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Recuerdos del imperio
Luis del Palacio
Hace muchos años –allá por 1975- me zambullí en mi primer viaje de estudios a Gran Bretaña, de donde regresé, tras un mes de verano, con la impresión de que todo allí era más grande y como inalcanzable. Mi anglofilia obedecía a ciertas razones familiares pero también al convencimiento, adquirido durante aquellas estancias tan productivas como placenteras, de que en Inglaterra “todo funcionaba mejor”. Podía uno disfrutar del metro fantástico de Londres, donde todo era exótico y no olía mal, o encaramarse al segundo piso de un “double-deck bus” y recorrer durante horas las impresionantes avenidas y plazas de la capital, o disfrutar de un genuino esplendor en la yerba en los mullidos céspedes de los jardines de Kensington, en compañía de aquella novia de verano (porque allí los policías no eran cejijuntos señores con tricornio que ahuyentaban a las parejas, sino amables “bobbies” de bigotito recortado, que ayudaban a los niños y a los ancianos a cruzar la calle).
En mi segundo viaje estival coincidí en la cabina del avión con el actor Terry Thomas, coprotagonista de grandes filmes como “El mundo está loco, loco, loco” o “La gran juerga”, y que por aquel entonces participaba –cosas de la cuenta corriente- en películas españolas de ínfima categoría (como, por ejemplo, “La mosca hispánica”, donde el versátil José María Íñigo daba la réplica a la hoy olvidada Nadiuska) Mi anglofilia en aquellos años no tenía fisuras, a pesar de que mi abuela materna hablara alemán y tuviera una foto dedicada del kaiser Guillermo; lo cual no le impedía ser una gran admiradora de Agatha Christie y de Sherlock Holmes (y descuide, amigo lector, que no voy a explicar aquí por qué a través de ella se establecía una línea invisible que unía a mi familia con Irlanda y con Francia y un pueblo cordobés: Cabra)
Muchos años de contacto con Gran Bretaña han hecho que esa admiración haya perdido una buena parte de su brillo. Después de casi cuarenta años no queda nada, o casi nada, del gentleman del bombín, paraguas y “three-piece-suit”, lector de The Times; como tampoco sobreviven personajes del estilo de Agatha Christie, Elspeth Huxley, Lawrence Olivier o Bertrand Russell. Ni los ferrocarriles son sombra de lo que fueron; ni Rolls Royce, Bentley o Jaguar gozan del prestigio de antaño. Los viejos veteranos del Chelsea Memmorial Hospital, que paseaban su casaca roja y sus condecoraciones de la Guerra del 14, murieron uno tras otro (Hasta principios de los ochenta era todavía posible convencer a alguno para que te acompañara a beber unas pintas de “ale” a un pub cercano y, de paso, que te contara anécdotas del horror de las trincheras o de la época del Raj)
Sean Connery, Michael Caine, Roger Moore, son ahora venerables ancianos, como Paul Maccartney, Anthony Hopkins y la propia reina Isabel. Los últimos resabios del Imperio se extinguen como el aroma de las varillas de incienso. La antaño poderosa libra esterlina, casi inalcanzable para los que cambiábamos humildes pesetas a aquella divisa en los años setenta, se debate como un corcho en medio del oleaje. De nada les ha servido que, en virtud a la “spendid isolation” de la que siempre alardearon y de que se les tolerara el estatus de “diferentes”, no se incorporaran a la moneda única europea y que la conservaran como “joya de la corona”. La libra es un diamante que va trastocando sus átomos y pasará a ser carbón, a no ser que descubran algún yacimiento petrolífero alejado del Golfo de México.
Del humor fino, del leve sarcasmo, de la ironía, han pasado al engrudo de “Little Britain”, y a creerse hasta ingeniosos, si no graciosos, llamando “PIGS” (cerdos) a los países de la Unión Europea que atraviesan mayores dificultades para superar la crisis: Portugal, Italia, Grecia y España. La “gracia” ha cundido y ya hablan de “GYPSIES” (gitanos) y de “STUPIDS” (estúpidos) jugando con las iniciales de ciertos países comunitarios.
Al viejo león apolillado (que como la “Castilla miserable”, de Machado, “desprecia cuanto ignora”) se le toleran cosas como mantener colonias (Gibraltar, las Malvinas y alguna otra) o ensuciar los océanos ante la atónita mirada de los cormoranes.
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