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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

¿Y...?

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 1 de julio de 2010, 06:34 h (CET)
Respecto de la sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña, los hay que están contentos, medio-contentos o medio-enfadados y enfadados de verdad, y las mismas categorías para los que hacen su representación electoralista. En fin, que como es natural nunca llueve a gusto de todos. La pregunta, sin embargo, que debería hacerse el hombre de la calle, que ni pincha ni corta en asuntos de política sino como paganini de los desmadres de sus líderes políticos, es: ¿y?...

Veamos. Si la sentencia consagra la segregación total o parcial de Cataluña respecto de España, o si no, ¿qué más da, en realidad, si España no pinta nada como tal más allá de las cosas de la selección, las recaudatorias para los mandamases de donde sea o las cuestiones de orden público, ¡ar!?... Pero es que, aún en el caso de que se segregara Cataluña tampoco ella pintaría nada. Los hay que se hacen el longuis para recaudar votos y tener un argumento para aferrarse a la teta de la buena vida durante el tiempo que les sea posible todavía –poco, en realidad-, pero ocultan trapaceramente que ellos no serían sino la polea de transmisión de aquellos poderes recaudatorios que no residen ni en España ni en Cataluña, y que lo mismo da ocho que ochenta: todos a pagar, y punto. ¿Acaso los hoy croatas, macedonios o kosovares están mejor o pagan menos después de tan repugnante sangría en la que las multinacionales de los intereses político-económicos hicieron su sonado agosto?... Pues yo diría que no, claro, y que tienen en buena lógica más motivos para llorar que para reír; pero sin duda hay otras opiniones, que en talibanes nazionalistas somos excedentarios.

Los tiempos decimonónicos de los nazionalismos paletos pasaron a mejor vida, por suerte, y hoy el tiempo y los hechos se aceleran de tal forma que es más que posible que en breve alcancemos una singularidad espacio-temporal. De nada valen ya esos nacionalismos ni los otros. Por otra parte, demasiados codos hoy rozando el tintero como para que podamos mantener el folio de la Historia impoluto por mucho tiempo más. Estamos alcanzando la masa crítica no sólo en cuanto a población o distribución de intereses, sino que el poder –que es información- no cuenta lo que debería contar, como muy bien saben quienes están al tanto; pero baste decir que estamos a segundos de una transformación definitiva, de ésas que no tienen marcha atrás. El sistema está agotado, se mire como se mire, y no hay otro alternativo, o, el que hay, no es nada halagüeño. Y eso sin entrar en el meollo de la cuestión.

En esta balsa de la Medusa en que bogamos ya no se trata de unos quieran tomar un rumbo y otros, otro, sino que los problemas son globales, de especie, de sociedad, de supervivencia. La frontera de las guerras domésticas o de los países fue trascendida, y el tiempo ni vuelve ni devuelve los ayeres. Hoy, se plantea en las reuniones de los que cortan el bacalao de qué forma se implanta un gobierno mundial, no de si se implanta o no. Ya dividieron lo bastante a los adversarios que podían ser molestos y dieron lecciones ejemplarizantes con otros países, y no les es necesario seguir dividiendo para vencer: ya lo han hecho.

Así, pues, contentos o no, los ciudadanos de aquí y de allá, del Norte y del Sur, pagarán a los recaudadores locales, pero en realidad recogerán los dineros quienes son los destinatarios, y, que se desengañen los unos y los otros, porque nadie, absolutamente nadie, es independiente o libre hoy en día, al menos si está en el sistema. Ahí tienen a Zapatero, que con toda su eónica soberbia dice blanco, le dictan negro, y es negro.

¿El Estatuto?...: pues tan ricamente, diga lo que diga. La cuestión es: ¿Y qué más da?... La verdadera libertad, esa entelequia de la que tantos hablan sin poderla conocer por ser prisioneros de su laberinto y esclavos de sus palabras, ya la versificó Espronceda: “Allá muevan feroces guerras ciegos reyes…”

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