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El ciclo de catástrofes
Robert J. Samuelson
WASHINGTON -- Un aspecto intrigante del vertido petrolero de BP es que, antes del accidente, la prospección petrolera de profundidad parecía ser un triunfo tecnológico. Alrededor del 80% de la producción petrolera reciente del Golfo de México ha salido de perforaciones en aguas profundas, que se definen como profundidades superiores a los 1.000 pies. En 1996, el porcentaje era del 20%. Las plataformas suspendidas, que son las instalaciones petroleras asentadas sobre pilares sumergidos en unos cuantos cientos de pies de agua, han cedido el paso a la "unidad móvil de prospección en alta mar" (MODU). Éstas mantienen su posición a través de la interacción entre satélites globales de localización y motores a bordo que activan impulsores direccionales que contrarrestan el efecto del viento y las corrientes oceánicas.
La sismología y la tecnología de los autómatas sumergibles también han avanzado. La plataforma Deepwater Horizon no estaba explorando nuevos límites. Estaba extrayendo a una profundidad de alrededor de 5.000 pies de agua mientras que otras se han acercado a los 10.000. Los antecedentes de seguridad eran buenos. El Instituto Petrolero Estadounidense, el principal grupo comercial del sector, afirma que desde el año 1947, las petroleras han perforado más de 42.000 yacimientos en el Golfo de México y extraído alrededor de 16.500 millones de barriles de crudo. En contraste con eso, las fugas rondaron los 176.000 barriles entre 1969 y 2007. En un año típico, fueron de unos cuantos cientos de barriles. En contraste, la producción reciente ronda los 1,6 millones de barriles diarios.
Las medidas de recorte del gasto emprendidas por BP, la descuidada plantilla de la plataforma o la laxa reglamentación, todo se ha señalado como culpable plausible del accidente. El presidente Obama ha designado una comisión para investigar las causas, y el Departamento de Justicia ha abierto una causa. Se realizarán amplios análisis. Pero el acusado contraste entre la magnitud del desastre y los antecedentes de seguridad apunta a otra perversa posibilidad: El éxito de la prospección en aguas profundas condujo al fracaso. Sembró el exceso de confianza. Los continuos avances eclipsaron los riesgos.
Este patrón se aplica a otros reveses nacionales. Considere la crisis financiera. No fue la complejidad inherente a las hipotecas de riesgo ni los productos de deuda titularizada (CDO) lo que provocó la crisis. Fue la disposición de inversores supuestamente sofisticados a adquirir estos valores al tiempo que ignoraban la complejidad y los riesgos subyacentes. Pero este comportamiento era comprensible en aquel momento.
La economía parecía haberse vuelto menos arriesgada. La elevada inflación se había suprimido. Desde el año 1982, sólo se habían registrado dos recesiones relativamente suaves, las de los años 1990-91 y la de 2001. Los economistas hablaban de la "Gran Moderación". Los mercados de deuda, los de divisas y las bolsas se habían vuelto menos volátiles; las oscilaciones en los avances de los índices eran más reducidas y menos erráticas. Un estudio relativo al periodo 2004-2006 concluía que la volatilidad en las bolsas de siete economías avanzadas había descendido alrededor de un tercio con respecto a las medias históricas y que la volatilidad del mercado de deuda se había reducido casi una quinta parte.
Bueno, si la economía y los mercados se habían vuelto menos arriesgados, entonces corredores e inversores podían asumir lo que antes parecían riesgos mayores en aras de elevar la rentabilidad. Lo hicieron -- y generaron nuevas vulnerabilidades para los mercados y la economía. La creencia en que se había sofocado la inestabilidad económica y financiera de otros tiempos suscitó inestabilidades futuras.
O fíjese en el escándalo de Toyota. Pocos fabricantes de automóviles disfrutaban de una reputación tan envidiable. Toyota salía bien parada de forma constante en los estudios de fiabilidad y satisfacción de los clientes. Este éxito -- y la imagen resultante dentro de la compañía y entre los funcionarios del gobierno -- ayuda a explicar el motivo de que Toyota reaccionara con tanta lentitud a las pruebas de problemas con sus aceleradores y el motivo de que los funcionarios públicos no fueran más asertivos. Los problemas se minimizaron porque parecían ajenos por completo a Toyota.
Una teoría del vertido petrolero dice que la tecnología de explotación en aguas profundas resulta inherentemente tan compleja y peligrosa que no puede ser comprendida ni regulada de verdad. Los antecedentes en materia de seguridad anteriores a la fuga de BP parecen refutar eso. El problema reside en que el sistema se averió. Se cometieron descuidos. O los reguladores fueron seducidos por la industria. Se cometieron chapuzas de juicio. Algo. Las investigaciones post-crisis presumiblemente encajarán todas las piezas. Pero pueden pasar por alto el interrogante general del motivo.
Nadie ha sugerido aún que la fuga reflejara un fenómeno geológico antes desconocido -- algo en la formación del petróleo -- o una peculiaridad de la tecnología que nadie supo anticipar. Quizá los estudios desvelen una cosa o la otra. Pero la suposición generalizada es que este accidente se pudo evitar, lo que significa que el error humano fue el responsable.
Hay un ciclo que rige nuestras catástrofes o, en todo caso, algunas de ellas. El éxito tiende a alimentar el descuido y la complacencia. La gente asume más riesgos porque no cree estar asumiendo riesgo. Regulados y reguladores reaccionan con frecuencia de forma parecida porque han compartido experiencias parecidas. La crisis financiera no tuvo lugar tanto porque la regulación brillara por su ausencia (muchas instituciones financieras importantes estaban reguladas) sino porque los reguladores no captaron los riesgos. También ellos estaban condicionados por la fe en la Gran Moderación y la menor volatilidad financiera.
Es la naturaleza humana celebrar el éxito mediante la relajación. El desafío al que nos enfrentamos es cómo reconocer este impulso sin dejarnos engañar por él.
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