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Escaso optimismo espontáneo
Robert J. Samuelson
WASHINGTON -- Es la psicología irracional, idiota. Desde la Segunda Guerra Mundial no ha habido una recuperación económica tan lastrada por los pobres indicadores de confianza. Cada recesión deja una herencia de inquietud e incertidumbre. Pero el actual resto es excepcional, porque la recesión fue muy acusada y -- más importante -- sus orígenes (la burbuja inmobiliaria, la crisis financiera) no eran familiares. La gente es hipersensible a la información más reciente, para bien o para mal, porque su visión del futuro es borrosa y su sesgo es pesimista. Habiendo subestimado el riesgo económico durante el ciclo de crecimiento, los estadounidenses pueden estar ahora sobrevalorándolo. Desafortunadamente, las percepciones pueden hacerse realidad.
La administración Obama está capeando con dificultad esta realidad. Tiene motivos para afirmar que sus políticas económicas sofocaron la cuasi-histeria de finales de 2008 y principios de 2009. Pero el éxito fue parcial, y la administración tampoco está viendo muy reconocido su mérito en eso. Sólo el 23% de la opinión pública dice que las políticas del Presidente Obama han mejorado la situación económica, informa un nuevo estudio Pew. En contraste, el 29% cree que sus políticas agravaron las cosas y el 38% está seguro de que no supusieron ninguna diferencia. A favor o en contra, esas políticas no han restaurado la fe en la fortaleza subyacente de la economía.
Las decisiones de los particulares y las empresas de invertir o ahorrar en todos los frentes, contratar o despedir plantilla, son reflejo de miedos y esperanzas inestables. Éstas fluctúan, pero el denominador común de partida hoy es el pesimismo. En mayo, el 56% de las familias estadounidenses esperaban que su renta se mantuviera constante o bajara durante el año siguiente, según la Encuesta de Consumidores de la Universidad de Michigan. Antes de la recesión, a principios de 2007, el 89% de las familias esperaban una renta al mismo nivel (BEG ITAL)o superior(END ITAL) durante el año siguiente.
El débil mercado laboral es claramente un veneno psicológico poderoso. Casi todo el mundo conoce a alguien que está o estuvo en el paro -- un licenciado universitario reciente sin empleo, un obrero de la construcción desempleado, un directivo despedido. Cierto, la tasa de paro (el 9,7% en mayo) está por debajo del máximo post-Segunda Guerra Mundial (el 10,8% de finales de 1982), pero el paro y la situación prolongada de desempleo se ciernen sobre los máximos de posguerra. Una vez despedido, es difícil encontrar un puesto de trabajo. Casi la mitad de los 15 millones de parados (el 46%) lleva seis meses o más sin trabajar. Casi la quinta parte de la población activa está en el paro, trabaja a tiempo parcial porque no tiene otra cosa o está tan desanimada que ha dejado de buscar trabajo.
La bolsa también marca la psicología. "Nuestra economía se ha vuelto muy sensible a la bolsa", dice Mark Zandi, de Moody's Economy.com. El 20% más rico de los estadounidenses representa alrededor del 60% del consumo, dice Zandi. Estas mismas personas son las que invierten con mayor fuerza en el mercado. Cuando la Bolsa sube, se sienten más ricos, ahorran menos y gastan más -- y a la inversa. A mediados de 2007, su ahorro caía al 1% de su renta tras retenciones; pero cuando la Bolsa cayó, el ahorro saltó al 16% y el gasto acusó el cambio.
Considere las implicaciones presentes. El repunte del mercado que comienza en marzo de 2009 suscitó otro cambio de tendencia. Sintiéndose más ricos, los mejor situados gastaron más. Hacia finales de 2009, su ahorro había descendido al 3,5%. De igual forma, las últimas caídas del mercado pueden debilitar la recuperación. (A fecha de esta columna, el Index 500 de Standard & Poor's pierde alrededor del 11% de su máximo reciente).
El riesgo reside en que el pesimismo se retroalimente y conduzca a una espantosa recesión "en dos frentes". Las empresas no contratan porque temen que el consumidor no gaste; y el consumidor no gasta porque teme que las empresas no contraten -- o puedan despedir. Por el momento, una recesión de dos frentes parece una posibilidad remota. La contratación en el sector privado ha remontado; los inventarios se han visto mermados; el crecimiento sólido en China, Brasil y la India ha disparado la exportación estadounidense; la dinámica psicológica puede volverse más optimista. Aún así, el hecho de que algunos observadores experimentados teman una renovada recesión da fe del mal estado de la confianza.
La verdad es que los economistas no son especialmente adeptos a vincular la tónica popular y los resultados económicos; es un motivo de que la mayoría no viera venir la burbuja inmobiliaria y de que los pronósticos actuales parezcan orientativos. También es una causa adicional del agotado optimismo. La gente ha perdido la fe en los videntes económicos, que muchas veces pasan por alto el giro más reciente de los acontecimientos globales o locales. ¿Se predecía de forma generalizada la actual crisis del euro? No. La gente parece condicionada a creer que las sorpresas serán desagradables.
Lo que brilla por su ausencia es la "psicología irracional", en la célebre formulación del economista John Maynard Keynes. Durante los ciclos de crecimiento, el optimismo espontáneo en abundancia desata la especulación. La falta de energía animal lastra ahora la recuperación. Teniendo en cuenta la magnitud de la catástrofe financiera e inmobiliaria, la mayor parte de la cautela y la alergia al riesgo actuales -- por parte tanto de empresas como de particulares -- era inevitable. Pero la retórica anti-empresas de la administración Obama y la polémica "reforma" sanitaria pueden haber reforzado el efecto. Estas políticas generaron incertidumbre y avivaron el rencor partidista. En el caso de la "reforma" sanitaria, elevaron el coste de las futuras contrataciones a jornada completa.
La administración está segura de que estas diversas políticas no obstaculizan la recuperación económica. Ello ignora de forma voluntaria contradicciones e inconsistencias. Los historiadores, más independientes y mejor informados, pueden llegar a una conclusión diferente.
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Esta columna será publicada en Newsweek.
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