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La herida que abre McChrystal
E. J. Dionne
WASHINGTON -- El General Stanley McChrystal puso al Presidente Obama en una posición imposible. Por ese motivo tenía que irse.
Los deberes de un General implican llevar a la práctica las políticas que le ordena el comandante en jefe, planificación estratégica y ganar guerras - no jugar a la política en los medios de comunicación para cargarse a los rivales civiles dentro de la administración.
Lo que hizo McChrystal obligó a Obama a relevar Generales en un momento decisivo del conflicto en Afganistán o arriesgarse a parecer débil y sin rumbo. No es una elección que un presidente deba ser obligado a hacer.
Pero el escándalo McChrystal también destacó los obstáculos a los que se enfrenta el esfuerzo de Obama por hallar una tercera vía entre las formaciones políticas rivales dentro de su propia Casa Blanca.
Todos los que están en el equipo del presidente, incluyendo a McChrystal, dijeron haber dado el visto bueno al compromiso de Obama: dar a McChrystal los efectivos que decía necesitar para mejorar la situación pero imponiendo un plazo claro a la permanencia de los efectivos.
En la práctica, los asesores del presidente se prestaron, sembrando la incertidumbre acerca de cuál era en realidad la política. Los que habían estado en contra del incremento propuesto por McChrystal dijeron que el plazo anunciado por Obama de julio del próximo año para empezar la retirada de efectivos era firme. Los partidarios de McChrystal decían que el plazo era flexible.
La administración estaba abiertamente dividida a cuenta de la eficacia con la que podría trabajar con el Presidente afgano Hamid Karzai. A diferencia de McChrystal, el embajador Karl W. Eikenberry y Richard C. Holbrooke, el representante especial para Afganistán y Pakistán, creen que Karzai es un líder desesperado y desafortunado.
Teniendo en cuenta la guerra entre formaciones dentro de la administración, Karzai en persona se sintió totalmente libre de opinar sobre la polémica desatada por el incendiario artículo de Rolling Stone que no dejaba títere sin cabeza. Karzai hizo saber que veía a McChrystal como "el mejor mando militar que Estados Unidos ha destacado en Afganistán". El presidente de otro país se convertía en jugador de las deliberaciones políticas de nuestro propio país.
Paradójicamente, las declaraciones de apoyo de Karzai ponen de relieve el motivo de que McChrystal debiera ser relevado. Un pasaje poco destacado del reportaje de Rolling Stone firmado por Michael Hastings subraya el problema central de McChrystal.
"El ejemplo más llamativo de la usurpación de funciones diplomáticas por parte de McChrystal es su gestión de Karzai", escribe Hastings. "Es McChrystal, no los diplomáticos como Eikenberry o Holbrooke, el que disfruta de la mejor relación con el caballero en el que América confía para liderar Afganistán. La doctrina de la contrainsurgencia precisa de un gobierno creíble, y dado que Karzai no es considerado creíble por su propio pueblo, McChrystal se ha empleado a fondo para hacerlo".
Una estrategia militar se supone debe encajar con la realidad sobre el terreno. Pero McChrystal estaba tratando de inventar una realidad alternativa que encajara los hechos en su estrategia de contrainsurgencia, tratando de convertir a Karzai en algo que no es. Las diferencias evidentes en el bando estadounidense han reducido los incentivos que tiene Karzai para cambiar su comportamiento.
Después está la impresionante falta de madurez en la columna de Rolling Stone, el tipo de cosas que el General David Petraeus, su relevo, evitará seguro. También había un acusado desprecio hacia casi todo el mundo ajeno al estrecho círculo de McChrystal. ¿Qué señal pensaba McChrystal que estaba enviando a través de Hastings? Peor aún es la indiferencia por parte de McChrystal al impacto potencial del reportaje. La clave de la estrategia de contrainsurgencia es tener presente el efecto de la política, la administración y la opinión pública sobre las posibilidades de éxito.
Un artículo de esta índole estaba destinado a socavar lo que quiera que McChrystal estuviera tratando de hacer, y la arrogancia que surge en el artículo está fuera de lugar teniendo en cuenta que la estrategia militar de McChrystal no ha funcionado muy bien hasta ahora al parecer.
Pero Obama no se salva. Por el contrario, se aferró a McChrystal a pesar de las amplias pruebas de que el General iba a avasallar a la Casa Blanca para imponer sus gustos.
Además, el enfoque de Obama para Afganistán fue siempre un delicado equilibrio, una estrategia inusitada que no era ni demasiado militarista ni demasiado pacifista: escalar ahora para acelerar la retirada. Era una buena idea, y quizá aún nos pueda permitir dejar atrás una situación mejor modestamente.
El problema es que este equilibrio exigía que todo el mundo en la administración remara en el mismo sentido, aceptando que la política estaba zanjada y no estaba abierta al constante cuestionamiento. Exigía que egos muy grandes se hicieran de lado. Exigía que Karzai cambiara. Exigía a Obama tener una autoridad real sobre nuestro ejército.
Obama hizo valer la autoridad en una declaración amable pero firme, y recordó a su dividido equipo la importancia de una "unidad de esfuerzos". Pero sigue teniendo que dejar claros sus objetivos, empezando por la respuesta a la pregunta: ¿Somos serios en lo de empezar la retirada el julio próximo? Teniendo en cuenta lo ocurrido hasta ahora, deberíamos serlo.
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