba a Clay al ayuntamiento. Allí permaneció de cuerpo presente durante el resto del día y todo el siguiente, un 4 julio, domingo".

Desde allí, fue trasladado en barco por el Hudson hasta Albany y luego en tren funerario hasta Búfalo y más allá.

Clay no era neoyorquino, pero el Congreso del que había formado parte decidió, con su familia, que su fama era tal que, tras rendírsele homenaje en el Capitolio (parecido a lo de la pasada semana en honor a Robert Byrd), la nación debía unirse a los actos en su memoria.

Así que fue transportado al norte hasta Baltimore, Philadelphia y haciendo escalas por Nueva York hasta Cleveland y Cincinnati antes de alcanzar su destino final, Lexington, Ky.

¿Quién era este caballero, el delgado de 75 años a cuyo funeral en la cámara baja había asistido el presidente y tantos dignatarios que parecía el discurso del Estado de la Nación? Fue una figura única de la historia americana, el fundador del Partido Antimonárquico, el presidente más joven de la Cámara en aquel momento, uno de los gigantes del Senado en sus mejores tiempos, candidato en cinco ocasiones a la Casa Blanca, y autor de algunas de las legislaciones más significativas del primer siglo de nuestro desarrollo como nación.

Clay nació en Virginia en 1777, menos de un año después de la Declaración de la Independencia. Con formación administrativa, se convirtió en el secretario privado de George Wythe, uno de los firmantes de la Declaración y mentor de Thomas Jefferson. A los 20 años, con una licenciatura en Derecho, Clay se unió a su hermano mayor en Lexington.

A partir de ahí, ascendió rápidamente por la administración. Enviado al Senado estadounidense por sus colegas de la Legislatura de Kentucky y elegido después para ocupar un escaño en la Cámara, se convirtió en su presidente a los 34 años con el apoyo de otros jóvenes de la formación conocida como "Halcones de la Guerra" por su hostilidad hacia Gran Bretaña.

Las décadas siguientes forman parte de la historia. Clay encontró su némesis en Andrew Jackson y comenzó una serie de derrotas presidenciales sin precedentes desafiándole. Se hizo con un lugar permanente en la historia del Senado junto a sus grandes contemporáneos John Calhoun y Daniel Webster.

Se hizo famoso como conciliador y, a pesar de enfermedades cada vez más graves, ayudó a negociar el Compromiso de 1850, una última e inútil tentativa por impedir la Guerra Civil.

Por el camino encabezó una corta iniciativa por convertir a los Antimonárquicos (bautizados así en honor a sus primos británicos) en el partido de la oposición. La iniciativa duró lo justo para inspirar a Abraham Lincoln.

Y además de todo eso, Clay inventó la administración proteccionista, las políticas favorables al apoyo de la industria nacional y la mejora de lo que hoy llamaríamos las infraestructuras -- carreteras y ferrocarriles y todas las demás formas de transporte y comunicación.

Entre los tiempos de Washington y los de Lincoln, probablemente no haya otro estadounidense más influyente que Clay - y desde luego ninguno que no fuera inquilino de la Casa Blanca.

En el Día de la Independencia actual, rara vez se le menciona como parte del elenco de difuntos que dio forma a esta nación. Pero la influyó. Y, como nos recuerdan los Heidler, en los últimos días de la vida de Clay, cuando la famosa soprano Jenny Lind visitaba Washington y Clay acudió a escucharla cantar, se complació en distinguir la petición de ella de ir a escucharle defender un caso ante el Supremo. El turno de dos estrellas.

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