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Etiquetas:   La tronera   -   Sección:   Opinión

Fuerte sanción

Jesús Salamanca
Jesús  Salamanca
sábado, 3 de julio de 2010, 05:18 h (CET)
¡Qué sinvergüenza el amanerado sindicalismo de izquierdas! No paran de hacer daño a la sociedad. No se han conformado con contribuir a la destrucción de empleo en España, al desprecio de los trabajadores, al provecho propio y a apoyar al presidente que más desprestigio ha generado, sino que ahora pretenden ‘volver el calcetín’ con la huelga del Metro madrileño. Ese mismo sindicalismo recibió el desprecio de la ciudadanía hace unos días y estaba deseando de vengarse. Y lo ha hecho.

Sabedores del desprecio que la ciudadanía tiene hacia este Gobierno y hacia el Sindicato Vertical Unificado, CCOO-UGT, no han resistido la tentación de ‘apedrear’ al Gobierno madrileño. ‘Suerte’ que el socialismo está en el Gobierno de la nación, porque de haber estado el PP gobernando España, ésta llevaría meses ardiendo por los cuatro costados.

La huelga del Metro madrileño ha sacado a relucir el odio que la izquierda lleva amanerada, a modo de frustración tormento. Una izquierda que tristemente sigue representada por unos sindicatos clasistas y amontonados, además de adocenados, regidos por una legislación obsoleta. Ha perdido el norte, el sur y todos los demás puntos cardinales, como han perdido el objetivo fundamental de su existencia. Ante tal situación es fácil pensar que en este país hace tiempo que dejaron de ser necesarios.

Lo sucedido en Madrid pone de manifiesto el constante incremento de la insolidaridad entre muchos sectores de la población. Cada cual mira por sus presuntos derechos, desconociendo los de los demás. El daño que se ha hecho en la capital de España, al no haber respetado los servicios mínimos, ha sorprendido en el mundo entero, algo inaudito en el mundo de las democracias modernas.

¿Qué hubiéramos pensado de un médico si hubiera actuado así ante una urgencia, o ante una simple necesidad? Pueden estar seguros que le habríamos asaeteado con desprecio y sin cesar, además de haber pedido para él una fuerte sanción. Pues eso mismo es lo que se han ganado estos energúmenos que han convocado una guerra sin cuartel en el Metro madrileño y alimentado lo que con mezcla de odio y orgullo llaman “huelga salvaje”. ¡Mándelos a la calle, Esperanza, que lo que sobran son trabajadores dispuestos a trabajar con honra y sentido común!

Si bien los líderes del Sindicato Vertical Unificado se han ganado a pulso el desprecio de la población, también es cierto que al alentar la huelga salvaje, vocabulario guerracivilista incluido, han condenado a los trabajadores del Metro a asumir sus responsabilidades. Y una de esas es la fuerte sanción para la que han hecho todo el mérito del mundo, incluida la expulsión del puesto de trabajo.
En las fuertes sanciones al chulo trabajador y al mediocre sindicalista, así como en las expulsiones del puesto de trabajo, si procede, que sí procede, es donde el Gobierno de Esperanza Aguirre debe demostrar que sabe gestionar el conflicto adecuadamente. En caso contrario tendrá razón la vicepresidenta del Gobierno.

El Gobierno de la Comunidad de Madrid tiene todo el apoyo del ministro de Fomento. La voz ‘fascistoide’ del Ejecutivo, presente en Fernández de la Vega, ha vuelto a quedar como Cagancho en las Ventas, como Zapatero en el barrio húmedo leonés o como la Presidencia de España en la UE durante el semestre pasado; es decir, en ridículo, con las posaderas al aire y abanderando un claro desprestigio.

La ciudadanía afectada por la huelga del Metro madrileño espera grandes sanciones para quienes se negaron a realizar los servicios mínimos. Y esas sanciones llegan en muchos casos a la expulsión del puesto de trabajo. ¿Quién dijo que no se puede catalogar como delito ese incumplimiento? De lo contrario habremos abierto una brecha para futuras huelgas; un resquicio que conduce a la guerra encubierta de todos contra todos.

Los trabajadores del Metro y sus falsos profetas del Sindicalismo Vertical Unificado han demostrado ignorancia, cobardía, fanfarronería, odio colectivo, falta de profesionalidad y afán exclusivo de hacer daño. ¿Realmente merecen el pan que comen quienes así han actuado? Al menos hubo algunos que quisieron trabajar con honradez, aunque el fascismo y el odio de insensatos piquetes pusieran los medios para impedirlo.

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