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Tags: Opinión · Momento de reflexión · Octavi Pereña
Matrimonio y prosperidad


Octavi Pereña


Octavi Pereña Octavi Pereña
miércoles, 9 de junio de 2010, 04:07
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Brian Lee Crowly, autor del libro ‘Terrible simetría: la caída y ascenso de los valores que fundaron Canadá’, dice. “la futura prosperidad de Canadá depende de la resurrección del matrimonio y de la familia”. Defiende el matrimonio tradicional desde el punto de vista de la laicidad. Lo que dice puede suscribirlo cualquier cristiano. Ahora bien, querer restaurar el matrimonio tradicional sin la fe en Cristo es como pretender construir un edificio sin cimientos: el resultado inevitable es su hundimiento.

El matrimonio es una institución divina, siendo el mismo Dios quien formalizó la primera unión conyugal: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y e unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Esta declaración Jesús la interpreta como una afirmación de indisolubilidad. Se le acercan unos fariseos que con el propósito de pararle una trampa le preguntan si era lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier causa. Para hacer ver a los defensores del divorcio que su postura era equivocada les cita la declaración de Génesis, añadiéndole. “Así que no son ya más dos, sino una sola carne, por tanto, lo que Dios juntó no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).

Crowly, que defiende el matrimonio tradicional porque considera que es una pieza clave para la recuperación económica de Canadá, dice que ayudará a mantener unida a la pareja si su compromiso de mutua confianza va acompañado de “un intercambio público de promesas y de compromiso mutuo, que ayuda a incrementar la posibilidad de que estas promesas y compromiso se respetarán”. El matrimonio, como cualquier otra relación humana está sujeto a muchas dificultades de índole diversa. Dada la condición humana egoísta las promesas y compromisos se rompen con la misma facilidad con que lo hace una vaso que cae al suelo. El matrimonio cristiano busca su estabilidad, no en las promesas que se hacen los cónyuges en el momento de celebrar la boda, sino en Cristo, ya que en Él encuentran la fuerza que los ayudará a superar todas las dificultades que se les presentarán. Cristo es la argamasa que mantiene unidas a las dos piezas. Sin Él, cada cónyuge va por su lado.

Oro problema que afecta a la economía canadiense, según Crowly es el bajo índice de natalidad. El escritor cree que en gran parte este problema se debe a que muchas canadienses anteponen sus profesiones a ser madres. Otro motivo de la baja natalidad se debe a que muchas mujeres temen que las abandonen sus maridos y tengan que arreglárselas solas en la crianza de los hijos. Como muy bien ha podido comprobar el lector, el problema del matrimonio tradicional no solamente es canadiense. Entre nosotros también es muy grave. No hay familia en la que alguno de sus miembros no esté afectado por el divorcio y por los problemas que acarrea cuando uno de los cónyuges tenga que hacerse cargo de la crianza de los hijos. La autoridad de Jesús firma que “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” sigue siendo vigente. El drama es que tanto los hombres como las mujeres, en su mayoría, no creen en Jesús y piensan que pueden solventar sus problemas de convivencia prescindiendo de Él.

Antes hemos dicho que no es sensato querer construir una casa sin cimientos sólidos y que también lo es construir un matrimonio sin Cristo. He aquí un buen consejo que el salmista da a los jóvenes que quieren casarse y para los que ya lo están puedan hacer correcciones que fortalezcan sus relaciones y así evitar la ruptura que se avista en el horizonte: “Si el señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia” . La vida moderna es muy estresante. Se ve a padres como enloquecidos llevando muy temprano a los hijos a la guardería o a la escuela, antes de ir a trabajar. Como no pueden llegar a todas partes esclavizan a los abuelos para que se hagan cargo de sus hijos, cosa que en principio no debería ser así como norma. El salmista sigue diciendo: “Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores, pues que a su amado dará Dios el sueño”. No se puede romper así por las buenas la situación difícil en que los padres se han metido, pero si confían en el Señor, Dios les dará la tranquilidad necesaria para que sus nervios no estallen y emprendan la salida del laberinto con serenidad.

La filosofía del mundo moderno hace ver a los hijos como estorbos que interfieren en el buen vivir de los padres que no quieren prescindir de sus salidas nocturnas, los viajes, los signos externos de riqueza con los que deslumbrar a parientes y amigos. Dios no lo ve de esta manera y dice por la pluma del salmista: “He aquí herencia del Señor son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos, no será avergonzado cuando hable con los enemigos en la puerta.” El texto nos dice que los hijos son una bendición y que cuando los padres sean criticados por no compartir con ellos la ‘buena vida’, los hijos recompensarán con creces la pérdida de la ‘buena vida’ que ofrece la noche y el ocio.

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