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Opinión
Etiquetas:   Social   Soledad  

Soledad enfermiza

El absurdo de la vida lleva a una soledad angustiosa que en ocasiones acaba en suicidio
Octavi Pereña
martes, 31 de enero de 2017, 00:33 h (CET)
Los suicidios doblaron el 2014 las muertes por accidentes de tráfico. Los suicidios son la principal causa de muerte no natural. El Dr. Santiago Durán-Sindreu, psiquiatra especialista en el Hospital Sant Pau de Barcelona, dice: “Parece ser que este fenómeno ha llegado para quedarse. Sea cual sea la causa – y decir que solamente ha influido la crisis económica es un argumento muy reduccionista- el incremento de casos es de suficiente magnitud como para que las instituciones públicas trabajen en planes de prevención”.

Si el promedio de suicidios es especialmente pronunciado en la franja de edad que va de los 85 a los 89 años, el Dr. Durán-Sindreu, explica: “En estas edades son pérdida: pérdida de autonomía, aparición de enfermedades crónicas…Todos estos factores incrementan los síntomas depresivos, que en ocasiones llevan al suicidio”.

Los suicidios que se van extendiendo como una mancha de aceite ponen de manifiesto la incapacidad de las personas de confrontar situaciones adversas. Se han medicalizado los sentimientos y se pretende esconderlos con las pastillas. La industria farmacéutica, aparentemente tiene solución para todos los problemas: padeces insomnio, una pastilla de color verde. Sufres ansiedad, una de coloreada. Estás deprimido, una de blanca. Te sientes decaído, un compuesto vitamínico-mineral, y el mundo será tuyo. Pero los suicidios van en aumento y los planes de prevención fallan.

El filósofo Norbert Bilbeny dice que el suicidio que nos estremece se debe a que “perdemos la capacidad de afrontar la adversidad”. La solución que propone el filosofo: “Somos animales sociales: sin comunicación agonizamos. Enseñemos a los niños a comunicar. El suicidio no es una patología médica, es una patología comunicacional” ¿Qué solución se encuentra a la falta de comunicación? Como nos da miedo el trato directo y nos espanta mirar a los ojos de nuestro interlocutor, para evitar el trato directo con las personas que nos asustan, los amantes de la comunicación, los técnicos en telecomunicaciones, inventan cachivaches cada vez más sofisticados, con más prestaciones que no sabemos utilizar, con el resultado que las personas no saben comunicarse.

Norbert Bilbeny explica un caso real: “Una señora recibe en su casa la visita de una hija, la joven abre la ventana para expulsar un abejorro que revoloteaba por la habitación. La madre le dice a su hija: “¡Déjalo que me hace compañía!” Con todos los modernos medios de comunicación a su alcance la mujer encuentra compañía en el zum-zum del abejorro que la distrae. Por más que se nos quiera vender el valor terapéutico de las mascotas para vencer la soledad tan perniciosa, esta solución solamente es un parche en la solución del problema porque no llega a la raíz del mal de la incomunicación y, como el parche no funciona se deben ir innovando las técnicas de comunicación que no funcionan. En tanto se van mejorando las técnicas de comunicación para vencer la soledad el zum-zum del abejorro sigue siendo la medicina.

Vayamos al meollo del la cuestión de la incomunicación: Cuando Dios creó a Adán vio que no era bueno que estuviese solo, que no tuviese una compañía idónea. Los animales con los que alternaba no respondían a sus a sus necesidades psicológicas y espirituales como ser humano. Se encontraba solo y necesitaba una compañía auténtica, no un placebo. De una de las costillas que Dios extrajo de Adán hizo a Eva. A partir de este hecho, el ser humano que ha sido creado para ser un ser social tiene la posibilidad de poder expresar su sociabilidad. Un contratiempo se produce que afecta a las relaciones conyugales y, a medida que la población se multiplica, las sociales. Adán y Eva han perdido la inocencia debido al pecado. Se disparan los reproches mutuos. Se rompió la buena comunicación y el problema persistirá a no ser que se encuentre solución, hasta el final de la Historia.

El problema de la soledad como muy bien dice Norbert Bilbeny “no es una patología médica” que puede resolverse con pastillas. También es más “que una patología comunicacional”. No basta con decir que la gente hablando se entiende. Lo cierto es que la gente no se entiende hablando porque practica un diálogo de sordos. El problema de la incomunicación es de carácter espiritual y por lo tanto debe solucionarse de manera espiritual. La soledad humana es de tal envergadura que por falta de solución se contenta con el zum-zum que hace el abejorro revoloteando por la habitación. Pero dicha compañía no es la adecuada para vencer la soledad asfixiante. El pecado de Adán hace que toda su descendencia por generación natural nazca alejada de Dios. El ser humano huérfano de Padre celestial se encuentra solo en medio de la multitud. Este es el grave problema que no se puede solucionar en tanto los que sufren soledad culpen a Dios de su sufrimiento, o nieguen su existencia.

El problema de la soledad se empezará a solucionar cuando quien la padece pueda pronunciar una plegaria de este estilo: “Señor, ayuda a mi incredulidad. Dame fe para que pueda creer en Jesús, que murió por mí en la cruz para borrar con su sangre mi pecado”. Si una oración con este contenido se pronuncia con sinceridad, Dios deja de ser un dios desconocido al hacer sentir su presencia en la intimidad del alma. A partir de este momento, a pesar de que se pueda seguir padeciendo soledad social, ésta deja de ser un problema porque la presencia de Dios en el alma suple con creces todas las carencias humanas porque en Él no le falta nada.
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